miércoles, 4 de mayo de 2011

viernes, 29 de abril de 2011

José Luis Thomas: Publicado en Notiserrano 112

José Luis Thomas: Publicado en Notiserrano 112

Publicado en Notiserrano 112

Libertad de expresión

¿Vale para todos o sólo pueden expresarse los que están de acuerdo con el oficialismo?
Es notorio ver cómo los perseguidos se convierten en perseguidores.

El artículo 14 de la Constitución Argentina dice “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber:.. de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa”…”
Los bloqueos que impidieron la salida de camiones de distribución de los Diarios Clarín y Nación es un hecho muy grave.
Los argentinos nos hemos habituado a desconocer la Ley y es parte de la idiosincrasia vernácula transgredir todo lo que se pueda a sabiendas que “estamos fuera de la ley”, pero al mismo tiempo como si quisiéramos demostrar que somos piolas y que nada nos importa ni nos manipula. Desgraciadamente somos unos peleles y desde hace décadas somos manejados, justamente porque los poderes de turno que conocen esta particularidad y desde ella nos manipulan.
El pueblo en su conjunto, frente al atropello ejercido contra la prensa; contra la libertad de expresión y contra la libertad de los individuos en general (es decir la de cada uno a elegir lo que desea) ha permanecido pasiva; tan pasiva como suele ser siempre –a excepción de algunas circunstancias en las que el gobierno les mete la mano en el bolsillo o por alguna razón ve amenazada su “generosa comida diaria”. Los demás temas, los miramos por televisión, como si le pasara a otros o como si debieran resolverlo, pura y exclusivamente los involucrados directamente. Es más, casi diría, que se complace, que hay algo de morbo y de un resentimiento muy avieso que goza viendo a una parte de sus compatriotas –a los que considera poderosos- debatirse. Es casi un motivo de distracción; algo más de lo que hablar, sin comprometerse, pero dejando en claro su posición; que en definitiva es lo mismo que nada, puesto que en sus actos cae en la tibieza más repugnante y conformista.
Los argentinos somos insufribles. Tenemos desidia, inoperancia, resentimiento, soberbia, ignorancia, y una deleznable capacidad de ser expertos en todo tipo de mecanismos capaces de propiciar fraudes inimaginables. Con el agravante iniciado en los años cincuenta de haber perdido “la cultura del trabajo”, generando vagos que dependen del gobierno que los ayuda a multiplicarse para tener votos.
Vivimos en un mundo teórico y somos una contradicción que camina, o mejor dicho se arrastra por un fango que se inició con la fundación.
No somos para nada inocentes. Y todos los temas que nos aquejan como sociedad son mucho más complejos que lo que un debate objetivo sobre algo puntual puede mostrar.
No tenemos sentido de patria, ni del ser nacional. Todo es una concepción teórico-emocional-sensiblera, que nos permite avivar ese sentido hipócrita que tan bien manejamos de acuerdo con las circunstancias que nos aquejan.
Nos encantan los eufemismos. Y tenemos una rara, rarísima concepción de “Los Derechos Humanos”.
Somos irracionales y con una gran capacidad para el olvido y siempre estamos dispuestos a señalar a los demás, intentando en ese juicio descalificativo, vernos a nosotros mismos como seres incontaminados.
Somos rápidos para juzgar, dilapidar, y hacer leña del árbol caído. Amamos dividir, revolver, mezclar, complicar; es casi una pasión ese sentido carroñero que nos impulsa, aún cuando hayamos cubierto todas las apariencias “De eso no se habla”; “El qué dirán” están tan vivos como nunca; sólo que hemos aprendido a disimular aún más.
Nos ensañamos de maneras inimaginables cuando podemos hacerlo contra alguien que es culpable de algo.
Y no nos damos cuenta que hacemos lo mismo que aquellos a quienes estamos juzgando.
Ej: Los militares eran totalitarios, masacraron a la sociedad; ahora la sociedad es totalitaria, y masacra y se ensaña contra los militares y los juzga tantas veces como puede y les da condena sobre condena, cuando con una sola condena perpetua seria suficiente. Es como si a alguien que está muerto, cada uno pasara y gozara asestándole un golpe más para hacer ver su posición.
Y por supuesto olvidamos que en los años setenta, el país era un caos y la mayoría de la sociedad “pedía por los militares para restablecer el orden”: lo que no tuvieron en cuenta los que tal cosa pedían, es que “los militares son militares”, están adiestrados para jugar a la guerra (resabio de cuando eran chiquitos y jugaban con soldaditos de plomo, que seguramente las mamás de entonces, les compraban complacidas para que el nene jugara”, para la brutalidad, para la obsecuencia; jamás para el Derecho, la libertad, la justicia basada en leyes y en jueces y jurados responsables.
Las Madres y Abuelas, se han convertido en lo mismo que persiguen, las alienta el odio, los resentimientos, promueven las divisiones, los enfrentamientos, los partidismos, “quieren sangre”, pero bajo la máscara de una inocencia que hace tiempo perdieron o quizás nunca tuvieron.
En la Argentina nos perseguimos unos a otros. El gobierno promueve todo tipo de enfrentamientos.
La oposición es una multiplicidad de gente en grupúsculos que hablan “boludeces” todo el tiempo con el agravante de padecer más que nadie esa característica nacional de “siempre saber lo que hay que hacer” “los famosos cienciológos” del verso, de la simulación, de la inoperancia, de las teorizaciones infinitas, hablan, hablan, hablan, dicen, contradicen, discuten, repiten, cambian de bando (señal de que sus teorías son oportunistas), y siempre hablan del “otro”, culpan al “otro”, sin ver que son el “otro” para el “otro” al que enjuician.

