domingo, 27 de abril de 2014

Papismo o ¿Papa manía? Nota publicada en Notiserrano 134

Papismo

¿o Papa manía?


Por José Luis Thomas

Estoy mirando la realidad y siempre hay algo que me llama la atención. Hoy mi mirada está puesta en el Papa Francisco. En lo que he dado en llamar la Papa manía. Y miro desde dos puntos de vista. Uno la actitud del Papa y otro lo que me lleva a considerar el término manía con respecto a la gente.
Algo me hace ruido y cuando eso sucede me detengo a observar más de cerca y para ello debo despojarme de prejuicios y preconceptos, de imposiciones culturales y determinaciones sociales con las que uno convive sin darles demasiada importancia, a veces. Por lo general no me dejo atrapar en convencionalismos y en creencias y temores, ni adhiero a esos conceptos que indican reverencia nada más que por seguir tradiciones que vienen desde tiempos remotos, cuando fueron creados ciertos patrones de convivencia para controlar las relaciones salvajes de la humanidad.
Ha pasado mucha agua bajo el puente y es preciso aprender a mirar para redescubrir lo esencial debajo de las múltiples capas de las fabricaciones mentales de la realidad.
Esta imagen del Papa continua, que tiene consejos para todo y todos y que se sobreexpone, me aleja del concepto espiritual, y siento que lo que en un primer momento se  mostraba esperanzador, ahora corre el riesgo de caer en  la banalización.
Toda imagen que se expone demasiado pierde fuerza. Toda palabra que se repite mucho deja de tener efecto. Las conductas que se exteriorizan demasiado y tienden a destacarse, por la razón que sea  dejan de cumplir con su objetivo. Más aún cuando nos referimos al campo espiritual.
El Papa apareció en un momento en que la humanidad está, por un lado necesitada de un cambio, sobre todo la iglesia, y por el otro esa misma humanidad está desbordada por la trivialización de la materia y es irrespetuosa en todo sentido con lo que puede significar algún tipo de control de ese falso ego que la empuja en pos de múltiples fuegos fatuos. Por un lado juega el juego de la búsqueda espiritual –como una receta que se pueda aplicar sin atravesar el proceso de cambio que es interno- y por el otro utiliza la novedad de la que intenta servirse –en este caso el Papa- para seguir igual, pero con la conciencia más aliviada.
El Papa, está siendo devorado por su propia imagen, por esa exposición y por todo los mecanismos que crean reflejos de humildad. Tal vez considere que debe jugar con los mismos resortes que manejan las mayorías para llegar a sus corazones; pero es un juego peligroso, la imagen y la sobreexposición terminan por encandilar y se pierde el sentido de la verdadera transformación espiritual.
Para ver con mayor claridad este concepto que a priori puede parecer chocante (referido a la figura del Papa), observemos lo que nos sucede con personajes cercanos y su manipulación desmedida de la imagen: Políticos y vedetongas, por poner sólo dos ejemplos; llega un momento que dejamos de prestarles atención: tanto la imagen como lo que les sucede y lo que dicen nos suena a repetido, falso, armado; no queremos oírlos porque por lo general ya hemos llegado a la conclusión que nos dejan siempre en el nivel de las apariencias.  Se habla del cambio para dejar todo como está.
Pero ustedes dirán: pero este Papa está haciendo cosas, cambios reales. Sí es verdad, pero sin embargo la sobreexposición pública es demasiado rimbombante. Su figura, su mensaje, la profundidad espiritual se vuelve común.
Pero si todos somos iguales en esencia, y los mensajes deben ser comunes para llegar a las masas, podemos decir. Sí, pero cuando el ser humano –en general– reduce todo a su misma condición, le pierde respeto. Porque –cuando no hay un verdadero despertar espiritual- necesita admirar lo inalcanzable.
Pensemos sino en alguien importante cercano cuando no tenemos llegada a él y cuando es nuestro vecino y participamos de su cotidianidad: por lo general pierde valor.
El Papa, habla y habla (Pensemos en nuestra Presidente o en los líderes de la oposición) y se muestra de manera indiscriminada, deja de tener peso esa palabra y esa imagen.
El trabajo espiritual, el que consiste en guiar y despertar las conciencias debe pasar inadvertido: así se multiplica. Cuando tratamos de esconder algo, todos quieren encontrarlo, poseerlo.
Siempre me llamó la atención algo tonto como es la apreciación que la generalidad tiene de dos árboles: El olmo y el paraíso. Son plaga –dicen, y los desestiman. La gente quiere especies más difíciles de cultivar; quiere lo que nos es masivo. Para mí son maravillosos porque son pródigos (pero ése soy yo, apartado de las mayorías y de las masificaciones, convencionalismos y todo tipo de ismos).
Vivimos en tiempos de fuertes cambios donde las apariencias se confunden con lo original.
La Iglesia como poder espiritual, debe hacer grandes cambios para sanear sus filas ávidas de poder material y de corrupciones por falta de autenticidad y discapacidad para asumir sus verdaderas identidades. La Iglesia ha sido a los largo de la historia una institución, ligada al poder político que más ha atentado contra la vida; aunque parezca un contrasentido (recordemos a modo de ejemplo la Inquisición). Este Papa parece tener capacidad para revertir esos  mecanismos perversos y reordenar ese caos institucional y sobre todo espiritual, porque si sus ministros fueran en verdad espirituales no podría darse ningún tipo de corrupción: es algo incompatible.
Me dirán que este Papa actúa así para obtener poder de la gente y con él producir los cambios necesarios dentro de la Iglesia; es posible que así sea; pero eso no quita que la sobreexposición de imagen y palabra sea al mismo tiempo la pala que cava la fosa.
En última instancia el Papa hace el trabajo de un sacerdote, se relaciona con la gente para darle paz y amor: no hace más que su trabajo.
Sucede que las cosas del vivir parecen haber perdido sentido y exaltamos como excepcional lo que debe ser la norma.
Tanto hemos caído en el circo de hacer de la vida un kiosco de trivialidades que cuando alguien, en el rubro que sea tiene coherencia, dignidad y sentido común creemos ver cosas extraordinarias.
Ya no vemos la imagen real, sino la refracción y perdemos de vista la originalidad; nos quedamos con los modelos a escala y con las imitaciones; con esa manera tan de la modernidad de hacer todo en serie; por eso cuando algo no encaja con esa masificación o nos reímos y los estigmatizamos por locos o nos volvemos penitentes cegados por la propia necesidad de valores y por la ausencia de identidad, singularidad y coherencia.
La gente en su conjunto siente que todo está fuera de cauce, que algo anda mal, que sufrimos una especie de locura por una forma de vivir poco saludable o porque ponemos la esperanza en líderes políticos o religiosos deseosos de que ellos solucionen de forma mágica lo que cada uno debe hacer por sí mismo y que de hacerlo redundaría en beneficio de todos sin necesidad de líderes, maestro, gurúes o caudillos.
Pero eso sería volver la mirada al interior, darle espacio a la conciencia, desactivar la mente identificada con el ego y vivir en armonía con el presente y en sintonía con la vida toda. En ese modo de vivir no entra el poder, ni la comparación, ni la envidia, ni el apego a las posesiones materiales, mentales o profesionales. Hacer esta revisión interior, generar este cambio sería un signo de evolución, de haber trascendido la materia para comprender el verdadero sentido de la vida.
Es más fácil esperar por las decisiones de un Papa (en este caso), que nos diga lo que ya sabemos que hay que hacer, pero no queremos, porque hacerlo significaría desactivar el andamiaje que nos da seguridad: el ego.
Por lo pronto, la figura del Papa, parece despertar pequeños destellos de luminosidad en las anquilosadas vidas rutinarias. Y por eso se festeja y es novedad su modo mediático de llegar a la masa desahuciada y doliente. Pero ¡cuidado! La exposición pública trae desgaste, cuando se vuelve figurita repetida y pasa la novedad y no se han hecho cambios radicales o no hay magia, la imagen pierde brillo, y los ojos que antes se iluminaban en la esperanza de que todo cambiara sin hacer esfuerzo, comienzan a buscar otra luz, otro gurú, otro líder. Así viene la humanidad rodando de entre santos y locos, fanáticos, fundamentalistas y criminales que, de pronto, parecen tener la suma de la verdad, cuando sabemos que la verdad es relativa. La humanidad es una, las divisiones son el resultado de las mentes egoicas que dividen para manipular. Y el ser humano que vive en la inconsciencia siempre quiere más.
El papa Francisco, es un ser humano que tiene un modo de hacer las cosas; las exposición mediática como todo en la vida, debe ser medida, sobria; más aún en un mundo globalizado y atiborrado de recursos tecnológicos que multiplican una imagen en millones pasando por la casera de compartirlas en facebook.
Compartir imágenes de bondad o tragedias no nos mejora; la única forma de evolucionar es tomar conciencia, volvernos hacia adentro, vivir el presente, aceptar lo “que es” para que a partir de verlo, podamos cambiarlo, si es que hay que hacerlo, pero siempre en presente; el futuro es una creación de la mente que se autoengaña para saltar el presente en busca de falsas promesas de realizaciones futuras que nos llenan de ansiedad, pero el futuro está hecho con el presente esto quiere decir: no esperemos que el futuro sea distinto de lo que somos y hacemos en el presente.

