jueves, 4 de julio de 2019

Notiserrano 177: Reyna Carranza

Reyna Carranza

Cuando la palabra cobra vida y trasciende universos

Por José Luis Thomas - Norberto García Yudé



Encontrarse en la vida con verdaderos escritores es un privilegio y una verdadera ventana al sortilegio de la vida. No son sólo palabras introductorias para presentar a Reyna Carranza, la escritora argentina, cordobesa con proyección mundial más importante. La literatura está llena de autores, pero muy pocos escritores. Escribir no es sólo alinear palabras con cierto orden y alguna pretendida creatividad, muchas veces bizarra y en más de las ocasiones oportunista y trivial; escribir es tener ese instinto supremo, propio de las abejas de dejar la vida al clavar el aguijón; es una pasión y un modo de ser no pudiendo ser nada más que eso, aunque se hagan otras cosas, claro. Con esto no quiero decir que uno no aprecie la palabra escrita de mil formas distintas, y que no hayamos disfrutado ocasionales libros, queremos destacar la excelencia, la exaltación del oficio de escribir, que no es común, y ese grado de magia que uno siente cuando lee la obra de algunos escritores, como lo es Reyna, que se transforman y transforman el cotidiano pan, los cotidianos pequeños espacios de la vida en momentos únicos y cargados con un tempo y una densidad, capaces de extender las fronteras descorriendo tiempos y mundos de la subjetividad, insospechados.  Tanta es la pasión y la singularidad de su ser, que podemos apreciar la sutileza de su hilo mágico, aún en las respuestas que nos dio a Notiserrano, con absoluta entrega y dedicación como si lo hiciera para el más importante de los periódicos. Eso sucede porque ella y la escritora son una; ella y la mujer son una; ella y la pasión de vivir son una; ella y el mundo más allá de la forma son una. Compartimos con nuestros lectores estas páginas vivas con la palabra de una escritora atravesando toda la esplendidez de su creatividad. 
-¿De qué manera llegó a vos la palabra?
-Como el aire, el agua, o el pan de cada día. Pero no es el aire lo que nos hace humanos, el pan o el agua, sino la palabra. La palabra nos dio identidad; es el logro más notable y profundo del ser humano. La escritora Angélica Gorodisher dice que sin palabras no existiríamos como sociedad y, en consecuencia, sin literatura no existiríamos como seres destinados a la trascendencia.
Me atrevería a decir que nací enamorada de la palabra escrita,
porque nadie me enseñó a escribir: lo aprendí leyendo. Y aprendí a escribir novelas leyendo novelas. Todo se dio sin el menor esfuerzo, como un juego maravilloso, producto de la lectura.
-¿Es la palabra un modo de estar en el mundo?
-Desde que tengo memoria vivo rodeada de libros. Fue, y es, mi manera de estar en el mundo. Universo que me dio identidad, y me ayudó a ocupar el espacio que hoy ocupo en el territorio de las letras. Ser escritora es mi mayor orgullo.
-¿Tenías apoyo del entorno?
-Desde que aprendí a leer me regalaron libros de cuentos en mis cumpleaños. Mi padre me regaló mis primeros libros de poesía, y mi madre la colección de veinte tomos de “El tesoro de la juventud”, cuando tenía ocho años. Todavía los conservo. Libros que despertaron en mí el amor por la belleza y lo sublime. Todo lo que soy se lo debo a la literatura.
-¿Cómo considerás a los escritores y a vos misma en este rol?
-En la adolescencia no lo tenía claro; la mayoría de los
autores que leía estaban muertos; hasta llegué a pensar que
para ser escritor había que morirse. Luego descubrí que los buenos escritores jamás mueren. Y me encontré con Sarmiento, Hernández, Güiraldes, Borges, Cortázar, Stevenson, Roberto Arlt, Sara Gallardo, Beatríz Guido, Salgari, Camus, Maurois, Colette, Allan Poe, Horacio Quiroga, entre tantos tantos otros. Todos autores de obras que tienen el poder de modificar el estado emocional o intelectual de las personas, por lo que considero que ser escritor implica una gran responsabilidad.
-¿Era parte de tu universo la idea de entregar tu vida a la literatura?
-Comencé a escribir alrededor de los doce años, pero sin tener consciencia de que esto se convertiría en el leiv motiv de mi vida. Por entonces la consigna era ir a la universidad y diplomarse en alguna profesión liberal. Comencé cinco carreras universitarias. No terminé ninguna. Invertí un año en Medicina, otro en Derecho, otro en Escribanía, otro en Letras, y otro año en Lenguas. Hoy agradezco la paciencia y enorme consideración que tuvieron mis padres para conmigo. Fueron cinco años de intensa búsqueda y no menos ansiedad. Papá me decía: Te vas a morir de hambre escribiendo. Y era comprensible. Por esos años, para triunfar en las letras había que tener mucho talento y una buena cuota de suerte. Los escritores reconocidos eran muy pocos, y menos aún los que se ganaban la vida escribiendo novelas. Hablo de los años sesenta. Fue a fines de esa década que comencé a hacer periodismo. Oficio que, de alguna manera, me acercaba a la escritura. Trabajé primero en el diario Córdoba, y en 1970 entré como cronista a Los Principios. Fue una etapa gloriosa. No se trataba de literatura pero me gustaba lo que hacía; me pagaban por escribir. Pero en el medio ocurrió el milagro. Un día me senté a la máquina y de un tirón escribí una novela, casi
