jueves, 9 de abril de 2015

Un país sin patriotas - Nota publicada en Notiserrano

Un país  sin patriotas


Por José Luis Thomas

Tal parece ser la nueva tendencia en argentina. De pronto comienza a desvanecerse esa protección invisible, ese fuerte inviolable, detrás del cual nos sentíamos a resguardo de esos egos enfermos que, de tanto en tanto, deciden hacer valer la impunidad de sus visiones personales.
No es un tema menor, pero parece serlo.
Los argentinos han entrado en la noche guiados por luces irreales. El avance de la ignorancia como método de conquista ha comenzado a dejarse ver. Todo induce a considerar el sentimiento de patria como un anacronismo. Pensamiento que ya se refleja en las acciones, en el trato cotidiano, en el deterioro de las formas que nos sintonizaban como partícipes de un destino común, que a su vez, nos permitía reaccionar cuando los atropellos políticos, sociales, económicos nos ponían en peligro. Ese detector ya no funciona con la celeridad y el adecuado sincronismo con la realidad. Hay un sentimiento general de laissez-faire ¿Nos estarán ganando por cansancio? ¿Será que los enfermos de turno saben de esta debilidad y la están llevando hasta las últimas consecuencias?
Todo es posible y más, en el plano de confrontación con valores fundacionales que se enfrentan a ideales oportunistas, que no buscan el bien común, sino el personal, camuflados en un discurso que intenta adormecer las conciencias hasta hacerlas ver y creer lo que proyectan e imponen como la gran reforma socio-política.
Es evidente que hay una división tajante e irreconciliable, no porque sea el deseo de la gente en sí, sino porque las posturas sientan basas en éticas y morales opuestas, y en ese bien en franca desaparición que era el sentimiento de Patria, el Ser Patriota.
Nunca anduve haciendo gala de Patria o de ser patriota porque no era necesario: era un modo de ser tácito; no se me hubiera ocurrido trabajar en contra del país; ni generar desmanes para destruir la unidad nacional.
Hay quienes no dejan de hablar de la Patria como si no sintieran que ella y ellos son uno solo e indivisible y paradójicamente los que más hablan de Patria son los que la saquean, destruyen, venden, dilapidan y usufructúan en beneficio propio enriqueciéndose a costa del resto de los compatriotas.
Recordar el sentido de Patria y Patriotismo antes que el criterio de una Patria grande que involucraría a toda América Latina. Una grandilocuencia innecesaria, un letrero demasiado luminoso para encandilar inocentes y seguir repitiendo aquello de “los espejitos de colores” con los que fueron estafados los pobladores originarios, mientras los saqueaban, robándoles el oro y la plata. Han cambiado los tiempos, pero no las conductas; y no es cuestión de conquistadores y conquistados; tiene más bien que ver con la conducta humana, con los que no “necesitan tener para ser” y los que “si no tienen, no pueden ser”.
Es un viejo mal de la humanidad.
Y siguiendo estas conductas encandilatorias y haciendo referencia a los pueblos originarios, se ha dado en hacer liturgia barata con la reivindicación de derechos de estos antepasados, mientras en el presente son maltratados, olvidados, vituperados, estafados e inducidos a todo tipo de humillaciones al tiempo que son utilizados para sumar votos. Las provincias del norte argentino dan cuenta de este atropello, de esta afrenta: resulta que es fácil hablar de los pueblos originarios como una abstracción, como un homenaje a los antiguos habitantes, que no pueden decir palabra, ni quejarse, mientras que se ningunea a los que viven en el presente.
Patria, sustantivo femenino, país o lugar en el que se ha nacido; lugar con el que una persona se siente vinculada por razones afectivas, dice el diccionario
Patriotismo: sustantivo masculino Amor a la patria.
Dos definiciones para nombrar un sentimiento que está perdiendo vigor.
Del patriotismo se dice que es amor a la patria; ahora convengamos que hay amores que matan. Se hace necesario redefinir ese campo subjetivo, emocional y ambiguo.
Podemos, por otro lado, redefinir el amor a la patria, por todo lo que no es: así diríamos que: No es saquearla, Hipotecarla, permitir que la exploten con fines egoístas, depredarla, venderla a extranjeros inescrupulosos, permitir que sea tomada por potencias extranjeras so pretexto de hacer negocios rentables, permitir la deforestación, hacer minería a cielo abierto, crear políticas que dividan a sus habitantes, hacerla rehén de regímenes absolutistas, fascistas, anti republicanos, enfrentar a los ciudadanos separando a pobres de ricos, determinar que los que no se avienen a las políticas de turno son enemigos, impedir la prensa libre,  mentir, tergiversar, hacer negociaciones ilícitas, manipular a la Justicia en beneficio de los que detentan el poder, generar inseguridad, permitir el avance de la droga y darle espacio a quienes trafican con ella, desatender las necesidades de cada uno de los habitantes, permitir que la gente aprenda a vivir sin trabajar, o dejar que una parte de la población mantenga a otros, generar leyes arbitrarias, gobernar verticalistamente y que el Congreso pierda autonomía y libertad, actuar desde el poder con sentido de patrón de estancia, enriquecerse con la función pública, utilizar los bienes del estado con fines personales o partidistas… y más, puedo seguir enumerando formas que distan de lo que se supone es el amor a la patria.

De todas maneras esta postura puede ser vista por lo menos de dos maneras; los que hacen de estos conceptos su modo de vida y los que pueden discernir y darle a la patria en lugar de quitarle.
Claro, si vamos a determinar el sentido de los bienes comunes desde posturas individualistas y con pretensiones de egoístas todos tienen razón. Pero no es así. No se puede determinar el estado del bien común por las lógicas empleadas desde un solo punto de vista, que pareciera ser el que adoptan los partidos políticos que adhieren al carisma de un líder, un salvador, un oportunista que para ese momento histórico parece asumir el rol de emergente social y encarnar el sentimiento de la mayoría. Ser mayoría, no quiere decir que se esté en el sendero de lo lícito, verdadero o justo. Sabemos que las mayorías se mueven desde conductas emocionales basadas en disfunciones e ignorancias propias de quienes determinan el valor de la vida sólo por las apariencias externas y las necesidades primarias, que si bien deben ser atendidas, no se puede sostener toda la estructura de las determinaciones, político-sociales-económicas, en sus demandas puesto que éstas son de corto alcance.

La visión de quienes asumen el destino de la Patria, debe ser amplia, incluyente, reflexiva, integradora y con proyección de futuro, basada en el entramado de las clases sociales, que más allá del factor económico, son determinadas por la capacidad de pensar y hacer, con objetivos tendientes al bienestar general.

El ser humano entre otros elementos de su estructura de personalidad está determinado y manipulado por el “ego” que basa sus demandas desde la arbitrariedad de los sentidos que lo inducen de maneras diversas, por eso “las derechas y las izquierdas” a la luz de esta realidad, son obsoletas. Debemos tender a una integración de los ideales en función de reconocer al ser humano como un todo cambiante, que tiene necesidades básicas a las que se debe atender y necesidades ulteriores, que surgen como expresión de sus deseos y de las imposiciones del ego.
No se puede imponer desde el Poder una sola línea idearia y ejecutiva; más aún cuando a la luz de los acontecimientos y las conductas de los dirigentes vemos que no se corresponden los mandatos ideales con la práctica, puesto que hacia el pueblo manifiestan ideales basados en postulados de izquierda y hacia adentro usufructúan los beneficios del poder para vivir con beneficios propios de las derechas a las que defenestran.

Estas incongruencias y estos atropellos groseros nada tienen que ver con el patriotismo.
Así vemos a un pueblo que pierde su sentimiento de Patria, como ese bien común, hogar, que lo ampara, para verse expuesto a todo tipo de enfrentamientos, deslealtades, desilusiones y violencias que le han ido haciendo perder ese sentido básico de ser parte del todo. Un todo que se diluye en  absurdas grietas ideológicas que se esgrimen como identidad, pero que en la práctica generan divisiones y enfrentamientos que llegan a ser trágicos.