José Luis Thomas



jueves, 27 de marzo de 2014

Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, Cristina Mucci, José Luis Thomas


Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, José Luis Thomas, en el mítico Café Tortoni.










Enriqueta Muñiz, José Luis Thomas, en nuestro programa de Radio Nacional: Entre Nosotros literariamente hablando




Enriqueta Muñiz, Norberto García Yudé, en nuestro programa de Radio Nacional: Entre Nosotros literariamente hablando.















Enriqueta Muñiz, Cristina Mucci, Norberto Gracía Yudé, José Luis Thomas, en ocasión de recibir los cuatro el premio Gente de Letras.

sábado, 15 de febrero de 2014

Argentina conducida a una calle sin salida

Argentina conducida a una calle sin salida


Si no renovamos la conciencia, si no la despertamos de su letargo, si no comprendemos la importancia de un Contrato Moral entre los argentinos, la salida es equidistante, ilusoria, fatua. 


Por José Luis Thomas

Próximo a cumplir sesenta años, miro hacia atrás y descorro el velo del tiempo. Me ubico en mi país y trato de armar un mapa para guiar el derrotero hasta hoy. Argentina es ese espacio de tierra inmensa que se devora a sí misma. La tierra, me pregunto, el piso que me sostiene ¿está  separada del hombre que la habita? No, me respondo, somos un todo, me digo y vuelvo a preguntar: ¿entonces por qué la destruimos? Porque desde hace sesenta años, y no quiero sino referirme al periodo que abarca mi vida, mi experiencia directa, para no depender de las interpretaciones de otros, ni de documentos, ni  de nada que no sea mi propia capacidad para ver, sentir, comprender y juzgar lo que me ha tocado vivir -deslindado de la evolución personal, que ha sido buena a pesar de la marea en contra, constante y consecutiva propiciada por “una forma de ser argentina” que está representada por la clase política, que no hace otra cosa que dividir y destruir- para extraer un sentido a lo que pareciera no tenerlo.
Es injustificable la naturaleza egoica de quienes detentan el poder, antes y ahora (con la excepción de Arturo Umberto Illia y de Raúl Alfonsín).
Desde otras filas han guiado al pueblo a la división, a la incentivación del odio y a la exacerbación de una clase contra la otra.
Los que han trabajado por la “justicia social” lo han hecho desde el odio y el resentimiento, por lo tanto, en lugar de reordenar la naturaleza emocional que induce al grueso de la población a expresarse por medio de palabras y acciones siempre teniendo un culpable “externo” a sí mismo. Siempre “el otro” es el responsable de su desgracia.
Se ha tratado a lo largo de décadas de marcar el ganado con sentimientos tales como:
Los ricos son malos – Los pobres son buenos.
Jamás trataron de hacer reflexionar sobre el absurdo de esos conceptos.
El ser humano es una energía en permanente cambio, tener dinero o no tenerlo,  es una circunstancia que puede vivirse en medio de la inconsciencia más profunda.  El dinero no es ni bueno ni malo. Como la vida está en permanente cambio, hay veces (infinitos casos) en que alguien con dinero deja de tenerlo y alguien sin dinero pasa a tenerlo. Allí se puede ver la naturaleza verdadera del ser y puede ser que “el rico, ahora pobre, sea un buen ser humano y que el pobre, ahora rico, sea una basura”.
Es como ensalzar al que muere aunque haya sido una mala persona; la muerte no nos hace mejores. Sólo es muerte, final del ego.
Siempre, en todo el proceder humano inconsciente hay hipocresía, temor, falsedad.
Los gobernantes, que salen del pueblo, de hecho, eventualmente son nuestros conocidos, parientes o vecinos, llevan la marca en el orillo.
Tienen ideales fatuos, separatistas, mediocres, egoístas, avaros de poder, de status, no sacrifican su espacio de poder en función de la totalidad del pueblo. Se relativizan a las filas de su partido y desconocen a las otras partes que conforman el todo.
Así, no puede haber crecimiento. Así no se puede avanzar, siempre se arrastran cadáveres.
Desde hace sesenta años no veo que se junten todos los políticos para “diagramar el país para todos” es decir creando políticas de Estado, que se mantengan, independiente de los gobernantes que puedan sucederse en el cargo.
Eso sería generosidad, altruismo, pensar en la Patria.
Por eso no son creíbles.
Por eso son despreciables.
Por eso son semillas malas que siempre están reproduciendo frutos de peor  calidad.
Desde hace años, son los mismos,  a los que suman las crías, sí las crías, porque hijos es otra cosa.
Desde hace años nos llevan a enfrentamientos inútiles; nos imponen arbitrariedades, contradicciones, fórmulas vacías de contenido, improvisaciones, desconocimiento, ignorancia.
Sus discursos van por un lado y sus acciones por otro. Salvo las excepciones mencionadas y algunas otras de la actualidad (Elisa Carrió) se enriquecen vilmente a costa del pueblo.
Se vacía al Estado; se entrega el país, gobierno tras gobierno, se lo reduce y desarticula. Los frutos de la tierra son malversados; el trabajo de los hombres ninguneado.
Desde hace sesenta años, espero coherencia, consolidación del bien común, desarrollo sustentable, educación como único medio de evolución, ¿y qué sigo viendo? Hambre, pobreza –en un país inmenso y rico- anomia, involución, inseguridad en todo sentido, destrucción de la cultura del trabajo, fraudes, corrupción, impunidad, coptación de la justicia, destrucción del Poder Judicial; la inmoralidad de los que gobiernan (salvo excepciones, pero con estas no refundamos la Patria –donde sea, pueblitos, provincia o nación- es de tal magnitud, que junto con los años me crece una desolación amarga. No por mí –yo José Luis– sino por mis congéneres, mis compatriotas, a quienes “les han robado las vidas”. A mí no han podido robármela porque no tengo una vida, soy la vida.
Tengo la fortuna de tener conciencia y estar alerta. Pero quienes viven en la inconsciencia y sufren en seco el embate de desinteligencia política de Argentina, tienen  justificado su pánico, sus miedos.
A mis casi sesenta años sé que si la conducta moral de los argentinos no toca fondo y cambia por generación espontánea, no hay salida.  Como dije antes,  las crías crecen y ponen huevos, por lo tanto es más de lo mismo, refritado.
¿Qué nos haría tocar fondo a los Argentinos?
El dolor, en aquellas cosas que a los argentinos nos afectan, hasta que no demos más. Porque cuando las tragedias son en Buenos Aires, el interior del país lo vive como algo de “los porteños” y cuando pasa en otra provincia, nunca se lo siente como propio (aunque haya cadenas solidarias).
Solidaridad no es salir corriendo sólo cuando sucede una catástrofe, solidaridad es una acción continua y conjunta de unión a favor de todos y cada uno de los habitantes.
La tragedia tiene que suceder al mismo tiempo en todos los ámbitos sin distingos de clases sociales, credos, políticas o lo que sea que crea una separación de hecho o de concepto.
¿Es duro? ¿Estoy loco? Puede ser. Siempre soy muy personal. No sigo modas ni conveniencias.
¿Que no tengo esperanza? ¿Que no soy optimista? No creo en la esperanza como un modo de permanecer en la indolencia, esperando que algo o alguien haga algo, que sucedan milagros.
El optimismo deviene de la conciencia despierta, pero si la mayoría está dormida, inconsciente y tratando de pasar el momento lo mejor posible, el optimismo en sí mismo no tiene sentido, sólo conduce a espejismos y a retardar el momento del despertar, que es personal.
Así como el individuo evoluciona cuando sufre y toca fondo;  cuando ya no puede sufrir más, acepta la derrota y cambia; así en lo micro como en lo macro. ¿Ven la relación individuo-país?
Por eso no veo salidas, aún hay una gran mayoría en la inconsciencia, en el egoísmo, inmersos en sus propias miserias que no ven y maquillan en la ilusión de “estar en otra realidad”,  lo mismo que proyectar ideales a futuro que no hacen más que alargar la agonía, aunque esté maquillada.
Hasta que cada individuo no sea consciente de sí y en esa conciencia integre al otro como parte de la vida que está viviendo, hasta que no acepte la realidad y deje de esperar  por utopías absurdas porque no quiere sufrir, seguirá sufriendo y el país estará a merced de todos los delincuentes posibles, en el llano y en las altas esferas.
Sesenta años, un privilegio, apenas una parte de la vida argentina en una película que se repìte ad infinitum. Sé que la vida es en presente, que sólo se puede cambiar ahora, no mañana; tomar conciencia, estar alerta y cambiar, podría evitarnos tener que pasar por largas tragedias, pero no sé si la gente que vive en la inconsciencia está dispuesta a cambiar, justamente porque no está alerta, no ve, se proyecta en un ideal, en una esperanza, en todo lo que no está en el presente.