sin darme cuenta, llevada por el afán de volcar en el papel mis sentimientos entrelazados al mundo que me rodeaba. La titulé “Para ahogar un loco amor”. La publiqué recién veintisiete años después. Y ahora, en agosto, vuelve a salir reeditada .
-¿Primero escribir y luego vivir, o a la inversa? 
-Puedo afirmarlo sin la menor duda: primero vivir. No es fácil escribir sin tener experiencia de vida y un respetable bagaje cultural, de lo contrario se corre el riesgo de caer en obviedades, o en argumentos muy auto-referenciales que poco aportan al lector. No obstante, los genios existen, y a veces surgen escritores muy jóvenes con una gran obra.
-¿Qué escritores te influenciaron?
-Muchos. Entre los catorce y los treinta años leí casi todo lo que había que leer. Autores griegos, mitología, clásicos, existencialistas, contemporáneos, rusos, europeos, americanos. Cada uno de ellos me enseñó algo. Pero sobrevino el boom de autores latinoamericano con Gabriel García Márquez a la cabeza y entonces leer se convirtió más que nunca en una auténtica fiesta. De todos modos, hasta encontrar “mi propia voz” recibí
mucha influencia de Lawrence Durrell, William Faulkner, Juan Ramón Jiménez, Hermann Hesse y Enrique Heine.
-¿Haber nacido en Argentina y en una provincia fuerte y combativa como lo es Córdoba en tantos aspectos, determina tu decir?
-Totalmente. Porque somos producto del paisaje y la tradición del suelo en el que se ha nacido. Cuando escribimos nos escribimos a nosotros mismos, embebidos en una determinada historia familiar, social y política. No es lo mismo escribir desde Córdoba que hacerlo desde el puerto de Buenos Aires, o desde la estepa patagónica. Siempre acabará apareciendo la raíz, el paisaje que nos vio crecer y nos dio identidad. Podemos no nombrarlo, disfrazar con ficción cualquier realidad, pero en el fondo siempre latirá el sello de la pertenencia.
¿Cómo atraviesa la joven Reyna la etapa de los descubrimientos en una sociedad caudillista, pacata, que mira a Europa?
Con absoluta naturalidad. Ya en la infancia los cuentos de hadas, reyes y  princesas (en su mayoría de autores europeos) me ayudaron a descubrir que existen otras culturas, otras maneras de ser y de pensar. Después, los estudios y la literatura universal acabaron por introducirme en el mundo y me enseñaron que una sociedad es producto de muy diversas circunstancias. Por esta razón, del caudillismo argentino sólo tomé sus valores positivos, y toleré con una media sonrisa la tendencia europeizante de la clase media y alta
de mi país. Más tarde, leyendo historia argentina pude ampliar criterios y me sirvió para reflexionar y escribir sobre nuestro siglo XIX, como lo hice en “Una sombra en el jardín de Rosas” y “El secreto del guerrero”. 
-¿Escribir es una tarea sencilla, natural, compulsiva, desgarradora?
-Escribir es todo eso y más. En mi caso es una necesidad como respirar, también un placer y, al mismo tiempo, una aventura catártica: prodigioso intercambio de energías del que siempre salgo fortalecida. El acto creativo en lugar de agotar la mente, la estimula, la incita a abrir caminos hacia el infinito.
¿Se termina de escribir en algún momento o sólo es una tarea sin solución de continuidad?
Las dos cosas. Pero una novela debe tener un principio, un desarrollo y un final. No obstante, luego de la última página, en mi cabeza continúo
imaginando hasta que algo me dice que ya estoy lista para comenzar a escribir otra historia.
¿Se puede prescindir de la pasión?
Depende de la naturaleza del escritor. En mi caso, soy una persona apasionada y amo lo que hago; en consecuencia, mis textos traslucen sentimientos muy fuertes. Pero, en general, la pasión (por lo que sea) es un ingrediente que nunca debe faltar en una novela.
¿Cuánto de la propia vida dejaste en el camino por escribir?
Nada dejé en el camino porque desde muy joven supe que escribir era lo que más me gustaba. Y no tuve hijos casualmente por eso. Antes de cumplir los veinte entendí que por mi manera de ser no había nacido para tener hijos, sino para escribir libros. Además, al ser rebelde por naturaleza los mandatos culturales no pudieron conmigo. Hoy suelo decir que puedo maternar con los libros.
-¿Con cuál de los géneros literarios te sentís más cómoda?
-Definitivamente con el género novela. No obstante, he escrito muchos cuentos, publicados en once antologías de cuentistas
argentinos. Pero no es lo mío. La brevedad me cuesta. Cuando me surge una idea indefectiblemente viene repartida en más de doscientas páginas.
-¿Escribir es innato o se aprende? ¿Sirven los talleres literarios? ¿Cuánta importancia tiene en el escritor la lectura?
-La vocación ayuda pero no alcanza; al talento hay que desarrollarlo, pulirlo. A escribir se aprende leyendo buena literatura. Pero no todos los que escriben son Escritores, con mayúscula. Como en cualquier disciplina del arte hay artistas buenos, regulares y malos. En el terreno de las letras pasa lo mismo. No todo es publicar un libro, cualquiera puede hacerlo. Pero el don “divino” no se aprende, nace con uno. En consecuencia, en los talleres literarios se puede aprender a redactar; se pueden aprender las técnicas de la novela, el cuento, o la poesía, pero lo que un taller literario nunca podrá enseñar es el talento. 
RECORDEMOS:
“Cinco hombres” la escribí en España y se publicó apenas regresé al país, en 1984. Trata sobre la búsqueda de la identidad