Se ha perdido la Patria, se ha perdido entre nosotros, la hemos extraviado en confrontaciones y luchas intestinas, propiciadas desde el poder, pero legitimadas por el voto popular, por eso recalco que las mayorías pueden ser portadoras de obscuridad, negligencia, ignorancia y atropellos basados en ideales anacrónicos. Si el hombre no reconoce su naturaleza, no sabe que es rehén de sus deseos y de las imposiciones de su ego que le demanda todo tipo de satisfacciones, y si se somete a él sin reflexionar, como un ser irracional, nunca podrá superar sus posiciones ni evolucionar, por más ideales de izquierda o de derecha. La evolución se produce cada vez que se toma conciencia de que somos parte del todo y que lo que hacemos afecta integración de las partes.
La Patria es más que un símbolo de identidad, es parte de la naturaleza esencial de cada ciudadano, no sólo es cuestión de tener repentinos arranques emocionales sentimentaloides, ni es suficiente hablar de ella y su riqueza o sus paisajes o variados climas. La Patria somos cada uno de nosotros y la engrandecemos o la destruimos con cada acto que hacemos, por eso que votar no es algo más, que si gana el candidato de nuestra elección podremos beneficiarnos individualmente; no es así, ese voto tiene que servir para poner en el poder a aquellos que más destreza han demostrado para promover el bien común, porque ese bien común es La Patria que somos todos y cada uno de los que la integramos: blancos, negros, podres, ricos, inteligentes, ignorantes, creativos, rutinarios, más allá de ideales, bandería políticas, religiosas, sexuales, y lo que sea que nos pueda hacer creer que no merecemos ser parte de ella.

Ser patriota es ser coherente, trabajador, sensible, integrador, comprensivo, solidario, agradecido, hermano en pensamiento, palabra y hecho; todo lo que no encaje con estas características está fuera de ese sentimiento de identidad profunda llamado Patria.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Reyna Carranza - Entrevista realizada por José Luis Thomas y Norberto García Yudé para Notiserrano 136

“Me atrevería a decir que nací enamorada de la palabra escrita, porque nadie me enseñó a escribir: lo aprendí leyendo”.

Una entrevista para celebrar la palabra
y la creación literaria 

Encontrarse en la vida con verdaderos escritores es un privilegio y una prodigiosa ventana al sortilegio de vivir. No son sólo palabras introductorias para presentar a Reyna Carranza, la escritora argentina, cordobesa con proyección mundial más importante. La literatura está llena de autores, pero muy pocos escritores. Escribir no es sólo alinear palabras con cierto orden y alguna pretendida creatividad, muchas veces bizarra y en más de las ocasiones oportunista y trivial; escribir es tener ese instinto supremo, propio de las abejas, de dejar la vida al clavar el aguijón; es una pasión y un modo de ser no pudiendo ser nada más que eso, aunque se hagan otras cosas, claro. Con esto no quiero decir que uno no aprecie la palabra escrita de mil formas distintas, y que no hayamos disfrutado ocasionales libros, queremos destacar la excelencia, la exaltación del oficio de escribir, que no es común, y ese grado de magia que uno siente cuando lee la obra de algunos escritores, como lo es Reyna, que se transforman y transforman el cotidiano pan, los cotidianos pequeños espacios de la vida en momentos únicos y cargados con un tempo y una densidad capaces de extender las fronteras descorriendo tiempos y mundos de la subjetividad insospechados.  Tanta es la pasión y la singularidad de su ser que podemos apreciar la sutileza de su hilo mágico aún en las respuestas que nos dio a Notiserrano, con absoluta entrega y dedicación como si lo hiciera para el más importante de los periódicos. Eso sucede porque ella y la escritora son una; ella y la mujer son una; ella y la pasión de vivir son una; ella y el mundo más allá de la forma son una. Compartimos con nuestros lectores estas páginas vivas con la palabra de la escritora atravesando toda la esplendidez de su creatividad.

¿De qué manera llegó a vos la palabra?

Como el aire, el agua, o el pan de cada día. Pero no es el aire lo que nos hace humanos, el pan o el agua, sino la palabra. La palabra nos dio identidad; es el logro más notable y profundo del ser humano. La escritora Angélica Go-rodisher dice que sin palabras no existiríamos como sociedad y, en consecuencia, sin literatura no existiríamos como seres destinados a la trascendencia.
Me atrevería a decir que nací enamorada de la palabra escrita, porque nadie me enseñó a escribir: lo aprendí leyendo. Y aprendí a escribir novelas leyendo novelas. Todo se dio sin el menor esfuerzo, como un juego maravilloso, producto de la lectura.

¿Es la palabra un modo de estar en el mundo?
Desde que tengo memoria vivo rodeada de libros. Fue, y es, mi manera de estar en el mundo. Universo que me dio identidad, y me ayudó a ocupar el espacio que hoy ocupo en el territorio de las letras. Ser escritora es mi mayor orgullo.

¿Tenías apoyo del entorno?

Desde que aprendí a leer me regalaron libros de cuentos en mis cumpleaños. Mi padre me regaló mis primeros libros de poesía, y mi madre la colección de veinte tomos de “El tesoro de la juventud”, cuando tenía ocho años. Todavía los conservo. Libros que despertaron en mí el amor por la belleza y lo sublime. Todo lo que soy se lo debo a la literatura.

¿Cómo consideras a los escritores y a vos misma en este rol?

En la adolescencia no lo tenía claro; la mayoría de los autores que leía estaban muertos; hasta llegué a pensar que para ser escritor había que morirse. Luego descubrí que los buenos escritores jamás mueren. Y me encontré con Sarmiento, Hernández, Güiraldes, Borges, Cortázar, Stevenson, Roberto Arlt, Sara Gallardo, Beatríz Guido, Salgari, Camus, Maurois, Colette, Allan Poe, Horacio Quiroga, entre tantos tantos otros. Todos autores de obras que tienen el poder de modificar el estado emocional o intelectual de las personas, por lo que considero que ser escritor implica una gran responsabilidad.

¿Era parte de tu universo la idea de entregar tu vida a la literatura?

Comencé a escribir alrededor de los doce años, pero sin tener consciencia de que esto se convertiría en el leiv motiv de mi vida. Por entonces la consigna era ir a la universidad y diplomarse en alguna profesión liberal. Comencé cinco carreras universitarias. No terminé ninguna. Invertí un año en Medicina, otro en Derecho, otro en Escribanía, otro en Letras, y otro año en Lenguas. Hoy agradezco la paciencia y enorme consideración que tuvieron mis padres para conmigo. Fueron cinco años de intensa búsqueda y no menos ansiedad. Papá me decía: Te vas a morir de hambre escribiendo. Y era comprensible. Por esos años, para triunfar en las letras había que tener mucho talento y una buena cuota de suerte. Los escritores reconocidos eran muy pocos, y menos aún los que se ganaban la vida escribiendo novelas. Hablo de los años sesenta. Fue a fines de esa década que comencé a hacer periodismo. Oficio que, de alguna manera, me acercaba a la escritura. Trabajé primero en el diario Córdoba, y en 1970 entré como cronista a Los Principios. Fue una etapa gloriosa. No se trataba de literatura pero me gustaba lo que hacía; me pagaban por escribir. Pero en el medio ocurrió el milagro. Un día me senté a la máquina y de un tirón escribí una novela, casi sin darme cuenta, llevada por el afán de volcar en el papel mis sentimientos entrelazados al mundo que me rodeaba. La titulé “Para ahogar un loco amor”. La publiqué recién veintisiete años después. Y ahora, en agosto de este año, vuelve a salir reeditada por El Emporio Editoriales.

¿Primero escribir y luego vivir, o a la inversa?

Puedo afirmarlo sin la menor duda: primero vivir. No es fácil escribir sin tener experiencia de vida y un respetable bagaje cultural, de lo contrario se corre el riesgo de caer en obviedades, o en argumentos muy auto-referenciales que poco aportan al lector. No obstante, los genios existen, y a veces surgen escritores muy jóvenes con una gran obra.

¿Qué escritores te influenciaron?