José Luis Thomas


jueves, 2 de enero de 2014

Estar alerta


Estar alerta

Aceptar lo que es. Vivir el presente como si lo hubiéramos elegido.

Por José Luis Thomas

¿De qué podemos hablar cuando tenemos que ser cuidadosos en lo que decimos?
¿Por qué tenemos que cuidarnos?
¿Estamos paranoicos?
¿Lo que sucede es real o es ficción?
¿Nos funcionan los sensores para darnos cuenta de las diferencias?
El otro: ¿es nuestro enemigo?
¿Es posible que la realidad se haya dividido en varias partes?
¿Es la división irreconciliable?
¿La realidad de cada uno es tan única que no admite la convivencia con las realidades ajenas?
¿Se puede vivir con tantas realidades sin que se quiebre la mente?
¿Por qué sucede esto, si es que sucede?
¿Hasta qué punto hemos perdido el sentido de unidad, de sentir que somos congéneres, compatriotas, que venimos del mismo pasado, que nacimos en la misma tierra?
No quiero hacer una reflexión política, intento una introspección gnoseológica. Busco hablarnos a nosotros, los argentinos.
No pretendo un análisis ideológico partidario.
El ser humano es anterior a sus definiciones políticas. La vida se construye en el cuerpo y la sangre sobre la base de una identidad de conciencia; es decir, de un vigía que precede a la mente que piensa y que elige y se identifica con palabras, conceptos, credos, culturas. Todos estos ítems forman parte del “yo”, del ego, de lo que muere.
Intento hablarle al testigo, a la esencia que nos define, a la naturaleza viva, que no es otra cosa que la vida misma. Somos la vida.
Mi propio yo tiene tiempos en los que se le escabulle a la conciencia y toma partido por “lo que sea” que se le ocurre coherente son su sistema de ideas y creencias y me lleva a enfrentamientos con esa multiplicidad de ideales y sistemas de creencias de los otros.
Pero no hay otros, somos uno.
Cuando regreso a casa, cuando vuelvo al centro, veo la realidad: una multiplicidad de egos asidos a su verdad, perdidos en la parcialidad, ahogados por  las diferencias, sumidos en la inconsciencia, es decir en la creencia vana de considerar su “yo”, su “ego”, separado del resto, huérfanos en una tierra extraña.
Eso es lo que nos agazapa detrás de nuestras identidades relativas y perennes y que siembra en el ambiente una energía contaminada, cargada de egoísmos, miserias, dolor, enfrentamientos, injusticias indiferenciadas, vaciamiento de toda identidad humana, de toda esencia sustentada en el amor y la comprensión.
Transcurre solapado, un vuelo de cuchillos invisibles que nos está deshaciendo, no la carne, el alma. Arrasa con todo lo objetivo que pueda surgir de un consenso racional, equilibrado, devenido del pasado e imbricado en la realidad actual, e instaura una psicótica plataforma desde la que despegan las más inverosímiles certezas basadas sólo en el pasajero criterio de un individuo que desconoce el conjunto de sabidurías que se fueron amasando con el correr de los tiempos y que nos dan un punto de partida cierto: hablo de los aprendizajes humanos en el área que sea.
En esta parafernalia de egos desatados, se desconoce el valor de la educación, la formación académica, la experiencia real surgida de la práctica en el tiempo de tareas u oficios, y se instaura el reino de la “improvisación” y del “todo vale”, indiscriminadamente.
¿Será éste el resultado de la superpoblación?
¿Tendrá que ver con el sentido altamente materialista del vivir sujeto a consumo y vaciamiento de todo sentido de calidad, en pos de una trivialización de las relaciones, como consecuencia del hastío que producen los destellos de la materia que se vuelve insatisfactoria, porque la matriz interna de los sujetos ha perdido la conciencia primigenia?
¿Es el producto de los deseos desmedidos, que como un mono suelto salta de un brillo a otro y nunca encuentra el contento?
¿Estaremos bajo el influjo de la ceguera intuitiva?
¿Serán éstos egos actuales, seres que no se ven a sí mismos y que por ende no sienten la igualdad esencial, la llama humana que nos consume?
Es fundamental reconocer y aislar a la naturaleza relativa, circunstancial y pasajera de todas y cada una de las figuraciones de la realidad y del ego. Nada de todo lo que creemos poseer –aún las ideas– nos pertenecen. Son espejismos que nos encandilan un momento y nos dan la ilusión de ser poseedores eternos. Todo lo que surge de la mente, del pensamiento, de las ideas, de la materia cambia y muere. Nada permanece. Nada.
Lo único que trasciende es la conciencia presente, desprendida de todo el flujo sensorial. Estar alerta nos permite darle lugar a la presencia que nos guía en medio de las tinieblas materiales que ensombrecen el camino y nos hacen creer poseedores de algo que en definitiva es sólo humo. Pero que sin embargo en nombre de esas miserables posesiones –aún cuando sean fortunas– nos enfrentamos, nos dividimos y por sobre todas las cosas no creamos infelicidad.
No es cuestión de estar en contra de algo –porque no hay nada fuera de nosotros– se trata, más bien de activar la presencia interna, la conciencia despierta que nos liberará de todas las trampas de la mente, de todos los espejismos y de cualquier posible engaño surgido del mundo sensorio, y del despliegue incesante de los pensamientos que nos construyen una identidad a la que nos aferramos porque creemos que es lo que somos y que cuando la vemos flaquear nos unimos a otros que creen hacer sonar la misma música y nos volvemos intolerantes, vacíos de conciencia unitiva, caemos en la deshumanización en la vanidosa idea de creer que nuestros ideales, nuestros puntos de vista son los mejores, los únicos, los salvadores.
La salvación está en cada uno, en su despertar alerta a la conciencia como la presencia universal que nos conecta a la vida.
Por esto y mucho más, ¡relájese! esté atento a lo que sucede, sin dudas es lo que tienen que suceder, no se resista, acéptelo como si lo hubiera elegido. Viva el presente en sintonía con su conciencia -esa presencia- que es la vida en usted y en cada ser que habita la tierra.