sexual, y fue la primera novela en Córdoba que, en ese terreno, llamó a las cosas por su nombre; una historia que inventé y cavé a mi alrededor a modo de trinchera para olvidar una realidad tan agobiante como lo fue la última dictadura militar en Argentina.
“Para ahogar un loco amor” me marcó el camino. Quiero mucho esta novela. Es breve e impactante. Su temática y su estructura adelantaron lo que iba a ser el signo distintivo de mi estilo: apasionado y transgresor.       
¿”Tanto infierno, tanta belleza” es sólo un título o parte del legado que recibiste como ciudadana argentina?
Título y argumento de esa novela es una apretada síntesis de nuestra historia contemporánea. En ella me atreví a contar parte de mi propia vida. Auto ficción que nació producto de una catarsis, dicho de otro modo, nació por la necesidad imperiosa de volcar en palabras los horrores que sacudieron a Argentina en la década del setenta, pero en realidad es la historia de un gran amor.
-Fui finalista del Premio Planeta 2003 con “Una sombra en el jardín de Rosas”. Por esta novela obtuve el reconocimiento del público y de la prensa. En ella mezclé ficción con historia argentina, narrada en primera persona por boca de Juan Bautista, el hijo mayor y casi desconocido de Juan Manuel de Rosas. Desde su aparición hasta el presente esta novela se viene reeditando con el mismo éxito.    
-¿El trabajo paralelo (conferencias, publicaciones en diarios y revistas) es parte de las derivaciones de escribir, o sólo un modo de vida que te resta tiempo y energía para la creación literaria específica?
El “trabajo paralelo” fue en aumento a medida que me fui haciendo conocida, al punto de quitarme tiempo para escribir novelas, que es lo que a mí me gusta. Pero no me quejo, me ayuda a llegar a otros públicos. Y, en muchas oportunidades, los acepto porque están bien remunerados. Este año, por ejemplo, el exceso de trabajo extra me ha quitado tiempo para la novela que estaba escribiendo. De todos modos, no tengo apuro para terminarla, sé que está ahí esperándome, y esa es la maravilla de este oficio, nunca termina, siempre está comenzando de nuevo.