Muchos. Entre los catorce y los treinta años leí casi todo lo que había que leer. Autores griegos, mitología, clásicos, existencialistas, contemporáneos, rusos, europeos, americanos. Cada uno de ellos me enseñó algo. Pero sobrevino el boom de autores latinoamericano con Gabriel García Márquez a la cabeza y entonces leer se convirtió más que nunca en una auténtica fiesta. De todos modos, hasta encontrar “mi propia voz” recibí mucha influencia de Lawrence Durrell, William Faulkner, Juan Ramón Jiménez, Hermann Hesse y Enrique Heine.

¿Haber nacido en Argentina y en una provincia fuerte y combativa como lo es Córdoba en tantos aspectos, determina tu decir?

Totalmente. Porque somos producto del paisaje y la tradición del suelo en el que se ha nacido. Cuando escribimos nos escribimos a nosotros mismos, embebidos en una determinada historia familiar, social y política. No es lo mismo escribir desde Córdoba que hacerlo desde el puerto de Buenos Aires, o desde la estepa patagónica. Siempre acabará apareciendo la raíz, el paisaje que nos vio crecer y nos dio identidad. Podemos no nombrarlo, disfrazar con ficción cualquier realidad, pero en el fondo siempre latirá el sello de la pertenencia.

¿Cómo atraviesa la joven Reyna la etapa de los descubrimientos en una sociedad caudillista, pacata, que mira a Europa?

Con absoluta naturalidad. Ya en la infancia los cuentos de hadas, reyes y  princesas (en su mayoría de autores europeos) me ayudaron a descubrir que existen otras culturas, otras maneras de ser y de pensar. Después, los estudios y la literatura universal acabaron por introducirme en el mundo y me enseñaron que una sociedad es producto de muy diversas circunstancias. Por esta razón, del caudillismo argentino sólo tomé sus valores positivos, y toleré con una media sonrisa la tendencia europeizante de la clase media y alta de mi país. Más tarde, leyendo historia argentina pude ampliar criterios y me sirvió para reflexionar y escribir sobre nuestro siglo XIX, como lo hice en “Una sombra en el jardín de Rosas” y “El secreto del guerrero”.  

¿Escribir es una tarea sencilla, natural, compulsiva, desgarradora?

Escribir es todo eso y más. En mi caso es una necesidad como respirar, también un placer y, al mismo tiempo, una aventura catártica: prodigioso intercambio de energías del que siempre salgo fortalecida. El acto creativo en lugar de agotar la mente, la estimula, la incita a abrir caminos hacia el infinito.

¿Se termina de escribir en algún momento o sólo es una tarea sin so-lución de continuidad?

Las dos cosas. Pero una novela debe tener un principio, un desarrollo y un final. No obstante, luego de la última página, en mi cabeza continúo imaginando hasta que algo me dice que ya estoy lista para comenzar a escribir otra historia.

¿Se puede prescindir de la pasión?

Depende de la naturaleza del escritor. En mi caso, soy una persona apasionada y amo lo que hago; en consecuencia, mis textos traslucen sentimientos muy fuertes. Pero, en general, la pasión (por lo que sea) es un ingrediente que nunca debe faltar en una novela.

¿Cuánto de la propia vida dejaste en el camino por escribir?

Nada dejé en el camino porque desde muy joven supe que escribir era lo que más me gustaba. Y no tuve hijos casualmente por eso. Antes de cumplir los veinte entendí que por mi manera de ser no había nacido para tener hijos, sino para escribir libros. Además, al ser rebelde por naturaleza los mandatos culturales no pudieron conmigo. Hoy suelo decir que puedo maternar con los libros.

¿Con cuál de los géneros literarios te sentís más cómoda?

Definitivamente con el género novela. No obstante, he escrito muchos cuentos, publicados en once antologías de cuentistas argentinos. Pero no es lo mío. La brevedad me cuesta. Cuando me surge una idea indefectiblemente viene repartida en más de doscientas páginas.
¿Escribir es innato o se aprende? ¿Sirven los talleres literarios? ¿Cuánta importancia tiene en el escritor la lectura?

La vocación ayuda pero no alcanza; al talento hay que desarrollarlo, pulirlo. A escribir se aprende leyendo buena literatura. Pero no todos los que escriben son Escritores, con mayúscula. Como en cualquier disciplina del arte hay artistas buenos, regulares y malos. En el terreno de las letras pasa lo mismo. No todo es publicar un libro, cualquiera puede hacerlo. Pero el don “divino” no se aprende, nace con uno. En consecuencia, en los talleres literarios se puede aprender a redactar; se pueden aprender las técnicas de la novela, el cuento, o la poesía, pero lo que un taller literario nunca podrá enseñar es el talento.

RECORDEMOS:

“Cinco hombres” la escribí en España y se publicó apenas regresé al país, en 1984. Trata sobre la búsqueda de la identidad sexual, y fue la primera novela en Córdoba que, en ese terreno, llamó a las cosas por su nombre; una historia que inventé y cavé a mi alrededor a modo de trinchera para olvidar una realidad tan agobiante como lo fue la última dictadura militar en Argentina.

“Para ahogar un loco amor” me marcó el camino. Quiero mucho esta novela. Es breve e impactante. Su temática y su estructura adelantaron lo que iba a ser el signo distintivo de mi estilo: apasionado y transgresor.      

¿”Tanto infierno, tanta belleza” es sólo un título o parte del legado que recibiste como ciudadana argentina?

Título y argumento de esa novela es una apretada síntesis de nuestra historia contemporánea. En ella me atreví a contar parte de mi propia vida. Auto ficción que nació producto de una catarsis, dicho de otro modo, nació por la necesidad imperiosa de volcar en palabras los horrores que sacudieron a Argentina en la década del setenta, pero en realidad es la historia de un gran amor.

Fui finalista del Premio Planeta 2003 con “Una sombra en el jardín de Rosas”. Por esta novela obtuve el reconocimiento del público y de la prensa. En ella mezclé ficción con historia argentina, narrada en primera persona por boca de Juan Bautista, el hijo mayor y casi desconocido de Juan Manuel de Rosas. Desde su aparición hasta el presente esta novela se viene reeditando con el mismo éxito.  

¿El trabajo paralelo (conferencias, publicaciones en diarios y revistas) es parte de las derivaciones de escribir, o sólo un modo de vida que te resta tiempo y energía para la creación literaria específica?

El “trabajo paralelo” fue en aumento a medida que me fui haciendo conocida, al punto de quitarme tiempo para escribir novelas, que es lo que a mí me gusta. Pero no me quejo, me ayuda a llegar a otros públicos. Y, en muchas oportunidades, los acepto porque están bien remunerados. Este año, por ejemplo, el exceso de trabajo extra me ha quitado tiempo para la novela que estaba escribiendo. De todos modos, no tengo apuro para terminarla, sé que está ahí esperándome, y esa es la maravilla de este oficio, nunca termina, siempre está comenzando de nuevo.

Otra novela inquietante y muy bien escrita es “Donde vive la loba”. En ella abordás la locura, la muerte, y un más que turbulento universo femenino. ¿Cómo surge este tema y de qué manera elegís resolverlo desde el punto de vista de la estructura?

“Donde vive la loba” es la continuación de “Para ahogar un loco amor”. La historia de Rolanda Ferraz merecía una segunda parte; una mujer que se hace pasar por loca cuando la acusan de haber matado a su padre y a su único hermano. Esta continuación narra esa locura: un mundo donde la loba entona su himno, sin edad, eterno. Su estructura difiere de mis otras novelas porque en ella incluyo una historia que se entrelaza al argumento principal, protagonizada por un enano que dirige un coro formado por niños de la calle, que por las noches cantan en el Parque Sarmiento. Submundo de drogas y abusos que resolví narrar en términos casi mágicos, casualmente para que esta realidad tan cruel de nuestro tiempo no caiga en el panfleto de denuncia.
Llegamos a “Hablame de Tosco”, un hombre singular, de una vida apasionante, ¿cuál fue el motivo que te llevó a abordarlo?