José Luis Thomas

Mabel Pagano


Mabel Pagano

La palabra viva de la exitosa escritora cuya vocación es pasión de vivir.

En una larga entrevista con Notiserrano a raíz de su última novela histórica: Elisa Lynch, una irlandesa en el Paraguay.


Tuvimos el placer de reencontrar en Córdoba, a una querida y gran escritora, amiga desde hace muchos años, cuando teníamos nuestro sello El Francotirador Ediciones en Buenos Aires: Mabel Pagano. Escritora con todas las letras, entregada a su oficio con pasión, amor, coherencia, entusiasmo y continuidad sin descanso. Siempre dispuesta a lograr sus objetivos ¡y vaya si los ha logrado! ¡con creces! ¡con éxito! ¡con reconocimiento popular, de tantos lectores que la siguen a través de los tantísimos libros que ha publicado. Mabel Pagano afanada en su tarea, recorre el país y se acerca a la gente, comparte con sus pares y disfruta de la gracia de la palabra que fluye de todo su ser. A nosotros nos llena el alma de alegría y amor porque conocemos el fuego de su ser creador y quisimos compartirlo con todos los lectores de Notiserrano, en una ida y vuelta de preguntas y respuestas que iluminan el sendero del escritor y de tantos que se inician. Coincidimos en todo con su pensamiento y su juicio crítico, porque sabemos que no es producto de modas ni de oportunismos, sino que surge de convicciones certeras que se forjaron al calor del trabajo y la experiencia y que Mabel con toda generosidad expresa en este reportaje.
N -¿Por qué escribir y no otra forma de expresión?
MP -Hace muchos años intenté otra forma de expresión, la pintura, pero al fin se impuso LA PALABRA.
N -¿Cómo aparece en vos esta vocación, qué anécdota recordás y cuándo?
MP -Fui muy lectora desde chica y comencé a escribir a los dieciséis, poemas por amores no correspondidos. Lo habitual a esa edad. Cuando empecé a escribir cuentos, alrededor de los veintidós, tiré todos los poemas, que eran horribles y NUNCA MÁS poesía. No soy apta para ese género.
N -¿Cómo comenzaste a desarrollarla?
MP -Leyendo, escribiendo. Después hice algunos cursos con Martha Lynch e Isidoro Blaisten, pero luego volví al principio, leyendo, escribiendo. Y a partir de los veinticinco años, empecé a concursar. Concurso que había, concurso que yo participaba. Así gané cien premios literarios, pero entré en quinientos concursos, más o menos. Así que no hay que exagerar. Gané un veinte por ciento y perdí un ochenta.
N -¿Cómo congeniaste la Mabel que trabajaba, la esposa, la madre, la hija? Y si no escribías ¿qué te pasaba?
MP -Mientras permanecí soltera, todo bien, pero claro, al casarme tuve que asumir otras funciones. Ya no podía a recurrir a “Mamita”. Y cuando nacieron las mellizas se complicó todo más aún. Por suerte, mi mamá daba una mano y tenía una señora que se ocupaba de las chicas y de la casa, mientras yo cumplía funciones de secretaria en empresas privadas desde las nueve de la mañana a las cinco de la tarde. Llegaba de regreso a las seis y cambiaba de rol. Cuando todos dormían, otra vez el cambio y a escribir. Igual, ahora que ha pasado ya el tiempo, debo confesar que también “robaba” espacios durante mis horas laborales. En cualquier momento libre, escribía. Entre mis papeles de trabajo siempre había hojas sueltas de mis cuentos y novelas. Fueron años de un enorme esfuerzo, pero no puedo quejarme. Los resultados borraron los sacrificios.
Con respecto a la pregunta sobre qué pasaba si no escribía, no tengo respuesta. Yo siempre escribí.
N -¿Como te ubicás: entre la pasión, el deseo, la necesidad, el juego, la mascarilla detrás de la cual Mabel es muchas otras?
MP -Yo descreo de que escribir sea un oficio. Respeto esa opinión pero no la comparto. Escribir es una vocación y en ella yo me ubico experimentando todo eso que vos decís, pasión, deseo, necesidad, jugar, apostar, también arriesgar. Me muevo en ese ámbito con calma y seguridad, lo mismo que cuando debo cambiar el rol, ir de compras, saludar a los vecinos y enterarme de las nuevas del barrio, compartir tiempo con personas amigas que no escriben y hablar con ellas de otras cosas, cocinar rico para la familia. O sea, tengo una “gran cintura” no política, por suerte, pero sí a nivel de vida y experiencias. La parte “débil” de mi vida, las amarguras, las necesidades insatisfechas, los sueños que no se cumplieron, las angustias y la soledad que progresivamente va ganando mis días, pues la canalizo en la convivencia con mis “bichos”, escribiendo y leyendo ¿de qué otra manera sino?
N -¿Cual es tu frecuencia de trabajo?
MP -Cuando trabajaba con relación de dependencia, ya te dije, en ratos libres de la oficina y a la noche, algo tarde pero no  tanto porque había que levantarse a las seis de la mañana. Ahora que soy libre, escribo un rato a la mañana y otro rato a la tarde, aunque no compulsivamente ni por obligación. Si tengo ganas me siento frente a la compu, sino, queda para mañana..
N -¿Qué dispara tu imaginación?
MP -Leer y escuchar a la gente.
N -¿Qué personajes son irresistibles?
MP -Los que no hayan olvidado esos valores que hoy parecen en desuso: lealtad, heroísmo, solidaridad, firmeza en los ideales, saber amar, saber esperar, aprender a resignarse.
N -¿Imaginación pura y recreación o ambas conjugadas?
MP -Ambas conjugadas.
N -¿Cómo encaja la fantasía en tu literatura?
MP -Tiene su lugar. Yo escribo novelas históricas bien documentadas, basadas en una sólida investigación, pero hay cosas que debo imaginarlas, necesariamente, por ejemplo, determinados situaciones íntimas de las que, por supuesto, no hay registro. Por suerte, no soy ensayista porque en ese género la imaginación no cabe y requiere una disciplina de la que carezco..
N -¿Cual ha sido tu derrotero creativo a lo largo del tiempo?
MP -Como dije, empecé escribiendo poesías, hoy inhallables (por suerte), después pasé al cuento y finalmente a la novela. He escrito algunos cuentos entre un libro y otro, pero creo que es en el género novelístico donde me siento más cómoda.
N -¿En qué momento aparece en vos la historia?
MP -Amo profundamente a mi país y desde el principio he escrito sobre su devenir político, social e histórico. Sin embargo, lo netamente relacionado con la historia comienza con la biografía novelada “Eterna”, sobre la vida de Eva Perón. Ahí conozco a quien fuera su confesor, el jesuita cordobés Hernán Benítez, quien me “presenta” a Lorenza Reynafé y luego a Luisa Martel de los Ríos. Esas son mis primeras novelas sobre mujeres cordobesas. Habría otras después, Clara Oliva, Mimí Lozada de Solla (la fundadora del Museo de Alta Gracia) y Clara Oliva. Hay, sin embargo, dos excepciones en mi historial con respecto a la nacionalidad de mis heroínas, Manuela Sáenz, la ecuatoriana amante de Simón Bolívar y Elisa Lynch, la irlandesa que siguió a Francisco Solano López al Paraguay y allí se afincó hasta que, terminada la Guerra de la Triple Alianza, cuando se vio obligada a volver a Europa.
N -¿Cómo manejás los datos históricos y de qué manera recreás el ambiente para insertarlos?
MP -Tengo una fuerte lucha conmigo misma para no usar TODOS los datos que reuno, porque lo último que quiere un escritor es abrumar a sus lectores. Creo que con el tiempo y el ejercicio, voy logrando insertarlos de la manera más ligera posible, aunque no siempre, debo confesar. En algunos de mis libros introduje el género epistolar porque de esa manera pongo en las cartas los datos complementarios que no están en el texto común y con ese recurso se logra evitar la densidad de la información, ya que en vez de “amontonarse” se diversifica.
N -Desde el momento en que tomás conocimiento del personaje hasta que comenzás a escribir ¿qué pasos cumplís y cuánto tiempo tardás?
MP -Me lleva su tiempo reunir la información. No he logrado acortar plazos ni con Internet porque desconfío de algunas de las cosas que aparecen en esas páginas. Así que, si  bien las consulto, después las tengo que verificar, de modo que no gano mucho. Mi fuente principal son los libros y los números de “Todo es Historia”, la valiosa revista fundada por don Félix Luna, donde algunos autores se han ocupado del tema elegido, en distintas notas. En general, completar la información me lleva aproximadamente un año. Después, el escribir la novela otro año, seis meses para contar la historia y otros seis para revisarla.
N -¿Cual de todos tus libros elegís por sobre los demás? ¿Por qué?
MP -Considero a los libros como mis hijos espirituales. Y una madre no debe, jamás, mostrar diferencias entre uno y otro. Cada uno me gusta por distintas razones, pero no hago diferencias entre ellos.
N -¿Qué personaje es el más acabado?
MP -Hay personajes más fuertes que otros, sin duda, Martina Chapanay es uno de ellos, pero otros, como el de Clara Oliva, que parece más silencioso, más difuso, si se lo analiza, al fin también resulta tener perfiles de heroína, si bien en un terreno diferente al de las armas: el de la persistencia en el sentimiento..
N -¿Te identificás con alguna de tus heroínas?
MP -Y… algo de uno, del autor, siempre va a parar a sus personajes. Algo de mí está en cada una de esas mujeres.
N -¿Cómo han sido tus días afanada en la tarea de escribir?
MP -Muy activos, ocupada, pensando, leyendo, haciéndome un lugar entre una obligación y otra para cumplir con todos los “deberes”.
N -¿Qué quedó en el camino?