En verdad en argentina “hay una profesión que se llama “Oposición”; cualquier partido que sea trabaja para descalificar. Nunca lo hace para contribuir al todo, o sea “al País”. Crean confusión, divisiones y resentimientos.
No estoy diciendo que no deba haber oposición como un cuerpo objetivo que controla el hacer del oficialismo; lo que digo es “oposición y gobierno deberían trabajar conjuntamente por el bien de todos”, y esto para nosotros, los argentinos, es una utopía.
Al país no lo tiene que parar un camionero mafioso, sin escrúpulos; al país lo tenemos que para los argentinos por generación espontánea, cuando suceden hechos como el de impedir la libertad de prensa; pero para eso tendríamos que tener conciencia de país, de nación, de unidad; amor por la Argentina, más allá de partidismos y politiquerías.
Por eso cualquiera puede tomar el poder y hacer lo que quiera; nosotros, el pueblo, hemos perdido o nunca tuvimos nutrientes valederas; somos arena que el viento junta en diversos médanos; no tenemos el poder de la tierra que genera y retiene la vida; somos una masa amorfa instintiva, irracional, que sólo salta cuando ve amenazado su estómago o su bienestar personal.
De lo demás, eso que llaman Gobierno, Justicia, que se encarguen otros, nosotros, el pueblo, somos extraterrestres.

José Luis Thomas

Nota aparecida en Notiserrano 112

Cambiar
el punto de vista

No mirar desde el ego, para “VER” lo que en verdad “ES”.