 Escribí sobre Agustín Tosco a pedido de la editorial “Raíz de Dos”, para su colección Cordobeses por cordobeses. Fue un auténtico desafío para mí, del que creo salí airosa. En la primera parte hablo de la Argentina que le tocó vivir a Tosco. Pero es en la segunda parte donde decidí poner el acento, ya que mi objetivo era descubrir el Tosco íntimo, el de puertas adentro, el hombre que se jugó por amor del mismo modo que lo hizo por los derechos de los trabajadores.

¿Qué hay en Juan Lavalle que te dio el impulso de abordarlo en “El secreto del guerrero”?

Desandar la historia de nuestros próceres me permite entender mejor el presente. Como país seguimos arrastrando conflictos cuyo origen se remonta a la época de la colonia. Pero la literatura no juzga; la utilizo como instrumento para recuperar nuestras auténticas raíces, proponiendo una lectura retrospectiva, revelando secretos, descubriendo intimidades, iluminando el pasado con una luz nueva y diferente. Y, sobre todo, me ayuda a comprender, y a comprendernos. Investigar allí es apasionante, ya que la literatura comienza a hablar cuando la historia se queda sin palabras. Y abordé a Lavalle por su vida tumultuosa, por haber sido un amante alocado, impetuoso; por la bravura que puso en cada batalla. Un hombre que para sentirse vivo necesitaba pisarle los talones a la muerte, y acabó suicidándose. Recordemos que sobre sus espaldas pesan dos acusaciones tremendas: hizo fusilar a Manuel Dorrego, y cometió la peor de las traiciones: vender la patria. Pero lo que realmente atrapa al lector en “El secreto del guerrero” es la novela de ficción que sostiene la parte histórica, donde cuento la amistad que nace entre Lavalle y su baquiano José Alico, que no es un hombre como todos creen (incluso el general), sino una mujer que se hace pasar por hombre para poder sobrevivir en un país violento, siempre alzado en guerra.
 
¿Podemos pasar a la cocina?

Normalmente escribo seis horas diarias, casi siempre hasta que cae el sol. Cuando no escribo busco distracción con los amigos, la lectura, la televisión o el cine. Me enojan la injusticia, la mentira, el atropello, el autoritarismo. Me deslumbra la naturaleza, la música, el arte. Y vivo rodeada de verde: acacias, tipas, eucaliptos, aguaribay, pinos, y en estos últimos años planté una bignonia, un aromo y un ficus, además de estar criando en maceta un algarrobo que actualmente sólo tiene treinta centímetros de altura. Comparto mi techo con dos gatas preciosas, madre e hija. Y por encima, y por debajo y en el medio de todo esto, leo mucho.

¿Corregís durante o al finalizar una novela?

Corregir me obsesiona, no soporto una coma mal puesta, un tiempo de verbo incorrecto, repetir adjetivos o adjetivar demasiado. Soy muy crítica de mi propia obra. Pero el placer más grande es cuando escribo sin darme cuenta del paso del tiempo, como si estuviera conectada a una inteligencia superior que me dicta letra.

¿Le das importancia a los premios?

No he recibido muchos premios, sólo los necesarios para sentir que lo que he hecho hasta ahora no ha sido en vano. Recibí el primer premio en la categoría cuentos (“El hombre de la capa de nutrias”) organizado por la Fundación Manuel Mujica Lainez y Anita de Alvear; varios años después fui finalista del Premio Planeta de Novela, y últimamente recibí dos premios que me llenan de orgullo: el Reconocimiento al Mérito Artístico otorgado por el Gobierno de la Provincia, y el premio Jerónimo Luis de Cabrera, otorgado por la Municipalidad de Córdoba, ambos por la obra realizada y los treinta años de aporte cultural a la Provincia.

La literatura actual pasa por un período muy prolífico, pero ¿hay excelencia?

Es cierto, se publica mucho, pero no todo lo que se publica es literatura. Proliferación que nos dice que hay muchos autores pero muy pocos escritores. Libros en los que se advierte la buena intensión, pero se nota demasiado el esfuerzo con que han sido escritos, el mismo esfuerzo que tiene que hacer el lector para poder leerlos. Confío que con el tiempo estos autores puedan alcanzar la excelencia.

Una charla con magia. Cada vez que hablamos con Reyna entramos en una zona única, sobrecogedora, de profundidades y vuelo de libélulas, que nos complace y nos reconcilia con el mundo de la creación, puesto que vivimos en una realidad y en un tiempo donde la chabacanería, el absoluto desinterés por la importancia del trabajo y del respeto al pasado que nos ha hecho quienes somos, nos avasalla impiadoso, sin lograr su cometido de aniquilarnos porque estamos despiertos y conscientes y podemos separar las aguas.
Reyna es su obra y su obra la magnifica y la proyecta hacia cada ser que la aborda en el rico espacio de sus páginas.  

Thomas-Yudé

jueves, 11 de septiembre de 2014

Hablar el mismo idioma - Nota Publicada en Notiserrano 136


Saber qué nombramos cuando decimos algo para distinguir entre la realidad y la ficción. Lanata Vs. Flor de la V