MP -Afortunadamente, creo que nada quedó en el camino. Jamás he contestado a una amiga que me llamó por teléfono: “perdóname, no te puedo atender, estoy escribiendo”. Yo siempre he atendido mis afectos. Es así como he logrado conservarlos. Tengo dos hijas a las que considero haber formado bien, una es Licenciada en Letras y la otra en Historia, sin que yo haya influido en eso. Eligieron solitas sus carreras. Pero no hubo noches en su primera infancia en que se hayan dormido sin que les leyera un cuento. Tomé mate con mi madre hasta que ella partió, siempre tuve mis ratos para ella y, repito, también para mi gente amiga. Escritores o no. Y atendí mi vocación. Con esfuerzo, conseguí que no fuera necesario abandonar nada por ella. Sacando las cosas que la muerte, lo inevitable, me ha arrebatado, tengo “el elenco completo”. Aunque, pensándolo bien, tal vez si hay algo que quedó en el camino: la consagración. Me faltó tiempo para concurrir a presentaciones, a actos, a reuniones que, quizás, hubiesen contribuido a que hoy fuera una escritora más conocida. Pero no me arrepiento. Tampoco se puede tener TODO en la vida.
N -¿Qué has aprendido como lección de vida dentro del camino de las letras?
MP -Primero a no “creérmela”.  No me sentí escritora sino hasta bastante después de haber comenzado a publicar mis libros. Creo que el don de poder escribir me fue concedido por Dios, así que no lo considero una virtud personal. Aprendí a manejar el “yo” gracias a esta idea. Y así como no me envanecen los halagos recibidos, no me han deprimido las fuertes críticas que también llegaron. Me encanta recibir “SI”, pero aprendí a sobrellevar los “NO”.
N -¿Qué te ha dado Córdoba?
MP -Córdoba me dio mi lugar de escritora. La tranquilidad de tener un editor que me “banca” y me publica un libro por año, Ediciones del Boulevard. Y también el haberme abierto otras puertas, El Emporio Libros me editó una novela con la que gané un premio en San Luis y Editorial Comunicarte me publicó un libro de cuentos para chicos. También me dio un lugar en lo que hace a las invitaciones que recibo, de la Feria del Libro de la Ciudad de Córdoba, de la de Hernando, de la de La Granja. Y el respeto y la consideración de gente como Rony Vargas, que siempre me recibe en su programa con un afecto que agradezco desde el fondo de mi alma. ¿Para qué hablar de los amigos? Cristina Bajo, que me abre las puertas de su casa y me da “albergue” cuando estoy allá, sus amigas que ahora también son las mías, sus alumnas que me leen y amigos de otros puntos de la provincia, como los de Alta Gracia, por ejemplo, entre los que los cuento a ustedes. La nuestra es una amistad que nació en Buenos Aires y ahora se trasplantó a Córdoba, con éxito.
N -¿Qué importancia han tenido los premios en tu carrera? ¿Cuántos tenés?
MP -Lo de los premios lo contesté más arriba. Puedo mencionar aquí los más importantes: Emecé, Fundación Fortabat, El Cid Editor, Gobierno de la Provincia de San Luis, Intendencia de la Ciudad de Córdoba, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes.
N -¿Han influenciado  en algo tus elecciones?
MP -Siempre ayuda ganar premios, pero no es lo fundamental. Da alegría, satisfacción, pero siempre hay que seguir peleando.
N -¿Cuántos libros has escrito?
MP -Cuarenta y dos.
N -¿Cuántos has publicado?
MP -Treinta y nueve.
N -¿Qué género considerás comercial?
MP -A la luz de la realidad, el género más comercial es la novela. No coincido con eso que dicen las editoriales  que “el cuento no se vende”. En la Argentina hay excelentes cuentistas. En los sesenta y setenta, escritores del nivel de Abelardo Castillo, para mí el más grande, Marta Lynch, y luego Isidoro Blaisten, entre otros, eran verdaderas “estrellas” con sus libros de cuentos. No sé por qué ha cambiado eso, pero con  seguridad que no es por los escritores, que sigue habiendo excelentes cultores del género ni por los lectores. Hay un montón de gente que ama leer cuentos.
N -¿Qué anécdotas te acordás con respecto a tus lectores?
MP -Hay algunas muy simpáticas que se enfocan hacia el mismo lado. Personas que se acercan y le dan una interpretación a determinado pasaje del cuento o la novela, que a mí ni se me había ocurrido. Eso es lo mágico de escribir y “soltar” los textos. Cada lector ve en ellos algo distinto con lo que se identifica, que lo conmueve especialmente y a lo que le da la interpretación que su sensibilidad le dicta.
N -¿Cómo ves la literatura actual?
MP -Yo leo muchos argentinos y, además, como me nombran jurado de distintos concursos, especialmente el del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por mi condición de premiada, tengo ocasión de frecuentar a conocidos y desconocidos. Hay entre ellos GENTE QUE ESCRIBE y hay ESCRITORES. Por desgracia, muchos de estos últimos, que serían merecedores de premios y reconocimiento, a veces quedan en el camino. Y sacando los concursos, que ya es un tema difícil por la cantidad de participantes, quedan las editoriales, arduo peñón para abordar. No reciben originales y, generalmente, se limitan a editar los libros que consideran un éxito por anticipado, los que les aseguran buenas ventas. Y… son empresas, pero hay mucha crueldad para los escritores que buscan un medio para dar a conocer sus escritos. Resta la posibilidad de pagarse las ediciones, cosa que a veces se les hace difícil también porque las buenas, las que editan con calidad, a veces no son accesibles. Resumiendo, un pano-rama duro.
Todo esto hace que si bien hay gente talentosa cu-yos libros podemos disfrutar, hay muchos otros que no trascienden y cuyas obras nos perdemos. Tal estado de cosas hace que no haya puntos relevantes en la literatura actual, un nivel alto y parejo. Y sí, en cambio, mucha “hojarasca”.
N -¿Cuales son tus referentes?
MP -Amo a Haroldo Conti, lo releo a menudo. Sigo conmoviéndome con sus libros, con lo que logra hacer trascender de ellos. Un enorme escritor. Y, ya lo dije, de los vivos, Abelardo Castillo me parece un MAESTRO, al que, considero, todavía se le debe el homenaje y la consideración que merece.
N -Hay mucha gente que escribe ¿Está bien que así sea?
MP -Repito, hay gente que escribe, bien y mal y hay ESCRITORES. Está bien que el que quiera escribir se exprese. Lo que ya no está tan bien es que “se la crean”. En ocasiones he visto a autores que tienen UN LIBRO y ya se consideran como tales. El tiempo, por suerte, se encarga de poner las cosas en su lugar.
N -¿Qué consejo podés darle a los que se inician?
MP -Que se ocupen de algo que no les ocasione tantas penas. No, ahora en serio, si la vocación está, no es posible acallarla porque eso se transforma en una tremenda frustración. Si hay pasión por escribir, pues hay que vivir esa pasión. Lo que hay que controlar es el EGO, trabajar, concursar, tener autocrítica y pelear siempre, con las armas limpias de la honestidad y la lealtad hacia uno mismo, para lograr ser publicado. Escribir no es lo más difícil, lo arduo viene después del punto final, cuando uno se pregunta ‘bueno y ahora qué?
También les aconsejaría que escriban lo que sienten, aquello que los apasiona y no se anoten en las “modas”. ¿Está de moda la novela histórica? Escribimos novela histórica. ¿Está de moda la novela romántica? Escribimos novela romántica. ¿Está de moda el género policial? Bueno, hagamos algo policial. Mirá, te cuento algo que me parece interesante sobre esto de las tendencias. Hace aproximadamente quince años, una editorial importantísima de Buenos Aires, una de las dos más grandes, convocó a un grupo de escritoras para que “pusieran manos a la obra” y escribieran novelas históricas, que era lo que más se estaba vendiendo en ese momento. Lo hicieron. Conocí bien sus obras porque fui invitada a coordinar dos mesas que tuvo a ocho escritoras como protagonistas, cuatro una semana y cuatro la otra semana, así que leí sus libros para poder armar debate con los asistentes. Algunas de las novelas eran buenas otras no. Se les notaba el “oportunismo”. De ese grupo, te diría que han sobrevivido tres autoras, cuya calidad se vio en libros posteriores. Las otras quedaron por el camino. En ese tiempo, María Rosa Lojo, gran amiga y gran escritora, me había expresado con cierta preocupación: “Van a bastardear el género”. Nosotras, aclaro, ya hacía veinte años que escribíamos novelas históricas. Me acuerdo que le dije: No te preocupes. Esto, como lo decía el anillo de aquel rey “también pasará”. Y así fue. Lo que perdura es la calidad. Los buenos libros, sean del género que sean, se siguen reeditando, leyendo y, por lo tanto, vendiéndose, más allá del tiempo. Los otros se olvidan pronto. Así que repito, el consejo es que quien tenga el don de escribir, escriba sobre lo que sus sentimientos le marcan sin agregarse a corrientes que, si no responden a su ser interior, lo harán naufragar muy rápido. Y siempre, siempre, hay que tratar de que el libro siguiente sea mejor que el anterior. Investigar, leer, corregir, corregir, corregir, seguir aprendiendo, perfeccionándose, es lo que hará que la obra perdure.
N -¿Qué te gustaría decir de tu última novela?
MP -“Elisa Lynch, una irlandesa en el Paraguay” es una novela dura, tal vez la más fuerte que he escrito, porque la Guerra Grande, que está como telón de fondo, fue de una crueldad extrema y no había forma de evitar ciertos sucesos que en su transcurso tuvieron lugar. El amor de Francisco Solano López y Elisa Lynch emerge de ese escenario de desastre como una luz, si bien la contienda persiste en la memoria americana como una tragedia para la que todavía no hay explicación.