Otra novela inquietante y muy bien escrita es “Donde vive la loba”. En ella abordás la locura, la muerte, y un más que turbulento universo femenino. ¿Cómo surge este tema y de qué manera elegís resolverlo desde el punto de vista de la estructura? 
“Donde vive la loba” es la continuación de “Para ahogar un loco
amor”. La historia de Rolanda Ferraz merecía una segunda parte; una mujer que se hace pasar por loca cuando la acusan de haber matado a su padre y a su único hermano. Esta continuación narra esa locura: un mundo donde la loba entona su himno, sin edad, eterno. Su estructura difiere de mis otras novelas porque en ella incluyo una historia que se entrelaza al argumento principal, protagonizada por un enano que dirige un coro formado por niños de la calle, que por las noches cantan en el Parque Sarmiento. Submundo de drogas y abusos que resolví narrar en términos casi mágicos, casualmente para que esta realidad tan cruel de nuestro tiempo no caiga en el panfleto de denuncia.
Llegamos a “Hablame de Tosco”, un hombre singular, de una vida apasionante, ¿cuál fue el motivo que te llevó a abordarlo?
 Escribí sobre Agustín Tosco a pedido de la editorial “Raíz de Dos”, para su colección Cordobeses por cordobeses. Fue un auténtico desafío para mí, del que creo salí airosa. En la primera parte hablo de la Argentina que le tocó vivir a Tosco. Pero es en la segunda parte donde decidí poner el acento, ya que mi objetivo era descubrir el Tosco íntimo, el de puertas adentro, el
hombre que se jugó por amor del mismo modo que lo hizo por los derechos de los trabajadores.
¿Qué hay en Juan Lavalle que te dio el impulso de abordarlo en “El secreto del guerrero”? 
Desandar la historia de nuestros próceres me permite entender mejor el presente. Como país seguimos arrastrando conflictos cuyo origen se remonta a la época de la colonia. Pero la literatura no juzga; la utilizo como instrumento para recuperar nuestras auténticas raíces, proponiendo una lectura retrospectiva, revelando secretos, descubriendo intimidades, iluminando el pasado con una luz nueva y diferente. Y, sobre todo, me ayuda a comprender, y a comprendernos. Investigar allí es apasionante, ya que la literatura comienza a hablar cuando la historia se queda sin palabras. Y abordé a Lavalle por su vida tumultuosa, por haber sido un amante alocado, impetuoso; por la bravura que puso en cada batalla. Un hombre que para sentirse vivo necesitaba pisarle los talones a la muerte, y acabó suicidándose. Recordemos que sobre sus espaldas pesan dos acusaciones tremendas: hizo fusilar a Manuel Dorrego, y cometió la peor de las traiciones: vender la patria. Pero lo que realmente atrapa al lector en “El secreto del guerrero” es la novela de ficción que sostiene la parte histórica, donde cuento la amistad que nace entre Lavalle y su baquiano José Alico, que no es un hombre como todos creen (incluso el general), sino una mujer que se hace pasar por hombre para poder sobrevivir en
un país violento, siempre alzado en guerra.
Regreso al Paraíso nos habla de la confesión más terrible que un hombre puede hacer. Historia en la que el misterio y lo fantasmagórico, la vida y la muerte, el erotismo y la sexualidad, desbordan de manera inigualable. Sólo otro escritor puede crear un final diferente para una obra consagrada, como los Bomarzo de Mujica Lainez. Con gran talento y agallas, Reyna Carranza redimensiona ese final, lo retoca, lo trae al presente, y se sirve de él casi como una gracia. Es allí donde radica la mayor virtud de esta novela y su curioso hallazgo, rasgo que la convierte en un mojón bisagra de toda su obra.
  -¿Podemos pasar a la cocina, al espacio íntimo de la escritora?
-Normalmente escribo seis horas diarias, casi siempre hasta que cae el sol. Cuando no escribo busco distracción con los amigos, la lectura, la

televisión o el cine. Me enojan la injusticia, la mentira, el atropello, el autoritarismo. Me deslumbra la naturaleza, la música, el arte. Y vivo rodeada de verde: acacias, tipas, eucaliptos, aguaribay, pinos, y en estos últimos años planté una bignonia, un aromo y un ficus, además de estar criando en maceta un algarrobo que actualmente sólo tiene treinta centímetros de altura. Comparto mi techo con mi preciosa gata Juanita. Y por encima, y por debajo y en el medio de todo esto, leo mucho.
¿Corregís durante o al finalizar una novela?
Corregir me obsesiona, no soporto una coma mal puesta, un tiempo de verbo incorrecto, repetir adjetivos o adjetivar demasiado. Soy muy crítica de mi propia obra. Pero el placer más grande es cuando escribo sin darme cuenta del paso del tiempo, como si estuviera conectada a una inteligencia superior que me dicta letra.
¿Le das importancia a los premios?
No he recibido muchos premios, sólo los necesarios para sentir que lo que he hecho hasta ahora no ha sido en vano. Recibí el primer premio en la categoría cuentos (“El hombre de la capa de nutrias”) organizado por la Fundación Manuel Mujica Lainez y Anita de Alvear; varios años después fui finalista del Premio Planeta de Novela, y últimamente recibí dos premios que me llenan de orgullo: el Reconocimiento al Mérito Artístico otorgado por el Gobierno de la Provincia, y el premio Jerónimo Luis de Cabrera, otorgado por la Municipalidad de Córdoba, ambos por la obra realizada y los treinta años de aporte cultural a la Provincia.