Por José Luis Thomas

Con todos los dimes y diretes que se han sucedido a partir de los dichos de Jorge Lanata con respecto a Flor de la V, me permito leer entre líneas ciertos aspectos que más allá del cotorreo suscitado por el/la  persona en cuestión, y que sí son preocupantes. Hablo desde el punto de vista sociológico derivando en otro aspectos que inciden en la vida y en la salud socio-política. Si uno lo toma a priori, el tema parece superficial, pero en verdad descorre velos que dejan traslucir los gravísimos síntomas que padece la sociedad y que indican que hay un daño grave en la estructura del comportamiento del ser persona, que va mucho más allá de todo pronóstico.
El tema comienza cuando Lanata afirma que Flor de la V. es un travesti. Lanata también habla del ser persona como único atributo válido a la hora de ver quién es quién. Lejos de toda denominación o elección sexual (que no sería tal, puesto que el individuo está determinado por la naturaleza; lo que tal vez elija es la aceptación a través de la cual ha de ejercer su vida y por ende lo único importante es: su ser persona); por lo que antes de continuar debo referirme a este término para ver de qué estamos hablando.
Ser persona es la conjunción del individuo en sociedad,  de acuerdo con García Hoz tendría tres características: singularidad, libertad y apertura. Cuando hablamos de singularidad (lo individual, desde lo que se parte) decimos que cuando los hechos se repiten es casi nula, pero cuando se buscan nuevas respuestas hay creación desde ella. Para que la singularidad pueda concretarse, el individuo tiene que tener claro el proyecto de vida que se ha fijado y las metas a cumplir, aún en contra de la socialización que ha padecido y del proceso de culturalización en el que está inmerso. Así relacionamos singularidad con autonomía, ya que si el individuo no se siente autónomo no puede ni manejar ni expresar su singularidad, que queda circunscripta a su interioridad (punto muy filoso puesto que lo interior no tiene límites ni puede ser corroborado, ni es medible, ni cuantificable; no hay objetividad en la interioridad a menos que se exprese en conceptos claros y que no incurra en contradicción de pensamiento, palabra y hecho) y esto también roza una delicada postura que por estos tiempos parece muy válida y que se refiere a “esos seres que se sienten singulares pero que aceptan las propuestas de las mayorías en función de una pretendida adaptación (Me permito recordar un pensamiento de Krishnamurti: “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.”; lo que también se conecta con la necesidad de una ética autónoma, hablamos de moral, de una concreción de principios éticos, de tener una conducta moral que ya no depende de principios heterónomos que devienen de los demás sino que se adscribe a la propia tabla de valores y concretarla en conductas morales autónomas. Considerando esta autonomía como una libertad individual que está íntimamente relacionada con una libertad social; sabemos que cuando se confiscan las libertades sociales, el sujeto subsume su autonomía a su singularidad no manifiesta.
Los sujetos que basan su singularidad en la aceptación de lo que proponen las mayorías se convierten en propagadores de una falsa moral que corre el riesgo de ser tomada por verdadera.
Cuando hablamos de la sexualidad nos estamos refiriendo a un aspecto muy vulnerable del ser humano sobre todo cuando está en sociedad. El sexo determina comportamientos que influyen en las conductas y en los  acontecimientos más importantes de la vida.  El comportamiento del género en todo el espectro biológico tiene un impacto muy alto. Dirige y lidera impulsos ancestrales aún cuando no sean conscientes. Reconocemos en lo externos dos formatos con características propias que se corresponderían con ciertos rasgos internos en mayor o menos porcentaje: un formato macho y otro hembra lo que no quiere decir que funcionen en un solo sentido o por lo menos en el sentido que la sociedad le confiere, y es en este punto en el que las posibilidades subjetivas conforman un abanico de posibilidades que varían en el tiempo. Como todo en la vida está en movimiento y cambia, dependiendo de la apertura, creatividad y libertad de la persona para  expresarse a sí misma, consigo y con los demás.
Las palabras por medio de las cuales nos comunicamos, esos signos que remiten a conceptos organizadores del pensamiento son fundamentales para entendernos, para compartir la realidad y saber que aunque tengamos tendencias distintas estamos hablando de las misma cosas, por ejemplo: cuando decimos árbol nos referimos a un objeto con características singulares que los diferencian de la palabra y concepto: automóvil; porque si vamos a darle autoridad a la subjetividad cada uno puede trastocar estos atributos objetivos en función de su lógica interna que no quiere decir que sea la general. Un loco tiene una lógica interna, pero no por eso lo asimilamos a la realidad para compartir la visión aunque aceptemos su propuesta. Tal vez ya se estén comenzando a sentir los efectos de la mala educación o su falta; desde hace años los alumnos no leen y por otro lado no tienen comprensión de texto, es decir, leen y no saben qué quiere decir o qué significa el texto. Ese problema, no quedó o queda sólo dentro del aula; esos niños lo trasladan a la sociedad y cuando crecen son adultos confusos, ignorantes, fáciles de engañar con promesas materiales grosera y obvias, de poco valor y para colmo de males: votan. Todo esto genera una cultura de “incomprensión” no sólo en su aspecto emocional sino en el literal de no saber qué quiere decir lo que se escucha o lee. Se cree estar entendiendo una cosa cuando en verdad se habla de otra.
Por eso cuando decimos Travesti, sabemos que estamos hablando de un “macho con pene” bajo ningún punto de vista ese órgano con características propias es parte de un cuerpo de hembra aunque haya quienes dicen que el clítoris es un pene no desarrollado. Ahora bien, lo que pueda sentir ese ser en su interior es parte de una estructura de personalidad que no descarta lo subjetivo y “el querer ser” o “el querer sentir” en función de una elección deliberada.
Cuando un varón se quita el órgano masculino (el pene) se convierte en un transexual, pero no por eso se convierte en una mujer, su cuerpo físico está formado con los atributos masculinos y ninguno femenino. Todo lo que haga será artificial; es posible que ese sujeto padezca “disforia de género” y sienta que está dentro de un cuerpo que no le corresponde; son muchos los grados de sentimientos entre el cuerpo físico y el cuerpo interno. Todo esto es real y es normal dentro de las diferencias; lo que es cuestionable es la correspondencia con los conceptos que definen esas variables.
Un varón con pene es un macho, no puede pretenderse que se lo considere mujer, porque estaríamos mezclando las lógicas y por ende entraríamos en zonas de psicosis colectiva atribuyéndole a la realidad una cualidad correspondiente a otra.
Esto es un síntoma grave que padece nuestra sociedad. No la discriminación, sino la confusión exprofesa de conceptos que definen y  convalidan la realidad; si bien cada uno puede tener distintos puntos de vista, no podemos confundir los objetos a los cuales nos referimos porque estaríamos propiciando el caos; que de hecho ya se ha instalado entre nosotros; porque si en cuestiones tan obvias como la diferencia entre un macho y una hembra tergiversamos los conceptos que las definen, “que no estaremos haciendo con aquellos aspectos subjetivos que no pueden ser corroborados en la realidad inmediata”; asocio este tema con los “relatos políticos” o los “relatos de derechos humanos” o tantos otros relatos que partiendo de un bien común inducen el pensamiento colectivo hacia zonas donde se confunden los conceptos que definen la realidad y los superponen creando una doble imagen que intenta hacernos creer que las cosas son diferentes. Este mecanismo avieso, fascistoide, mafioso, trabaja capturando la sensibilidad y los sentimientos más expuestos, y  manipula la libertad individual creando una refracción de sí misma que lleva al sujeto a no ubicar la realidad en el lugar correspondiente, y teme expresarse libremente porque no puede ubicar su posición en medio de una plataforma ficticia.
En este tema en particular se trata de confundir y embarrar la cancha asociando lo real, lo cierto, lo verdadero con homofobia, discriminación, no aceptación; se trata de amedrentar a los que ejercen su libertad de pensamiento intentando encolumnarlos detrás de un pensamiento uniforme, mentiroso y manipulador. Un pensamiento o relato que por otro lado divide a la sociedad en “los que detentan el poder con sus acólitos acomodados, serviles y dependientes de las dádivas a través de las cuales manipulan su voluntad y los inducen a perderse el respeto a sí mismo y convalidan fraudes de todo tipo y mentiras que no se sostienen ni ante ellos mismos, y el resto de la población que intenta ejercer su autonomía”.
Hay que aprender a mirar y es fundamental la capacidad de asociar los hechos y sucesos de la realidad. No hay hechos aislados; todo fluye desde la vertiente interna de una sociedad que supura una corrupción de base.
Por eso es fundamental conocer el significado de las palabras que utilizamos puesto que remiten a conceptos que significan la realidad; si desconocemos el sentido de lo que expresamos, si da lo mismo una cosa que otra, somos tierra fértil para que nos siembren con maleza puesto que habremos perdido la capacidad para reconocer las hierbas buenas y caeremos bajo el encantamiento de nuestra propia cosecha.
Volvamos al comienzo: el Ser persona, su autonomía, su poder de expresión, su singularidad, eso es lo importante. Un varón puede ser macho engendrador de prole, puede ser padre, puede ser homosexual y engendrar hijos o no, puede ser travesti y puede convertirse en transexual; una mujer puede ser hembra generadora de vástagos,  puede ser madre con sentimientos de madre, puede ser lesbiana, puede convertirse en transexual.
Lo importante y lo que significaría un verdadero cambio en la manera de pensar de la sociedad sería: aceptar que dos varones o dos mujeres pueden adoptar niños y criarlos con amor, que no necesitan transvestirse ni decir que son mujeres ni varones, creando falsos maniquíes estereotipados,  cuando en verdad tienen pene o vagina, porque estarían incurriendo en una falta grave como es: la falta de autenticidad que es un valor fundamental que debe transmitirse a un niño.
Lo importante es aceptar al ser humano, al ser persona como es, sin necesidad de falsear la realidad intentando hacer un absurdo y falso modelo de originales que la naturaleza ya ha creado con eficiencia.