Si miramos el mundo desde adentro nos creemos poderosos, pero si lo miramos desde afuera, desde el universo, somos apenas un pixel; sin embargo la conciencia de esta dimensión es casi nula. La actitud humana frente a esta realidad encierra más soberbia que comprensión. El hombre se ve a sí mismo desde su obra inteligente y olvida su estado natural que debiera estar integrado y en mutua correspondencia con la naturaleza.
La inteligencia es maravillosa, pero tiene, como todo, dos lados, dos posibilidades; puede crear o destruir; generar bienestar sin interferir con los demás reinos o maltratar el sistema que da origen a la vida. Como hablamos de mega dimensiones, que escapan a la conciencia ordinaria, y como todo lo que se tiene en demasía, pierde valor, lo malversamos.
Sólo paramos la actitud destructiva cuando vemos afectado nuestro micro mundo. Ese íntimo espacio personal en el que nos movemos separándonos del resto y creyendo que “todo lo demás” debe estar a nuestro servicio para utilizarlo a destajo.
Vivimos en un estado casi psicótico, que está tan asumido por el conjunto que nos parece normal. O mejor dicho hemos subido el límite de lo irrazonable en forma tácita para continuar depredando sin sentirnos culpables o autodiscriminarnos por enfermos.
Todo se hace sin conciencia de consecuencia; somos atropellados por nuestros propios deseos que jamás encuentran satisfacción y actúan siguiendo la generalidad en la presuposición de que si los demás lo hacen debe estar bien o, por el contrario, no queremos quedar excluidos del sistema y continuamos destruyendo, a pesar de saber que nos dirigimos a la destrucción. Y esto es grave; es un signo de enfermedad mental seria: nos autodestruimos a sabiendas de lo que significa.
Estamos anestesiados; hemos perdido el sensor natural, los valores de la intuición; siempre tenemos un “pero” que nos auto engaña para continuar haciendo lo que sabemos que no debemos hacer.
Los logros tecnológicos han deteriorado el sentido de la vida introduciendo la idea de “todopoderosos”; la supremacía de la evolución material como consecuencia de la inteligencia artificial, descalifica la incomparable importancia de la inteligencia emocional que se alinea con el circuito total de la vida en el planeta. Es la inteligencia que parte de la conciencia del propio ser en situación accionando en relación al resto e incluyéndose como parte del todo, del que luego vuelven las reacciones.
El “tener” se sobrevalora en desmedro del “ser” y el “hacer” y cuando se “Hace” es desde un criterio puramente material imponiendo el reflejo pasajero que estimula los sentidos y que no puede bajar su umbral de frustración por lo que pide sin cesar más y más. Quedar atrapado en su juego invalida todos los canales de sentir naturalmente como “humano”, es decir “sensible”. Darnos cuenta de que lo deseado se vuelve insatisfactorio, nos neurotiza, porque nos vemos obligados a querer “más”, sabiendo que no ha de satisfacernos.
Detenerse, silencio, sobriedad, conciencia de satisfacción, austeridad, compresión, compasión, amor, solidaridad, son estados, que el hombre no quiere sentir, porque todos ellos implican asumir-se como entidades finitas que deben auto regularse equilibrando su funcionalidad con todo lo que lo rodea y esto significa trabajar en forma consciente sin esperar nada.
El hombre espera del afuera, de la tecnología, de la ciencia “esa fórmula mágica” que le evite hacerse cargo de sí mismo y sentir la vida como algo vivo en constante fluir, en una suerte de ciclos, que van de un polo a otro; tener conciencia de sí propio, significa detenerse mientras se contempla sin apasionamiento, cómo todo pasa y se diluye, siempre y cuando no pretendamos apoderarnos de él. Así lo bueno y lo malo pasarán.
La tierra se está manifestando. Japón nos ha dado un ejemplo extraordinario; seguramente ya lo hemos olvidado; pero la tierra no.
Japón, primer mundo, la vida aparentemente resuelta, para caer en la cuenta de que son “nada”, tienen “nada” .
Lo único que en verdad poseemos es lo que damos; es lo que somos, no en su estado material, sino en el espiritual. Los valores que cuentan para “estar feliz” son: el presente, el amor, la comprensión, el perdón, la compasión, y no interferir con los deseos en la ruta, que de instante en instante nos marca el camino.