Thomas-Yudé



lunes, 1 de julio de 2013

Derechos Humanos ¿Y qué pasa con las obligaciones? Analicemos más allá del relato . Nota publicada en Notiserrano 128



Derechos Humanos 

¿Y qué pasa 

con las obligaciones?

Analicemos más allá del relato

Por José Luis Thomas

Los Derechos Humanos han sido clasificados de diversas maneras, de acuerdo con su naturaleza, origen, contenido y por la materia que refiere. La denominada Tres Generaciones es de carácter histórico y considera cronológicamente su aparición o reconocimiento por parte del orden jurídico normativo de cada país.

Primera generación
Se refiere a los derechos civiles y políticos, también denominados “libertades clásicas”. Fueron los primeros que exigió y formuló el pueblo en la Asamblea Nacional durante la Revolución francesa. Este primer grupo lo constituyen los reclamos que motivaron los principales movimientos revolucionarios en diversas partes del mundo a finales del siglo XVIII.

Como resultado de esas luchas, esas exigencias fueron consagradas como auténticos derechos y difundidos internacionalmente, entre los cuales figuran:
Toda persona tiene derechos y libertades fundamentales sin distinción de raza, color, idioma, posición social o económica.
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad jurídica.
Los hombres y las mujeres poseen iguales derechos.

Nadie estará sometido a esclavitud o servidumbre.
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes, ni se le podrá ocasionar daño físico, psíquico o moral.
Nadie puede ser molestado arbitrariamente en su vida privada, familiar, domicilio o correspondencia, ni sufrir ataques a su honra o reputación.
Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia.
Toda persona tiene derecho a una nacionalidad.
En caso de persecución política, toda persona tiene derecho a buscar asilo y a disfrutar de él, en cualquier país.
Los hombres y las mujeres tienen derecho a casarse y a decidir el número de hijos que desean.
Todo individuo tiene derecho a la libertad de pensamiento y de religión.
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión de ideas.
Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacífica.
Segunda generación
La constituyen los derechos económicos, sociales y culturales, debido a los cuales, el Estado de Derecho pasa a una etapa superior, es decir, a un Estado Social de Derecho.
De ahí el surgimiento del constitucionalismo social que enfrenta la exigencia de que los derechos sociales y económicos, descritos en las normas constitucionales, sean realmente accesibles y disfrutables. Se demanda un Estado de Bienestar que implemente acciones, programas y estrategias, a fin de lograr que las personas los gocen de manera efectiva, y son:
Toda persona tiene derecho a la seguridad social y a obtener la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales.
Toda persona tiene derecho al trabajo en condiciones equitativas y satisfactorias.
Toda persona tiene derecho a formar sindicatos para la defensa de sus intereses.
Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure a ella y a su familia la salud, alimentación, vestido, vivienda, asistencia médica y los servicios sociales necesarios.
Toda persona tiene derecho a la salud física y mental.
Durante la maternidad y la infancia toda persona tiene derecho a cuidados y asistencia especiales.
Toda persona tiene derecho a la educación en sus diversas modalidades.
La educación primaria y secundaria es obligatoria y gratuita.
Tercera generación
Este grupo fue promovido a partir de la década de los setenta para incentivar el progreso social y elevar el nivel de vida de todos los pueblos, en un marco de respeto y colaboración mutua entre las distintas naciones de la comunidad internacional. Entre otros, destacan los relacionados con:
La autodeterminación.
La independencia económica y política.
La identidad nacional y cultural.
La paz.
La coexistencia pacífica.
El entendimiento y confianza.
La cooperación internacional y regional.
La justicia internacional.
El uso de los avances de las ciencias y la tecnología.
La solución de los problemas alimenticios, demográficos, educativos y ecológicos.
El medio ambiente.
El patrimonio común de la humanidad.
El desarrollo que permita una vida digna.