José Luis Thomas


martes, 8 de julio de 2014

Ideologías - Nota Publicada en Notiserrano 135

Ideologías 

El peligro de ser fanáticos


Por José Luis Thomas

Hablamos de ideologías, somos ideologías, nos movemos en un ámbito de ideologías; a cada acto, hecho o circunstancia de la vida los convertimos en ideologías, dejamos de ver el hecho como hecho, porque lo miramos a través de ese prisma que lo descompone en lo que la suma de ideas y conceptos preconcebidos, nos indican. Toda la sencillez de la vida y de los actos humanos los agrupamos de acuerdo con esa manera de considerar, juzgar,  lo que es, y por lo tanto, dejamos de ver  “lo que es”, porque “lo que es”, es parte del presente y las ideas a través de las cuales interpretamos los hechos, son parte del pasado. Todo fluye constantemente y cambia ante nuestra mirada, pero lo juzgamos de acuerdo con esa suma de ideas que adquirimos en la creencia de estar dotando a nuestro ser de identidad, y en base a esa visión nos agrupamos tratando de ser mayoría o por lo menos un grupo fuerte, pero como no se puede ser la mayoría absoluta, es que vemos una multiplicidad de grupos convocados por distintos ideales y en continua disputa, en la creencia “absurda” de ser cada uno portadores de la verdad; aún cuando la humanidad ya sabe que toda verdad es relativa. Es decir, partimos de una falsedad (creernos dueños de la verdad), por lo tanto, si seguimos la lógica sólo podemos arribar a una respuesta falsa. Aún así, cada grupo defiende su ideología, y a pesar de tener una enorme porción de historia detrás que muestra que todo pasa y cómo las ideologías pierden vigencia ante el avance de la vida que las deja fuera de servicio, los individuos que hacen la humanidad insisten en el error. ¿Por qué será? El primer motivo es el temor, el miedo ancestral inconsciente a sentirse solo y aislado; por eso busca en la idea asumir un rol que lo identifique como parte de una mayoría que lo defienda y lo proteja. En esta creencia no duda en enfrentarse a otros individuos o grupos tratando de imponer su verdad, su relativa y miserable verdad. Para eso apela a recursos técnicos alienantes tales como: no escuchar, no ver, no aceptar, no comprender, no vivir el presente como único espacio en el que su vida tiene lugar para ser. Amparado en el pasado refuerza su identidad y proyectando hacia el futuro se engaña en la idea de supervivencia. De tales, resulta que vive fuera de la realidad en la que la vida se manifiesta y donde su propia vida tiene lugar. Lucha entonces por cosas muertas o por imaginaciones proyectadas. Mientras este mecanismo avieso sucede, la vida se le escurre, no ama, porque espera hacerlo en un futuro mejor; no comprende, porque considera que no están dadas las condiciones;  no acepta, porque piensa que si lo hace perderá identidad; no se detiene a contemplar lo que es y sucede ante sus sentidos, porque los tiene confiscados por el pasado y el futuro;  siempre lo que pasó lo llena de angustia y lo por venir de ansiedad. Juzga la vida y los hechos del vivir como absolutos y se aferra a la idea de la eternidad; no soporta  la levedad de su ser, no quiere hablar de la muerte, ni de la finitud de todo. No quiere quedar como un tonto que no tiene opinión sobre la multiplicidad de ideas que llevan a la gente ha realizar actos, que luego en un interminable círculo vicioso deberá juzgar, y sobre los que siempre tomará partido.
Sucede también que la valoración material de la vida, el apego a los objetos en paridad con sus ideas, se vuelve una posesión que lo comprometen y lo guían por un sendero de insatisfacción constante; no puede abstenerse de todo lo que el mundo sensorial le propone porque en algún punto de su memoria ancestral asoció “posesión como parte de la identidad forjada en los ideales o lo que éstos prometen” es decir, de lo que le corresponde a las ideas en el aspecto materio-sensorio, para ser.  La persecución de lo ideal (lo que deviene del mundo de las ideas-deseos) busca trocarse en materia y la materia quiere más materia, así como el pensamiento quiere más pensamiento. Necesita de una parafernalia de objetos e ideas para crear una imagen de sí ante las otras imágenes que los otros proyectan de sí mismos. Esto es indiscutible, está totalmente aceptado y por esto mi reflexión puede parecer una perogrullada, una estupidez o una incoherencia. Es que hay cosas que no se plantean porque hacerlo equivale a desnudar la máscara que recubre la falsa identidad hecha con altos ideales. Y eso no se hace. Se prefiere seguir en la mentira y la falsedad. Se prefiere morir creyendo que hay un cielo y un infierno fuera de nosotros mismos. Es que el temor maneja al hombre.
La vida es muy simple. Las ideas la han sofisticado, la revisten de una seriedad prefabricada y le aportan vicios de conducta que determina la relación malsana entre los individuos que la componen.  Uno de estos flagelos es “la división”; la mente necesita separar un concepto de otro y parcializa todo lo que adquiere para poder manipularlo. De esta división se alimentan todos los enfrentamientos.  
Juzgar, determinar y separar el flujo de la vida en bueno y malo, automáticamente antagoniza a los seres que preconcibieron la conveniencia de situarse en el lado relativo en la perioricidad de lo que considera bueno.  Si no se puede ver esto con claridad buscar en la historia la cantidad de conceptos y concepciones consideradas buenas, bajo las que se agrupó la mayoría y como denostó y llevó a la muerte a quienes se los consideraba del lado malo o equivocado, cuando luego al evolucionar el sistema de creencias se demostró que mostraban una parte de otra verdad.
Esto es así porque no se vive en el presente y se considera que los hechos deben ser apresados y guardados en una caja a la que siempre se ha de recurrir para medir la realidad; pero la realidad está viva y no puede ser medida con sistemas de medición que fueron adecuados para un determinado tiempo espacio.
Sin dudas a esta altura de mi reflexión se pregunten ¿qué hay que hacer entonces para vivir sin ideales y sin preconceptos? ¿Cómo producir moral y ética y cómo convivir con las conductas que atentan contra la vida?
Sin dudas la respuesta no es la pueda surgir de un sistema de ideas, porque estaría contradiciendo lo antes expuesto.
La vida es en presente; somos la vida en expansión constante y el único radar que puede guiarnos es la conciencia; es decir somos más que la mente, somos un espacio mucho más  amplio en el que la mente es sólo una parte y es en ese instante espacial en el que reconocemos lo que somos, que la mente no puede interferir. No hay un modo ni un sistema de control de esa continua verbalización de nuestra mente; lo único que podemos hacer es darnos cuenta, estar alertas y cada vez tomar conciencia del presente. Cuando esto sucede, podemos percibir la dimensión exacta de la vida real y cómo la persecución de ideales y derivaciones del sistema sensorio  pierde autoridad.  La identidad ya no depende de la volatilidad de sus impulsos sino que comprende y se hace una en la empatía con la presencia viva de todo lo que es. Así, poco a poco se dejan de lado los  subterfugios creados por la mente que se relativizan a sí mismos en el mundo de la materia.
Las ideas tendrán su lugar para conducir los acontecimientos del vivir en el término del presente, en las cosas prácticas, ir de un lado a otro, realizar un trabajo, etc. Reconocer la futilidad de perseguir el futuro y de tratar de que esos ideales conformen la realidad porque la realidad escapa a todo ideal.
Las ideas políticas son una antigüedad; es obsoleto el sistema de creencias que  las divide y que genera el ego del hombre y su necesidad de adquirir  poder y materialidad en derechas, izquierdas, centro y todas las subdivisiones absurdas creadas por mentes inferiores. Hasta el presente no han hecho otra cosa que mantener al mundo en estado de semievolución; nada ha cambiado desde que el hombre apareció sobre la tierra; el sistema de ideas no iluminó la vida ni la humanizó; se mata como antes, pero en forma más sofisticada: se mata por religión, sexo, poder, odio, ambición, -todo derivado siempre de las ideologías- por polítca y tantas otras formas de parcelación del sistema ideario. El hombre desconoce la vida de otros reinos, atenta contra el planeta; depreda y corrompe todo lo que pasa por su miserable sistema de ideales.
De qué sirve la tecnología, los avances científicos, si hay odio, hambre, discriminación, imposibilidad de acceder a los beneficios que la ciencia ha puesto en el sistema de salud, si hay quienes  mueren de sed,  viven en estado de indigencia; se atropellan los derechos de las etnias, hay fundamentalismos religiosos que matan en nombre de Dios (nada más absurdo) o políticos corruptos que manifiestan altos ideales para manipular la emoción de las mayorías, pero que viven vidas fastuosas.
Es tal la incoherencia, entre el pensamiento, la palabra y la obra que evidencia la humanidad apoyada en el sistema de ideales, que han traído a la humanidad hasta este presente árido, como un derivado más del petróleo en el sentido plástico de sus sentimientos; y donde la comunicación pierde el contacto real para ser virtual, marco en el que se presupone  generar “amistad”, una amistad sin cuerpo, sin conciencia real de lo que significa el intercambio de energía real, fundada en la percepción, en la palabra y los sentimientos que son expresados por medio del cuerpo que porta un espíritu.
Es necesario “darse cuenta” de la trampa de los ideales. Reconocer  la vida como un acto en presente y seguir el flujo de la conciencia que nos precede y que siempre nos guía por el sendero de la esa verdad que nunca atenta contra otro ser de la tierra.  En la conciencia hay una moral y una ética que no deviene de postulados teóricos, sino que se deriva de la sabiduría sideral que nos plantó en la tierra.
Antes de pensar en todo lo expuesto, cierre los ojos y busque dentro de sí  ese espacio en el que la conciencia está viva y le habla desde el silencio; no espere escuchar lo que quiere oír; escuche sin proponer respuestas ni deseos, sea parte del silencio y de la nada; de allí surgirán las respuestas nuevas para su nueva vida.
José Luis Thomas