José Luis Thomas

miércoles, 26 de enero de 2011

Trabajar por el bien común

Nota publicada en Notiserrano 110

Revisemos este ideal para hacerlo practicable

Trabajar por el bien común ¿qué significa? Seguramente lo hemos escuchado muchas veces, pensando que es algo que “tiene que hacer el otro”, o sea esa persona desconocida a la que consideramos la sociedad y a la que responsabilizamos por todo lo malo que nos ocurre; sólo que no nos damos por aludidos y no nos damos cuenta que “esos otros” somos nosotros, para los demás.
Relacionemos palabras: Común-comunidad-comuna (en caso de las pequeñas poblaciones), municipalidad, gobernación, presidencia… dejémoslo ahí. Didácticamente iremos de lo pequeño a lo lejano, lo grande, lo que se nos hace más abstracto, más difícil de reconocer. Por eso comenzamos por lo chiquito, cercano; yo-uno, comunidad en la que me desenvuelvo.
Los seres humanos estamos muy desatentos y nos dejamos arrebatar por los sentidos y deslumbrados por el avance tecnológico y científico que nos permite sofisticar la vida, perdemos el contacto con lo esencial, con la naturaleza del camino, que es la vida que cada uno tiene que vivir. Y he ahí el comienzo de todos los problemas. Nos creemos omnipotentes, el ego nos impide ver la naturaleza exacta de las cosas del vivir. Nos volvemos torpes, nos apegamos a todo lo que nos da alguna idea de seguridad –y fijaos que digo “idea”-“ideal” dos conceptos que remiten a “lo que no existe” a lo que no es real, a lo que “no tiene contento en sí mismo y cada vez demanda más para mantenernos en un nivel de (otra vez la palabra) “idea”, de felicidad que se nos escapa. Y se nos escapará siempre porque partimos impulsados por los deseos que no tienen umbral de frustración, es decir siempre quieren más y nunca ven lo que sí tienen. Tener ideales, ideas nos tranquiliza la conciencia, pero en el ahora y aquí donde tenemos que poner en práctica esas teorías que nos llenan de orgullo, se nos quema el libreto.
Volvamos entonces a eso del bien común; nos situamos en nuestra comunidad; ese espacio que elegimos para vivir porque cuando lo vimos por primera vez nos permitió gozar la armonía de la naturaleza en su despliegue auténtico donde, el aire, las plantas, los animales silvestres, el silencio hacían propicia nuestra realización en busca de paz y armonía; lejos de aquello de lo que huíamos, la gran ciudad, el ruido, la inseguridad entre otras cosas; pero claro, no es lo mismo “huir de algo” que “cambiar interiormente”; cuando se huye guiado por los sentidos jineteados por los deseos de “tener” siempre se llegará a la infelicidad. No se pude huir de nada, hay que enfrentar lo que el camino propone, porque lo que está afuera es un espejo de lo que tenemos adentro, en nuestra mente, en nuestros corazones; a través de las relaciones aprendemos a conocernos, y en el campo de la realidad resolvemos lo que nos molesta; pero para eso hay que verlo y aceptarlo.
La aceptación es la base fundamental de todo cambio; y a partir de allí con el desapego de (no sólo lo material, como se piensa en primer término) sino de odios, resentimientos, ideas de poder, conceptos obsoletos, dogmas inútiles, practicas que han perdido todo sentido, entre otras cosas; puesto que todo es relativo y la vida cambia de instante en instante, podemos encontrarnos con eso que somos.
Trabajar por el bien común es en primer término reconocer que uno es parte del todo; que para que la armonía reine debemos aceptar al otro como parte de lo que somos. Trabajar por el bien común es dialogar, no discriminar, establecer objetivamente lo que consideramos que ha de contribuir al “bien común”, pero antes tenemos que discriminar “qué consideramos bien común”; si por ejemplo: unos quieren ruido y los otros silencio, son dos posturas antagónicas, que deberemos resolver entre todos en pos de ese bien común.