Hasta aquí todo parece claro, y muy beneficioso para los seres humanos y su relación con el medio que hace a la sociedad. ¿Se cumplen? y..... en una escala llena de matices. ¿Se utilizan sus fundamentos para la manipulación desde lo político y entre las personas en el llano? Todo el tiempo y cada vez más.
Ahora bien, quién más quién menos, sabe algo de Derechos Humanos, pero entre saber, aplicar y discriminar lo propio de lo ajeno, se produce un abismo, un interminable abismo en los que intervienen múltiples interpretaciones y formas de aplicar esas normas. Cuando el conflicto es mayor, la gente recurre a la Justicia buscando dirimir las diferencias.
Pero hablar de Derechos, presupone hablar de Obligaciones y Responsabilidades, algo que no tiene muchos predicantes, es decir, la gente no repara demasiado en estos dos últimos aspectos. Es que la Obligación es el límite que delimita al Derecho. Puede ser Obligación legal o moral. Las legales pueden o no cumplirse, pero las morales son más amplias, con bordes desdibujados y sujetas a interpretaciones más emocionales.  Y la Responsabilidad sintoniza al ser persona,  a su equilibrio, respaldando su acción que ha de recaer sobre otro. Todo el tema en sí cae en una suerte de objetividad subjetiva, que muy pocas veces es incuestionable.
Presento el tema en lo general y no intentaré explicarlo desde el punto de vista de un legalista porque no es mi área, si bien puedo comprenderlo, mi intención es analizar la expresión “Yo tengo derechos”, que en los últimos tiempos es parte del lenguaje cotidiano y que se esgrime en forma indiscriminada, no sólo en el trato corriente, sino que es parte del lenguaje de personajes que circunstancialmente aparecen por televisión. Lo que nunca escucho es “Tengo obligaciones” a lo sumo escuchamos “pago mis impuestos” reduciendo todo a lo más fácil: pago, tengo derechos, lo que no sugiere la aceptación de la obligación o responsabilidad. Lo que se paga con dinero puede estar deslindado de la naturaleza moral o humanitaria del hecho. Sabemos que el dinero compra voluntades, prebendas, y sostiene todo tipo de corruptela, que muy bien puede “distorsionarse anteponiendo: los derechos humanos, como anzuelo para cazar bobos, mojigatos, oportunistas.
El tema en sí mismo es delicado y profundo;  me preocupa, puesto que la tendencia es hacia el agravamiento de la libre interpretación del derecho que se manifiesta en la conducta de uso cotidiano entre congéneres. La percepción del fenómeno me permite deducir la mala utilización de lo que debería ser una forma de convivencia y que por el contrario se convierte en una excusa para liberar y manifestar una serie de resentimientos personales, sociales y sobre todo entre clases (esto incentivado desde ciertas ideas políticas que en el uso circunstancial de poder, utilizan para dividir la opinión pública y sumar adeptos).
En todos estos temas existe una forma de exponerlos conformando un cuento (relato) con el que se va adiestrando a quienes por distintas razones están predispuestos a dejarse influenciar; estos motivos pueden ser ideológicos, oportunistas, de conveniencia material (sobre todo), emocionales, y que una vez ganados por las prebendas, quedan atrapados en un discurso que se vuelve conducta y toda conducta es una suma de actos que se ejercen sobre sí mismo y sobre terceros, conformando un tejido social enfrentado, que utiliza los argumentos legítimos del derecho, pero en forma torcida, llegando así a una suerte de convivencia enferma y conflictiva, casi anárquica, en la que cada individuo presupone “saber” hasta el punto de arremeter contra quienes sí han estudiado y garantizan con argumentos válidos y fundamentados, la legitimidad de esa suma de conceptos que el común “maneja  como si supiera”.
Y es aquí donde aparece la bisagra que en estos tiempos se ha roto: la legitimidad de los que saben, versus los improvisados, en todas las áreas. La educación ya no es primordial para establecer reglamentos válidos que nos permitan crear relaciones genuinas. Pero el tema de la educación, no se reduce sólo a la suma de conocimientos, sino que sobre todo, para los tiempos que corren, es fundamental la educación cívica y moral, es decir que los individuos puedan tener los elementos que les permitan, sobre todo, tener conciencia de la estructura social y de  los límites en los que se conjugan los derechos y las obligaciones como forma tácita de saber cómo debemos manejarnos. Reconocer las diferencias de los conceptos que involucran actos, que “el otro” para uno, nos convierte en “el otro” para él. Todos “somos “el otro”. La educación es el nexo fundamental que se ha perdido en la sociedad actual. Y dicho de manera coloquial “se toca de oído”. El modo de vida exitista, competitivo y tendiente al consumo indiscriminado, produce seres en serie, que anulan los mecanismos que atentan contra la satisfacción del ego, es así como se llega a la manipulación de los medios que justifiquen cualquier fin; y he aquí lo retorcido y pernicioso del asunto, se toma de las diversas disciplinas lo que conviene para satisfacer la propia demanda emocional y sensual (los sentidos), se niega la experiencia y la sabiduría legítima alcanzada con tiempo, estudio y esfuerzo, y amparados en “un relato” en apariencia legal, se intenta imponer la falsedad, lo ilegítimo, y hasta se menosprecia todo lo que sea producto del trabajo, el esfuerzo, el tiempo y que termina por convertirse en un estilo,  en algo acabado que se distingue por su excelencia. Da lo mismo cualquier cosa. Lo chabacano y vulgar pretende ocupar el mismo nivel que lo refinado. Todo lo que demanda esfuerzo se minimiza; y se tiende a lo pasatista, trivial y descartable.
Esta falta de respeto del Derecho, las Obligaciones y la Responsabilidad,  traducido en la conducta cotidiana, en lo micro, se transforma en la suma de problemas macros que nos golpean día a día. No es inocente ni libre de consecuencias la pérdida de valores que devienen de la educación, no sólo escolar, sino familiar. Lo que nos sucede como pueblo, se inicia en esa suma de síntomas que se asumen como “el cambio de los tiempos”; tal es la tergiversación de las conductas, que todo “nos parece natural” y lo aceptamos, porque no queremos asumir las consecuencias de combatirlo. Es verdad que no tenemos leyes que nos amparen y que el proceso legal es lento, pero ése recurso debería ser el último, luego de agotar los recursos aportados por la educación que nos aporta la experiencia de tantos siglos de repetir conductas, errores, y modos de maltratarnos. Si esto no sucede en forma natural, debo inferir que “la humanidad no ha cambiado”, que aún somos presa de los instintos y que milenios de educación no lograron anteponer la razón a la bestialidad. Es triste y parece exagerado este concepto, pero si miramos, sin temor, veremos esta animalidad suelta que en medio de apariencias momentáneas, que intentan desdibujar la realidad.
El problema comienza con cada individuo, con el descontrol de sus instintos, con la exacerbación de sus sentidos, con la debilitación de la razón como base sobre la que construir las relaciones. La exagerada valoración del ego, del clan, de lo propio, la negación de la existencia del “otro” como parte de uno mismo. Los males no comienzan en la sociedad, sino en el individuo que la hace. Esa suma de voluntades egoístas, determinan un conjunto que se fagocita y sus consecuencias recaen sobre el individuo. Es un boomerang. Derecho y Obligación van juntos, si las hacemos funcionar juntas se regulan mutuamente. Pero para eso hay que tener conciencia, sobriedad, sentido común, educación, respeto, consideración, sentido de servicio y poniéndonos exquisitos: amor hacia uno mismo y hacia los demás.