La literatura actual pasa por un período muy prolífico, pero ¿hay excelencia?
Es cierto, se publica mucho, pero no todo lo que se publica es literatura. Proliferación que nos dice que hay muchos autores pero muy pocos escritores. Libros en los que se advierte la buena intensión, pero se nota demasiado el esfuerzo con que han sido escritos, el mismo esfuerzo que tiene que hacer el lector para poder leerlos. Confío que con el tiempo estos autores puedan alcanzar la excelencia.    
Una charla con magia. Cada vez que hablamos con Reyna entramos en una zona única, sobrecogedora, de profundidades y vuelo de libélulas, que nos complace y reconcilia con el mundo de la creación, puesto que vivimos en una realidad y un tiempo donde la chabacanería, el absoluto desinterés por la importancia del trabajo y del respeto al pasado que nos ha hecho quienes somos, nos avasalla impiadoso, sin lograr su cometido de aniquilarnos porque estamos despiertos, conscientes y podemos separar las aguas.
Reyna es su obra y su obra la magnifica y la proyecta hacia cada ser que la aborda en el rico espacio de sus páginas.
Por eso, yo, José Luis Thomas escribí un ensayo sobre toda su obra: Literatura y subjetividad en la obra de Reyna Carranza: erotismo e ideología, necesitaba abarcar e integrar ese universo en el que su alma insufla vida, más allá de la vida, y de ese modo llegar a sus lectores y a todos los que aún no la conocen. Su paso por la literatura argentina y universal va mucho más allá de esta dimensión: alcanza universos paralelos y dignifica el arte de escribir.
Es una referente indiscutida para las nuevas generaciones, un faro. 
Algo que destaca es su capacidad para no repetirse, para no copiarse a sí misma; cada vez se renueva y emprende caminos de los cuales no conoce el final; es decir no adhiere a modas ni sigue sus propios éxitos; ésto sin dudas es fibra de creador, y reverenciamos esa cualidad que está casi desaparecida.

Thomas-Yudé

miércoles, 21 de marzo de 2018

El aborto - Editorial publicado en Notiserrano166


El aborto
Consideraciones a tener en cuenta, 
si es que utilizamos el pensamiento como parte de la razón 
y no sólo respondemos de manera emocional básica.

Por José Luis Thomas


Tenemos que considerar:

La vida
La mujer
El feto
El ser persona
Las prioridades
La religión

Estamos de acuerdo en preservar la vida, sea cual fuere, humana o de otras especies.
Esa preservación debe ser en todo sentido, no sólo en el que incluye al aborto.
Preservar la vida es cuidar a los seres que han nacido.
Cuidar la vida es darle lo mejor siempre, desde el nacimiento hasta la muerte.
Antes de pensar en el aborto, pregunto:  ¿se cumple esta premisa fundamental?
Porque el aborto sería una parte ínfima del trayecto.
Es decir: cuando nos ponemos emocionalmente duros con el tema del aborto, pregunto: en el interín, ¿qué hacemos para defender la vida toda? ¿O sólo nos volvemos conscientes de la vida con respecto al feto?
Es decir parece ser importante que el feto viva, pero luego de que nace nos desligamos de su suerte. ¿Esto no es hipocresía?
¿Y qué hay de la mujer? ¿A quién le importa el ser humano que es ante todo, y la  determinación que pesa sobre ella, que parece condenarla a subordinarse a lo que el varón y la sociedad le imponen, nada más que por el hecho de haber nacido hembra de la especie?
Tanto el macho como la hembra de la especie son “personas” y con ello adquieren condiciones propias de esta  clasificación: singularidad, autonomía y libertad.
Luego, tanto el macho como la hembra, no están aislados, son parte de la sociedad y ésta tiene una conformación y un modo de funcionar, que no siempre, casi nunca, contempla las prioridades y los cambios que surgen de la evolución. La tendencia general es quedarse en el pasado mientras la vida fluye y cambia.                                                                                                 
 La sociedad tiende a cosificarse, a permanecer atada a leyes obsoletas y a postulados creados en otros momentos históricos y en otros contextos y dentro de un determinado estadio del pensamiento. La vida cambia de instante en instante, la ciencia y la tecnología influyen en esos cambios y tenemos la obligación de adecuarnos para no cortar el flujo de la vida.
El ser humano tiene que dar de manera espontánea, el paso a las prioridades, dentro del marco de un momento y una determinada situación.
No puede la sociedad mirar para otro lado amparada en una idea romántica de la vida y de lo que debe ser, mientras la realidad sucede de la forma más cruenta y abandonada a su suerte.
Las cosas pasan, las muertes son diarias a causa del aborto clandestino, pero pretendemos que no pasan porque anteponemos una “ley” ideal que supuestamente protege la vida. ¿Y qué pasa con la vida de la mujer sometida a la presión y a la desprotección? ¡Qué¡ ¿La mujer no es una vida que hay que proteger?
Es más lícito cuidar de la vida de un adulto que es parte de la sociedad, que la de un feto que será lanzado a un mundo, a una sociedad que lo abandonará.
Y luego tenemos las religiones. Todas materialistas, generadoras de guerras y matanzas, son las menos indicadas para hablar de la vida.
En sus filas se dan los más abominables crímenes contra el amor y la vida.
Por lo general las religiones no tienen nada que ver con la “vida espiritual” con el amor y con la conciencia despierta hacia la vida toda.
Las religiones son organizaciones humanas, politizadas, que se sostienen mediante estructuras de poder que dejan traslucir las peores debilidades humanas.
Engendran miedos, hipocresía, falsedades de todo tipo.