El ruido está aliado a comercio, desarrollo indiscrimando, adulteración de los espacios públicos, desestimación de la naturaleza del lugar en su sentido original al que se llegó por considerarlo especial; proliferación de artificios que impresionen los sentidos buscando atraer la atención de los que no pueden estar a solas consigo mismos y necesitan aturdirse para acallar las voces internas, los miedos, las frustraciones, las faltas de aceptación de lo que se es, las miserias personales, entre otros aspectos aunque todo esto suele esconderse tras la fachada de la “importancia del desarrollo y vivir la vida a pleno”.
El silencio está aliado con una necesidad de ser parte integral de “lo que es” en armonía con la naturaleza. Búsqueda de lo que nos relaciona con la paz, el amor, la comprensión, el respeto por los reinos con los que compartimos la vida y la valoración de la posibilidad de escuchar lo que no tiene sonido, lo que se manifiesta a través del silencio, pero que trae las más significativas revelaciones.
Y esto no es sectario ni religioso ni gregario; es sólo coherencia entre lo que se siente, se piensa se dice y se hace. El lugar elegido para vivir es parte de esos valores y debemos conservarlo como tal.
Las necesidades se han mezclado o se han ido mezclando sin que hiciéramos nada para armonizarlas —igual estamos a tiempo, siempre se está a tiempo— hay que tomar conciencia, dejar de lado el ego, el deslumbramiento que producen los sentidos al creer que podemos arremeter contra todo, y reconocer que nuestra felicidad depende “no, de lo que tenemos” sino “de lo que somos” y que no se alcanza la felicidad sumando objetos, condecoraciones, alabanzas; la felicidad sobreviene de instante en instante al darnos cuenta del presente como único tiempo para realizar el equilibrio de vivir (y no sólo en los velorios, ante la exquisita presencia de la muerte que pone todo en su justo lugar y nos reduce de tal manera que por un instante nos hacemos conscientes de lo inútil de luchar; lo absurdo de tratar de imponer lo que los deseos y sentidos muestran como verdadero).
Trabajar por el bien común es reconocer que tenemos que establecer reglas claras y cumplirlas y sobre todo decidir qué queremos; qué clase de comunidad queremos tener; qué país nos parece podrá contener la multiplicidad de etnias que nos conforman puesto que vivimos acá, y usufructuamos lo que esta naturaleza nos brinda generosamente y sobre todo, claro, no ser egoístas; no dividirnos por medio del pensamiento y las ideas antagónicas. Y la mejor manera es comenzar por uno mismo; por el entorno más inmediato, la casa, el hogar, la familia, los amigos. Establecer lazos auténticos, valorar el servicio, la solidaridad, la comprensión, el amor.
Si esto no es así; seguiremos caminando por el fondo, esperando que alguien haga algo (y en este país hemos tenidos muchos de esos “alguien”, pero como podemos ver, esos egos, esas voluntades no construyeron un país sólido, unificado, hermanado, solidario; es fácil de ver cómo estamos unos contra otros, aunque nos sonriamos y nos demos la mano; andamos con el cuchillo bajo el poncho, y no hablo de las altas esferas con las bajas; hablo del llano, donde esta el pueblo haciéndose porquerías entre sí .
Y para terminar quiero decir que hay lugar para todos y para cada necesidad. Hay ciudades y pueblos comerciales, ruidosos, llenos de todo lo que puede sobornar los sentidos en la falsa creencia de que eso es vida, energía, felicidad; los que desean ese tipo de vida pueden llevarla a cabo sin molestarse entre sí, porque todos quieren lo mismo.
Luego hay poblados pequeños, villas residenciales, cuya única solvencia es el silencio, la majestad de los verdes, los espacios serenos para gente que sólo pretende estar en armonía con la naturaleza. Estos poblados no son adecuados para quienes desean vida agitada, tener un comercio y vivir de él; deben escoger el poblado anterior y dejar en paz a los que han elegido otra forma de vida.
Para unos el progreso es vida y para otros lo es el transcurrir dejando a la naturaleza hacer todo a su tiempo y ritmo.
Trabajar por el bien común es reconocer estas diferencias y respetarlas, no invadirnos mutuamente.