José Luis Thomas

Derivaciones del Caminar.....en términos de tomar conciencia. Nota publicada en Notiserrano 128


Derivaciones
del Caminar.....

en términos de tomar conciencia


Por José Luis Thomas

El Papa Francisco dijo “Caminar…” y esta imagen tan simple, tan  integrada a lo cotidiano, que casi no le damos importancia, me indujo a pensar, a resguardarme en mi silencio interior para encontrar correspondencias y caminos. Lo primero que surgió en mi mente es: la increíble capacidad que tienen las palabras para conformar todas las divisiones que nos hacen creer en conceptos tales como: adentro, afuera, grande, chico, bueno, malo, importante, simple, entre tantos otros; y en cómo las palabras sostienen un mundo de ideologías diversas, opuestas y tendientes siempre a enfrentarnos; a elegir un lado u otro de ese supuesto campo donde algo es mejor que otra cosa, impidiéndonos ver “el todo”, la unidad.
Las palabras nos alejan, porque son las responsables de ponerle forma a la vida que es un camino en constante transformación. Y la palabra también se transforma en “juicio y condena”, porque sin dudas, los seres humanos preferimos más juzgar y condenar, que “comprender y bendecir”. Es probable que en la insatisfacción de vivir, encontremos más “divertido”, juzgar, impulsar las divisiones y enriquecer y exaltar las diferencias, que amar, comprender y unir. Es que siempre las palabras están detrás apoyándonos con ideologías, morales y pensamientos conformados para tal fin, para que no le demos paso al silencio, a la conciencia, ni a la expansión del alma.
Si pensamos en el vasto mundo, no podemos desconocer que está hecho de partículas que constantemente se unen y se dispersan, por lo que, sin ser lo mismo, no son diferentes, pasan de lo macro a lo micro, la energía fluye, se une y se dispersa; pero las palabras que nos crean las ideas y con las cuales las recreamos, nos llevan a creer que todo está dividido; que la unidad, el “1”, es sólo un número que utilizamos para sumar.
Siempre me llenó de admiración y desconcierto algo que dijo Jesús  en una ocasión: “Sea vuestro modo de hablar: sí, sí, o no, no. Lo que excede de esto, viene del Maligno” *(Mateo 5,37).Durante años le di vueltas a este pensamiento y aunque percibía su incuestionable verdad, no podía aceptarlo, por cuanto desarticulaba mi impulso a la proliferación de la palabra y por ende a la multiplicación de ideas que sin dudas dividían mi mundo y establecían y acentuaban los conceptos de “malo” y “bueno”; pretendiendo mi yo ser parte de lo bueno y rechazar lo malo que representan “otros congéneres” que consideran bueno lo que yo malo. Y olvidé en esa partidización, todas las veces que he cruzado esas fronteras en mis acciones cotidianas; las veces que he dañado a otros de palabra y de hecho, pero siempre en la creencia de estar del lado bueno. Así he juzgado y dividido en parcelas infinitas, esa noción de unidad en la que todo convive y se transforma sin cesar en ese “caminar…”.
La palabra y las ideas conformadas en esa ilusoria combinación de signos cegó el camino.
¿Pero qué dice este hombre? Se estarán preguntando ustedes ahora, considerando que caí en la ingenuidad o en algún tipo de locura.
Y es compresible que así lo crean, porque nuestra cultura y nuestra educación son la estructura que sostiene el sentido de la vida tal como “creemos que es” antes de “cuestionarla”, porque cuestionar y dudar, siempre es peligroso “nos saca la base sobre la cual creemos estar seguros y nos lanza hacia lo desconocido, y esa sensación no nos gusta; preferimos la “mentira”, la “ilusión”, “el mundo mágico de las ideas” “el carcelario juego de los dogmas” y la seguridad  de “pertenecer a un partido”, “a un grupo”, a “una asociación”, “a una religión” La idea de ser muchos en algo, nos da la falsa ilusión de “la invulnerabilidad” de “la perennidad”; nos  fabrica una realidad de poder que se autogestiona para modificar la realidad en busca de la “famosa eternidad”.
Se nos pierde en este juego multicolor que encandila y perturba,  la paz interior, apoyados siempre por el alocado mundo de los sentidos con su despliegue de sensaciones, olvidamos que caminar es trasformación constante, que todo se une y se desune, que lo grande es pequeño y que con lo pequeño se hace grande. Se nos olvida que nada permanece, que todo cambia y que los cambios no tienen identidad, ni están agrupados, ni forman parte de ningún lobbie, ni se agrupan con sentido alguno (aunque nos creamos sus artífices); no son en sí mismos, ni buenos ni malos, sólo son, a pesar de que nuestros sistemas de ideas y creencias le pongan nombre y traten de hacerlos propios. Nada es parte de algo, todo es parte de todo, en constante movimiento.
Lo que vemos, es algo así como una pantalla gigante que pasa una película de larga duración. Parece real, pero no lo es en el sentido de “permanencia”; el hecho de que algo sea material, que podamos, tocar, ver, oler, no significa que no está compuesto por átomos que sólo circunstancialmente se han unido, pero que volverán a separarse.
¿Es que nada existe, entonces?
Al preguntar esto estamos afirmando esa conciencia material que quiere que la realidad que supone vivir,  sea algo concreto con un fin determinado. Por lo tanto desconoce que todo es y no es al mismo tiempo. Y no quiere, porque le resulta insustancial, adherir a dos energías que son las ordenadoras más eficaces del caos visible y que al llevarlas a cabo son “un sentido en sí mismas”: el amor y la comprensión. Estos dos sentimientos, no materiales, se sustentan en acciones simples y posibles de llevar a cabo: la aceptación de todo, la disposición para quitar el ego del medio y dejar que las cosas se revelen, sin imponerles nuestro limitado punto de vista, y el “ver” en silencio lo que se nos manifiesta en el momento de vivir, o sea el presente. En esa pequeña unidad de tiempo podemos llevar a cabo todo; amar, comprender, no juzgar, no dividir, no agredir, no blasfemar, no levantar falsos testimonios, no crear situaciones de violencia y hasta algo tan simple como un “voto” en el ámbito que sea, nos permite “pacíficamente” ejercer la noción de nuestra conciencia sobre el tema que sea. Y como parte de todos esos modificadores directos de la realidad circunstancial: el perdón. Algo que no logramos adquirir porque no cotiza en la Bolsa de Valores. Sin embargo es uno de los bienes que más dividendos produce; nada es más eficaz, liberador y portador de iluminación y paz que el perdón. Sucede que por lo general no se perdona, porque el ego cree que es “algo” que fue dañado por (otro ego), y desconoce esa particularidad de insustancialidad de todo lo que es aunque parezca ser algo. Lo que nos sucede forma parte del camino sin nombre por el que transitamos, en el que todos estamos por ende expuestos a sus avatares. No es un camino de hombres y dioses; somos sólo hombres,  por lo tanto no somos diferentes.
En el caminar nos encontramos con otra ilusión: el temor. Construido con todas las ideas que tenemos acerca de algo o de alguien. Cuando le tememos le damos identidad en nosotros, lo agigantamos y le damos autoridad para dañarnos (daño que proviene de nosotros mismos), pero cuando recordamos la “unidad de todo” y tomamos conciencia que somos un solo cuerpo, el temor desaparece porque nada se daña a sí mismo.
Caminar es dejar que el camino se adentre hasta hacernos  uno con él, donde estaremos unidos en la conciencia de ser parte del todo.

José Luis Thomas

(*) El término Maligno, que remite a la idea de un ser contrario a Dios, no es parte de mis consideraciones, puesto que creo en la unidad, en el Todo, y en que el universo es mental y somos parte del Todo. Sin embargo, el concepto Maligno, puede aplicarse como una simbología de parte de la propia identidad que nos impulsa a la división y a la confrontación. Desde el mundo de los sentidos se abriría paso su impulso en pos de mantener la mente dividida y apostando a la ilusión que crea la materia.