Creo que hay que dejar de lado la sensiblería, para darle paso a la razón y a la vida misma que se expresa en la realidad “que es”, no “la imaginaria que cada uno acomoda a su manera”.
Tenemos que sincerarnos, ser auténticos, libres, abandonar el temor y de allí surgirá un tipo de ser humano que controlará la natalidad de manera espontánea porque la mujer y el varón serán seres libres, que basen sus vidas en el amor, y cuando se siente amor crece en el ser una educación natural que comprende desde adentro el sentido de la vida.
El aborto legal es un modo de desarticular la muerte clandestina, un modo de cuidar de la mujer como ser humano que es y no “en la idea de que es una hembra condenada a procrear aunque no lo desee, contra su voluntad y en cualquier condición” Se supone que los humanos por medio de la razón hemos trascendido la determinación que aún pesa sobre los demás seres vivientes.
Una mujer tiene que poder abortar si considera que no es lo conveniente para su vida, sea por la razón que fuere.
De lo contrario la sociedad toda tiene que dejar de “matar” en la variada y sofisticada gama de formas en que lo hace, que parece aceptar como parte natural de la vida.
Por favor, ¡¡¡¡¡¡NO SEAMOS HIPÓCRITAS!!!!!!!
José Luis Thomas

martes, 19 de diciembre de 2017

Democracia versus populismo - Nota publicada en Notiserrano 163

Democracia versus populismo 

Una batalla camaleónica que desconoce la naturaleza humana


Por José Luis Thomas


Así parecen estar las cosas en el mundo; no es nuevo, pero podríamos considerar que por haber llegado hasta el tercer milenio, los humanos deberíamos haber aprendido algo; algo de la naturaleza humana; es decir de las condiciones propias del ser en situación;  puesto ante la realidad material del vivir, partiendo de su naturaleza primordial y más evidente: su animalidad. Realidad que se manifiesta en primer lugar por los sentidos, que no son ilusorios, ni ideales, son los que nos conectan con lo que está afuera, en ese espacio externo a nuestra interioridad, pero que se rige por las impresiones que recibimos y transformamos de acuerdo con nuestra condición interna formada por lo adquirido: ideas, cultura, genes y toda la información acumulada heredada y propia.
Tres mil años para la convención de considerar la historia contemporánea a partir de Cristo; pero como un iceberg, la mayor parte viene de antes, está debajo de esa pequeña porción que emerge con nosotros coronando la idea de la vida en el planeta.
Son muchos años para seguir repitiendo errores y continuar como si la humanidad no hubiera, llegado una y otra vez a conclusiones que presupondrían haber aprendido algo.
El problema, como siempre no es intelectual, ni basado en todo lo que las palabras proponen; está relacionado con la evolución emocional, esa inteligencia que presupone haber trascendido las ideas para responder a un conocimiento más sensible, propio de quién capitaliza la vida como un todo, no dividida, como nos han enseñado y sobre cuya base construimos las relaciones, que por ende, siempre están enfrentadas.
La evolución es una conjunción de aprendizajes que recién se convierten en capital cuando el ser humano lo pasa por el transformador de la conciencia emocional; es decir, cuando deja de considerar al intelecto como el dueño absoluto de la evolución y comprende que la vida es una interrelación de conexiones vinculadas con la conciencia presente, holística, la que siente lo “que es”, y lo separa del pasado, cuya información nutre su noción de ser, y entonces, se permite “ver lo que es” y fluye a partir de esa noción básica.
Las palabras, los conceptos, los ideales de todo tipo, son hermosos, maravillosos para darle pasto fresco a la mente que se considera dueña de la vida del hombre, pero que lo engaña todo el tiempo y que utiliza los sentidos para mostrarle lo que éste quiere ver, lo que quiere vivir, y sentir. De esta manera puede vivir engañado toda su vida creyendo que era dueño de sus pensamientos y conceptos. Todo cambia todo el tiempo y hay que estar presente para darse cuenta de esa transformación; de lo contrario uno aplica la fórmula de lo que sabe a todo lo que se le presenta, porque así nos lo enseñaron, pero esa fórmula viene del pasado (muerto) y lo único vivo es el presente.
Estas apreciaciones generales son un modo de introducir el tema que presento como “Democracia versus populismo”, desde una formulación metafísica, como modo de responder, no ya, a los problemas objetivos y sus causas (aparentes), sino a la esencia que engloba toda la vida como un solo acontecer.