José Luis Thomas

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ay!!! con eso de quedarse pegado y no cambiar... “uno”...

(aunque nos parece importante que cambien los demás!!!!!)

Nota publicada en Notiserrano 109

La generalidad se queda pegada a sus conceptos sobre los diversos temas o creencias que adquirieran alguna vez en su vida, ya sea por desidia para pensar de otra manera; quizás por temor a ver las cosas de un modo diferente o por temor a quedarse sin sus queridas ideas, aún cuando éstas estén perimidas.
Ver la realidad es despojarse de los conceptos y preconceptos que fuimos adquiriendo a lo largo de la vida por imposición, comodidad, conveniencia, autoritarismo o cualquiera de las formalidades conceptuales o de hecho que solemos asumir como absolutas.
Todo es relativo. Todo cambia. Nada permanece; aún lo que más amamos o aquello a lo que nos aferramos como “idea” que pareciera darle sentido al mundo en el que nos enseñaron a padecer y a gozar, en virtud de creer en algo diferente de lo que es y por lo cual nos pasamos al vida esperando. En ese esperar macilento, multifacético y nauseabundo se nos va la existencia. Le hemos dado al pensamiento una rigidez nefasta.
Vivimos en tropel; tal cual el término que define el paso de animales de gran porte; somos puro instinto básico egoísta, aún cuando seamos grandes profesionales que se supone aprendieron a pensar. No hay intelectualismo que valga ante la idea del ego amenazado. No le damos valor a la inteligencia emocional.
Nos encanta llenarnos la boca hablando de la justicia social; de beneficiar a la humanidad, pero siempre desde afuera; desde alguna entidad gubernamental o privada que nos evite el esfuerzo personal de tener que asumir nuestra responsabilidad personal; individual, que involucra asumir al otro como parte de uno mismo. ¡Si claro! Si es de nuestra familia quizás estemos más dispuestos a sumir al otro! Pero jamás consideramos al anónimo parte integral de nosotros mismos. Que de ellos se haga cargo algún organismo oficial. Pero hete aquí que ese es el comienzo de todas las desventuras sociales, los desatinos, la guerras, los holocaustos; cuando nos desentendemos de nuestra interioridades y su manifestaciones conductales (de conducta) que son las que interactúan con los demás congéneres.
Las guerras no son algo lejano generado por las diferencias de dos o más países; las guerras son una actividad constante surgida de nuestros egoísmos y diferentes posturas personales que nos dividen constantemente en todos los sentidos; políticos, sociales y religiosos. Así en lo micro como en lo macro. Toda gran guerra comienza en las divisiones y en la discapacidad para dejar de lado los egos en pos del bien común.
Siempre esperamos que cambien los demás, que “entiendan los otros” “que aprendan los otros”; considerando siempre a “los otros” como entidades separadas de nosotros; como si esos “otros” no vinieran de la misma madriguera cultural en la que abrevamos cada uno. Creemos que “el otro” es quien debe cambiar; modificar sus hábitos, sus creencias, sus posiciones esperando que de esa manera se nos faciliten las propias consecuencias del vivir.
Todo organismo, asociación, oficial o privada, está formada por la miserable unión de las voluntades particulares. Y ese grupejo está integrado por seres egoístas, es decir por personas apegadas a sus ínfimas ideas sobre las cosas del vivir, así tendremos resultados parciales que jamás contribuirán a cambiar la naturaleza humana.
El gran trabajo de cambio es con uno mismo; “darse cuenta” de lo que uno es, de lo que uno piensa, de lo que uno siente, de cómo actúa cada vez frente a los diversos juegos del relacionarse entre los congéneres. Y si nos cuesta darnos cuenta cómo somos; no tenemos más que mirar el propio reflejo en los demás; esos seres con los que entablamos relaciones y que reaccionan de acuerdo a los estímulos que reciben de nosotros.
No hay necesidad de hacer grandes esfuerzos; ni de meterse en agrupaciones filantrópicas o religiosas que a la postre se convierten en sectores de poder corruptos; hay que trabajar con uno mismo, dar y compartir lo mejor, luego de haber tomado conciencia de las bajezas personales “esas que siempre tenemos en algún espacio de nuestra naturaleza cubierto con vidrios polarizados”.
Hoy, ahora y aquí, tenemos y estamos relacionados con nuestros deberes y obligaciones; en cada instante nos enfrentamos a los posibles modos de hacer de la realidad un espacio donde el amor y la comprensión fluyan libres de todo control mental sujeto a conveniencias.
Pero si no estamos dispuestos a cambiar en lo individual; no pidamos que el cambio venga desde afuera, ni que los gobiernos hagan algo distinto de los que somos en pequeño espacio cotidiano; puesto que “todos los partidos políticos; las derechas, las izquierdas y los centros con todas sus variables ocasionales y convenientes; están integradas por individualidades que no están dispuestos a cambiar; es decir nosotros, cada uno de nosotros. Los que integran los gobiernos salieron de entre nosotros; por lo tanto no pueden ser diferentes.
No esperemos milagros: miremos la historia de la humanidad; su evolución material; el pensamiento es un proceso material; nos hemos sofisticado en todas la áreas del devenir intelectual; sin embargo; el mundo cruje; atentamos contra la ecología; malversamos los fondos que podrían erradicar el hambre del mundo; manipulamos la medicina que debería ser para todos, puesto que se supone que descubrir la cura de alguna enfermedad es para los humanos que habitamos la tierra, sin embargo hacemos el comercio más vil; dividimos nuestro pensamiento y sentimiento religioso poniendo a Dios mismo en la arbitrariedad de dividirse para satisfacer los fanatismos y contradicciones de religiones materialistas que devienen en fuentes de poder malsano. Hacemos la guerra por todo. Estamos aún atrincherados en las fronteras de nuestros países.
Seguimos esperando que algún iluminado nos resuelva el problema de vivir; no queremos hacer el esfuerzo individual de cambiar. Si no cambia nuestra manera de pensar y sentir, jamás cambiará el entorno.
Sé, que parece loco, descabellado esto que digo; porque lo primero es pensar y preguntar ¿cómo va a cambiar lo que pasa en el mundo, con mi pequeño cambio personal? Y es justamente esta idea plantada la que nos impide sumar las voluntades para el cambio total.
Ahora pregunto ¿es que el mundo ha cambiado sustancialmente desde que comenzó la vida en la tierra? NO, seguimos igual que en el pasado; llenos de egoísmo, discriminación, avaricia, bajos instintos, desidia moral y material, divididos por el pensamiento religioso y político.
El cambio individual modifica instantáneamente la apreciación ontológica de nuestra ubicación en este mundo; nos pone en sintonía con el “otro” como parte integral de uno mismo. Asume que uno está hecho con los mismos elementos químicos que la tierra y el universo; por lo tanto se los mira como parte de uno y se comienza a amarlos y cuidarlos porque en definitiva somos iguales. Se deja de esperar que los demás decidan cambiar y es uno el que modifica sus conductas y reacciones que son las que desencadenan desencuentros y propenden a procrear facciones. Uno se libera de uno mismo, de la carga de creer que se es especial. Natural y espontáneamente se comienza a trabajar por la unidad. Se descubre la naturaleza del amor y la comprensión; se aflojan tensiones; se tiene en cuenta “lo que es” no se espera por “lo que debería ser “ o “lo quisiéramos que fuera” y en ese proceso de aceptación de la realidad como una creación propia se deja de echarle la culpa a los demás de lo que somos y de lo que nos pasa. Y esto da una gran paz. El “ser” deja de basarse en “el tener” y descubre la maravilla del “hacer”. Cuando se deja de “esperar”, de responder a lo que se espera de uno, es que se descubre el valor incalculable de “la autenticidad” y se comienza “a ser como se es” naturalmente, sin imposiciones ni demandas.
Dentro de cada uno están las preguntas y las respuestas. No las busquemos afuera porque nos llegarán distorsionadas; pasadas por la interpretación inductiva de quien la da.