domingo, 27 de abril de 2014

Terrorismo de Estado - Sus réplicas - Nota publicada en Notiserrano 134

Terrorismo
de Estado

Sus réplicas 

Por José Luis Thomas

Siempre decimos que en la época de los milicos tuvimos terrorismo de Estado y es cierto, pero no es menos cierto que en el presente también tenemos Terrorismo de Estado, ¿cómo?
Veamos: La inseguridad que no es atendida por el Estado, es Terrorismo de Estado, simple, sin vueltas, aunque divaguemos en respuestas variadas, sólo serán excusas. Cuando un gobierno, el que sea,  permite a lo largo del tiempo que la violencia y la inseguridad se instalen como moneda corriente, que el Congreso Nacional no revise  las leyes y las modifique acorde con la realidad  y cuando la Justicia adicta al poder permanezca en la indolencia es Terrorismo de Estado.
La sociedad está atrapada en palabras y emociones, en diatribas políticas intrascendentes, mientras el gobierno en su afán de mantener el poder y someter a la Clase Media permite, es complaciente con los delincuentes en el afán de meter miedo y devastar poco a poco el sistema Republicano.
Hecha culpas a los medios como si los hechos fueran un invento y los muertos no fueran muertos y los deudos mitificadores.
Cuando un gobierno miente y oculta sus acciones es Terrorismo de Estado y cuando crea confusión hablando de ser inclusivo y al mismo tiempo reconoce su fracaso en ese sentido porque considera que la inseguridad es por falta de inclusión, es Terrorismo de Estado.
Cuando la Educación no es prioritaria, se crean todos los posibles mecanismos para que el pueblo caiga en formas de delincuencia y de ahí al Terrorismo de Estado hay un paso.
Permitir que entre la droga al país y que se instalen los narcotraficantes y que el paco destruya la mente de los jóvenes es Terrorismo de Estado “y lo más grave es que no se puede dialogar ni esperar conductas normales ni sentido común con mentes drogadas”.
Señores: esto es Terrorismo de Estado, disfrazado, envuelto en vientos de justicia social, y de resentimientos que vienen dividiendo a la sociedad en dos facciones tan tajantes que la lógica y el sentido común parecen haber perdido todo valor y significado. Es que somos víctimas del Terrorismo de Estado, estamos siendo carne de ese proceso, de esa insanía, de ese maltrato, de esa felonía y en su último tramo nos vemos empujados a hacer justicia por mano propia, y ya en esa deshumanización revierten la indolencia y cargan contra los inocentes en lugar de volver la mirada hacia los delincuentes para frenar su avance.
Esto es Terrorismo de Estado. Ese método impuesto por la denostada clase militar no es privativo de sus desmanejos; ese modo de sometimiento ha sido recogido por estas facciones mafiosas y fascitas y sus seguidores a los que les convienen las prebendas, los beneficios que reciben a cambio de hacer la vista gorda (incluyo a pensadores, intelectuales, periodistas, artistas y todos los que a lo largo de sus vidas han tenido la oportunidad de estudiar para que a través de la asociación con hechos del pasado puedan reconocer las diferencias; y un pueblo raso, crédulo, que todavía no despertó y cree en los pajaritos de colores, se contenta con su pequeño logro devenido de alguna adhesión partidaria, y que encandilado con el árbol no ve el bosque, y todos los que desde el odio pretenden imponerse enarbolando la bandera de los Derechos Humanos.
La tergiversación y el deliberado sistema de enturbiar las aguas y confundir valores que todos deseamos  haciéndolos parecer como propios de las clases bajas en contraposición con las clases medias y altas, como si éstas solas fueran las causantes de los desequilibrios, es Terrorismo de Estado.
Sabemos, todos sabemos que el ser humano está dotado de deseos y necesidades: tanto los pobres como los ricos. Y también sabemos que los bienes materiales son pasajeros,  que ser pobre no es una virtud y ser rico no es una maldad. La naturaleza de las conductas entre nosotros determina la clase de relación insana que vivimos. Los pobres y los ricos están sujetos a las mismas pasiones, desequilibrios y capacidad para el mal o el bien. Allegados al dinero los hombres se vuelven pardos no importa si nacieron pobres o ricos; la diferencia la hace su evolución interior y espiritual.
Es Terrorismo de Estado que la sociedad vea y asista al enriquecimiento ilícito de sus gobernantes, a la incoherencia entre el discurso y los hechos: hablan al pueblo con argumentos de izquierda, de humanismo, de justicia social y en lo personal viven vidas propias de las Derechas más recalcitrantes, haciendo abuso de medios y dineros que roban al pueblo; Esto es Terrorismo de Estado.
Y también es Terrorismo de Estado que los docentes, las fuerzas policiales y los profesionales de la salud ganen sueldos que no les permiten vivir con dignidad mientras los Diputados y Senadores provinciales y nacionales tienen remuneraciones que exceden en mucho sus capacidades y lo que hacen, por cuanto el deterioro social es consecuencia de su falta de idoneidad y acción a la hora de trabajar para el beneficio de todos los argentinos y no sólo de los partidarios.
A los hechos del pasado no hay que recordarlos sólo con actos, es fundamental reconocerlos en las conductas presentes; no hacerlo es permitir que nada cambie.
Terrorismo de Estado es la realidad insalubre que vivimos manifestada en variados y múltiples hechos de corrupción, imposiciones absurdas, medidas económicas y sociales arbitrarias, surgidas de la ignorancia y la discapacidad para hacer políticas de Estado; sólo generan acciones inmediatas para sostener sus cabezas en el poder.
Esto y mucho más es Terrorismo de Estado, y hasta me atrevo a decir que los milicos en esto fueron nenes de pecho; porque en el presente se supone que estamos en democracia.
José Luis Thomas

Papismo o ¿Papa manía? Nota publicada en Notiserrano 134

Papismo

¿o Papa manía?