El populismo es la forma primera de agrupación humana, es por lo tanto puramente instintiva, responde a las emociones más bajas (no en sentido peyorativo), primarias, materialistas y que no tienen umbral de frustración; no interviene la conciencia como modificador de ese conjunto de sensaciones, siempre aportadas desde afuera, desde un líder o mesías que construye un relato épico y pareciera proteger a sus seguidores, creándose así,  una epopeya en la que para ser tal, tiene que establecer enemigos contra los cuales arrastrar a la muchedumbre a luchar, en nombre de ideales y llevando a la masa a desconocer su naturaleza básica: humana, igual a todos los de su especie en el planeta.  Esto ha sido así en la historia y lo sigue siendo en el presente; por eso comencé diciendo que no hemos evolucionado como especie. En todo caso la evolución es aparente, ficticia, superficial.
Esta manipulación de la sensibilidad popular basada en la falta de cobertura de sus necesidades básicas es “esa puerta fácil” por la que filtrarse e impulsar al individuo a perder su individualidad, creer en una salvación mesiánica (lo mismo sucede con las religiones fundamentalistas) en la que los líderes gozan de vidas opuestas a  lo que rezan sus consignas de lucha: se vuelven seres amantes del Poder y llevan a sus seguidores a idolatrarlos, considerando que esa opulencia de vida, les corresponde puesto que los protege de los “enemigos” y les provee “sin esfuerzo” una forma de vida básica. Donde como en todo comportamiento mafioso, hay algunos cercanos al Poder que gozan de mayores beneficios, todos sustraídos a la totalidad, al pueblo.
Se puede considerar al populismo un modo facilista que no depende para su continuidad del trabajo, sino por el contrario del rechazo a lo que significa como medio para construir y edificar la vida personal próspera y por ende la de un país. El populista se acostumbra a depender del “líder”, “patriarca” “cacique”, “dictador”, que le dice lo que necesita, y   se lo suministra, sin que medie el esfuerzo para lograrlo; convierte la libertad individual, la autonomía, en un disvalor, y genera un ser emocionalmente dependiente y embrutecido, que sólo ve por los ojos del líder que lo controla mediante largos discursos grandilocuentes y no puede comprender nada que salga de ese encuadre partidario; se vuelve militante y por lo tanto anula su propio pensamiento y aprendizaje de la vida, para darle paso a una revolución “falsa”,“fatua” contra un falso concepto de la realidad creado por quienes propician el movimiento. No significa que el enemigo creado sea irreal, sino que, “sin haber evolucionado hacia una comprensión real de la vida” diferenciándose así del supuesto enemigo, lo emulan desde su negatividad y terminan siendo lo mismo, visto del revés de la trama. Lo grave es que los seguidores no se dan cuenta, y los que lo hacen, prefieren usufructuar los beneficios (de corto alcance) sin poner enfuerzo personal para obtenerlo.
Basta con mirar la historia del hombre. Seguir su derrotero y pensar, comparar, establecer una mirada compensatoria y equilibrada de la discapacidad consecutiva de las civilizaciones humanas para dar con un modo de pensar y actuar en sintonía con la vida.
¿Por qué fracasan las Democracias, si han demostrado ser la mejor forma de gobierno? Porque en esa creación ideal, no se tiene en cuenta la naturaleza del humano que se sirve de ella.
Cuando los griegos crearon la Democracia presuponía una comprensión de la naturaleza humana y un modo de organizarla de la forma más equitativa posible. Por eso, se refuerza luego con los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad; sin embargo no alcanza para controlar la naturaleza humana dominada por la “codicia que crea el pensamiento”, que no ha evolucionado, (o que lo hace de manera diferente en cada ser)  y que cree en la “materia” y sus creaciones, como el conducto por el que pasa y se nutre la vida; valora la materialidad del pensamiento y queda preso de sus vaivenes. Se encandila con la rutilancia del intelecto.  Se encarga de darle forma, interpretarlo y consentirlo como si fuera posible “captar para siempre una permanencia de todo lo que ama y desea” aunque sabe al mismo tiempo que todo pasa, pero no lo “acepta”.
La Democracia se vuelve aburrida para una mente no evolucionada, no quiere orden, necesita romper con la monotonía que propone estar en armonía con la vida.
El hombre no evolucionado necesita alejarse del concepto de muerte en el que está atrapado inconscientemente y por eso “el populismo” y sus batallas contra ese enemigo irreal, le dan cierta garantía de estar vivo; pero está muy muerto, lejos de sí mismo, de su identidad, de su autoconocimiento, de su autocontrol, de su integridad y no reconoce su naturaleza atrapada entre el pasado y el futuro.