José Luis Thomas

miércoles, 20 de octubre de 2010

José Luis Thomas en el Museo Gabriel Dubois






Por el borde de la forma; unipersonal de José Luis Thomas.
Convocado por la Alianza Francesa y Cultura de la Municipalidad de Alta Gracia realizó el primer acto cultural en el recientemente inaugurado Museo Gabriel Dubois.
Thomas leyó textos de
Rainer María Rilke de su libro Les Roses, en francés y castellano ; bailó Gnossiennes de Erik Satie y para finalizar leyó poemas de Norberto García Yudé, Norma Arceguet y propios.

El espectáculo se llevó a cabo en la sala taller del Museo. Se creó un clima tan especial entre Thomas y el público que se podría decir que el espacio estaba colmado de duendes.


Las fotografías fueron tomadas por Betina Chiacchio

Y los amigos que acompañan a Thomas por orden son:

Luis Hourgras, detrás Mené Carignani; al lado Betty Rossi

Patricia González, Teresa Del Cerro

Mené Carignani, Norma Arceguet, Isabel Orallo

B.Rossi, Teresa Del Cerro, Norberto García Yudé, Carlos Ponti y Patricia González

Giselle Acoce

Luis Hourgras, B.Rossi

Poyrazian, Guido Faoro, Norberto García Yudé

Cristina Mazzuco, Augusto Piccon, Víctor Piccon

Los Bussolini de Bell Ville

El grupo en general