Por José Luis Thomas

Estoy mirando la realidad y siempre hay algo que me llama la atención. Hoy mi mirada está puesta en el Papa Francisco. En lo que he dado en llamar la Papa manía. Y miro desde dos puntos de vista. Uno la actitud del Papa y otro lo que me lleva a considerar el término manía con respecto a la gente.
Algo me hace ruido y cuando eso sucede me detengo a observar más de cerca y para ello debo despojarme de prejuicios y preconceptos, de imposiciones culturales y determinaciones sociales con las que uno convive sin darles demasiada importancia, a veces. Por lo general no me dejo atrapar en convencionalismos y en creencias y temores, ni adhiero a esos conceptos que indican reverencia nada más que por seguir tradiciones que vienen desde tiempos remotos, cuando fueron creados ciertos patrones de convivencia para controlar las relaciones salvajes de la humanidad.
Ha pasado mucha agua bajo el puente y es preciso aprender a mirar para redescubrir lo esencial debajo de las múltiples capas de las fabricaciones mentales de la realidad.
Esta imagen del Papa continua, que tiene consejos para todo y todos y que se sobreexpone, me aleja del concepto espiritual, y siento que lo que en un primer momento se  mostraba esperanzador, ahora corre el riesgo de caer en  la banalización.
Toda imagen que se expone demasiado pierde fuerza. Toda palabra que se repite mucho deja de tener efecto. Las conductas que se exteriorizan demasiado y tienden a destacarse, por la razón que sea  dejan de cumplir con su objetivo. Más aún cuando nos referimos al campo espiritual.
El Papa apareció en un momento en que la humanidad está, por un lado necesitada de un cambio, sobre todo la iglesia, y por el otro esa misma humanidad está desbordada por la trivialización de la materia y es irrespetuosa en todo sentido con lo que puede significar algún tipo de control de ese falso ego que la empuja en pos de múltiples fuegos fatuos. Por un lado juega el juego de la búsqueda espiritual –como una receta que se pueda aplicar sin atravesar el proceso de cambio que es interno- y por el otro utiliza la novedad de la que intenta servirse –en este caso el Papa- para seguir igual, pero con la conciencia más aliviada.
El Papa, está siendo devorado por su propia imagen, por esa exposición y por todo los mecanismos que crean reflejos de humildad. Tal vez considere que debe jugar con los mismos resortes que manejan las mayorías para llegar a sus corazones; pero es un juego peligroso, la imagen y la sobreexposición terminan por encandilar y se pierde el sentido de la verdadera transformación espiritual.
Para ver con mayor claridad este concepto que a priori puede parecer chocante (referido a la figura del Papa), observemos lo que nos sucede con personajes cercanos y su manipulación desmedida de la imagen: Políticos y vedetongas, por poner sólo dos ejemplos; llega un momento que dejamos de prestarles atención: tanto la imagen como lo que les sucede y lo que dicen nos suena a repetido, falso, armado; no queremos oírlos porque por lo general ya hemos llegado a la conclusión que nos dejan siempre en el nivel de las apariencias.  Se habla del cambio para dejar todo como está.
Pero ustedes dirán: pero este Papa está haciendo cosas, cambios reales. Sí es verdad, pero sin embargo la sobreexposición pública es demasiado rimbombante. Su figura, su mensaje, la profundidad espiritual se vuelve común.
Pero si todos somos iguales en esencia, y los mensajes deben ser comunes para llegar a las masas, podemos decir. Sí, pero cuando el ser humano –en general– reduce todo a su misma condición, le pierde respeto. Porque –cuando no hay un verdadero despertar espiritual- necesita admirar lo inalcanzable.
Pensemos sino en alguien importante cercano cuando no tenemos llegada a él y cuando es nuestro vecino y participamos de su cotidianidad: por lo general pierde valor.
El Papa, habla y habla (Pensemos en nuestra Presidente o en los líderes de la oposición) y se muestra de manera indiscriminada, deja de tener peso esa palabra y esa imagen.
El trabajo espiritual, el que consiste en guiar y despertar las conciencias debe pasar inadvertido: así se multiplica. Cuando tratamos de esconder algo, todos quieren encontrarlo, poseerlo.
Siempre me llamó la atención algo tonto como es la apreciación que la generalidad tiene de dos árboles: El olmo y el paraíso. Son plaga –dicen, y los desestiman. La gente quiere especies más difíciles de cultivar; quiere lo que nos es masivo. Para mí son maravillosos porque son pródigos (pero ése soy yo, apartado de las mayorías y de las masificaciones, convencionalismos y todo tipo de ismos).
Vivimos en tiempos de fuertes cambios donde las apariencias se confunden con lo original.
La Iglesia como poder espiritual, debe hacer grandes cambios para sanear sus filas ávidas de poder material y de corrupciones por falta de autenticidad y discapacidad para asumir sus verdaderas identidades. La Iglesia ha sido a los largo de la historia una institución, ligada al poder político que más ha atentado contra la vida; aunque parezca un contrasentido (recordemos a modo de ejemplo la Inquisición). Este Papa parece tener capacidad para revertir esos  mecanismos perversos y reordenar ese caos institucional y sobre todo espiritual, porque si sus ministros fueran en verdad espirituales no podría darse ningún tipo de corrupción: es algo incompatible.
Me dirán que este Papa actúa así para obtener poder de la gente y con él producir los cambios necesarios dentro de la Iglesia; es posible que así sea; pero eso no quita que la sobreexposición de imagen y palabra sea al mismo tiempo la pala que cava la fosa.
En última instancia el Papa hace el trabajo de un sacerdote, se relaciona con la gente para darle paz y amor: no hace más que su trabajo.
Sucede que las cosas del vivir parecen haber perdido sentido y exaltamos como excepcional lo que debe ser la norma.
Tanto hemos caído en el circo de hacer de la vida un kiosco de trivialidades que cuando alguien, en el rubro que sea tiene coherencia, dignidad y sentido común creemos ver cosas extraordinarias.
Ya no vemos la imagen real, sino la refracción y perdemos de vista la originalidad; nos quedamos con los modelos a escala y con las imitaciones; con esa manera tan de la modernidad de hacer todo en serie; por eso cuando algo no encaja con esa masificación o nos reímos y los estigmatizamos por locos o nos volvemos penitentes cegados por la propia necesidad de valores y por la ausencia de identidad, singularidad y coherencia.
La gente en su conjunto siente que todo está fuera de cauce, que algo anda mal, que sufrimos una especie de locura por una forma de vivir poco saludable o porque ponemos la esperanza en líderes políticos o religiosos deseosos de que ellos solucionen de forma mágica lo que cada uno debe hacer por sí mismo y que de hacerlo redundaría en beneficio de todos sin necesidad de líderes, maestro, gurúes o caudillos.
Pero eso sería volver la mirada al interior, darle espacio a la conciencia, desactivar la mente identificada con el ego y vivir en armonía con el presente y en sintonía con la vida toda. En ese modo de vivir no entra el poder, ni la comparación, ni la envidia, ni el apego a las posesiones materiales, mentales o profesionales. Hacer esta revisión interior, generar este cambio sería un signo de evolución, de haber trascendido la materia para comprender el verdadero sentido de la vida.
Es más fácil esperar por las decisiones de un Papa (en este caso), que nos diga lo que ya sabemos que hay que hacer, pero no queremos, porque hacerlo significaría desactivar el andamiaje que nos da seguridad: el ego.
Por lo pronto, la figura del Papa, parece despertar pequeños destellos de luminosidad en las anquilosadas vidas rutinarias. Y por eso se festeja y es novedad su modo mediático de llegar a la masa desahuciada y doliente. Pero ¡cuidado! La exposición pública trae desgaste, cuando se vuelve figurita repetida y pasa la novedad y no se han hecho cambios radicales o no hay magia, la imagen pierde brillo, y los ojos que antes se iluminaban en la esperanza de que todo cambiara sin hacer esfuerzo, comienzan a buscar otra luz, otro gurú, otro líder. Así viene la humanidad rodando de entre santos y locos, fanáticos, fundamentalistas y criminales que, de pronto, parecen tener la suma de la verdad, cuando sabemos que la verdad es relativa. La humanidad es una, las divisiones son el resultado de las mentes egoicas que dividen para manipular. Y el ser humano que vive en la inconsciencia siempre quiere más.
El papa Francisco, es un ser humano que tiene un modo de hacer las cosas; las exposición mediática como todo en la vida, debe ser medida, sobria; más aún en un mundo globalizado y atiborrado de recursos tecnológicos que multiplican una imagen en millones pasando por la casera de compartirlas en facebook.
Compartir imágenes de bondad o tragedias no nos mejora; la única forma de evolucionar es tomar conciencia, volvernos hacia adentro, vivir el presente, aceptar lo “que es” para que a partir de verlo, podamos cambiarlo, si es que hay que hacerlo, pero siempre en presente; el futuro es una creación de la mente que se autoengaña para saltar el presente en busca de falsas promesas de realizaciones futuras que nos llenan de ansiedad, pero el futuro está hecho con el presente esto quiere decir: no esperemos que el futuro sea distinto de lo que somos y hacemos en el presente.

José Luis Thomas



jueves, 27 de marzo de 2014

Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, Cristina Mucci, José Luis Thomas


Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, José Luis Thomas, en el mítico Café Tortoni.










Enriqueta Muñiz, José Luis Thomas, en nuestro programa de Radio Nacional: Entre Nosotros literariamente hablando




Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, en nuestro programa de Radio Nacional: Entre Nosotros literariamente hablando.















Enriqueta Muñiz, Cristina Mucci, Norberto Gracía Yudé, José Luis Thomas, en ocasión de recibir los cuatro el premio Gente de Letras.