El populismo adhiere a la irregularidad de “movimiento”; suma  ideales separatistas y contrarios al orden establecido; es decir rechaza el orden que propone un “partido político” y propende a alimentar todo lo que no le exige esfuerzo y autodominio; le resulta más fácil seguir a un “iluminado de cera” que hacerse cargo de sí mismo, que no sería otra cosa que asumir la responsabilidad de vivir, por eso, sólo pide por “derechos” sin darse cuenta que está dejando fuera  a sus congéneres por los que supuesta y autoengañosamentemente pelea; no sólo a los contrarios, sino a los de su misma laya.
El populismo, más que nada, divide, separa en castas, grupos étnicos, sociales, religiosos, políticos, creando un híbrido informe y ciego que termina por fagocitarse, puesto que para vivir necesita de la confrontación, de la violencia verbal y de hecho. Su ideal más nítido: tener un enemigo.
Esa fagocitación se subordina a lo que es en sí mismo su alimento: el depender de otro para darle sentido a la propia vida. Es una estabilidad efímera para lo grupal y peligrosa en lo individual, porque el sujeto dependiente siempre creará enemigos y disconformidades provenientes de afuera, porque de no hacerlo tendría que asumir las riendas de su propia vida, aceptarse y comenzar a cambiar sus pensamientos como creadores de lo que siente y por ende de la realidad en la que vive, reflejo de su actitud ante sí mismo, y ante los demás. Deberá despertar y verse a sí mismo y a la realidad tal como es -la realidad de ser humano, no sólo la de su ser social, que por ser más inmediato pareciera más real-  Pero no puede hacerlo porque está atrapado en la dependencia y todo intento de salirse significa “trabajo” y ya está captado por la vagancia en todo sentido. Lo indujeron y utilizaron al facilismo y no le interesa salir de esa huella.
Democracia versus populismo; es un batalla camaleónica. Es parte de una utopía grupal. Los cambios son individuales porque dependen de la mentes abiertas a la comprensión emocional y holística. La sociedad está cada vez más articulada en una idea materialista de la vida donde nada queda excluido: Derechas, izquierdas, centro, en los ideales políticos, dependen de la naturaleza  sensible de quienes “por adhesión intelectual creen haber llegado a una forma ideal de gobierno” sin darse cuenta que están atados a esa naturaleza que depende de lo que llega por los sentidos de manera instintiva y que sí o sí, necesita de un procesamiento conjunto de la mente y la conciencia para “separar lo valioso, real, auténtico y vivificante” de lo falso y efímero. No siempre “el despotismo de los instintos básicos” sueltan a su presa; son milenios de tenerla engañada; sólo algunos logran salirse y escapar a campo traviesa por un desierto que contiene todo lo que necesita para vivir.
El universo es un “todo”, una matriz en la que todo está conectado, nada queda fuera de esa energía creativa; los hombres somos parte de esas conexiones vitales; crear separaciones de la índole que sean, nunca traerá progreso sostenido y felicidad duradera.
La batalla Democracia versus populismo, es parte del juego humano que cree que lo mantiene vivo, entretenido y despierto entre la cuna y la tumba. Por eso la humanidad no cambia y a pesar de las evoluciones tecnológicas, científicas y artísticas, choca siempre con la misma piedra, aún con la evidencia de que ninguna de las grandes religiones, sobre todo las fundamentalistas, le han brindado una salida acorde a sus ruegos -es que no se dan cuenta que en lugar de trabajar para sí, esperan que un dios, haga el trabajo por ellos.
José Luis Thomas

viernes, 14 de octubre de 2016

Ser Argentino ¿Es para estar orgulloso? Publicado en Notiserrano 153

Ser Argentino

¿Es para estar orgulloso?

Por José Luis Thomas

Ser argentino es una cosa rara. Son ejemplares disparatados, contradictorios, soberbios, nefastos, incoherentes, falsos; inmaduros, están en la etapa oral, en la que no tienen umbral de frustración y siempre están esperando y exigiendo lo que sea, sin conciencia de la realidad. Viven en un mundo entre la insatisfacción y la demanda constante; pero no se les ocurre considerar que la conducta y la acción que realizan es o debe ser  parte de la solución o en su defecto de los conflictos que padecen generación tras generación, recargados.
No me equivoco si digo que esta disfuncionalidad es fundacional; llegó con los barcos, se unió al originario de estas tierras y creó un híbrido emocional ciento por ciento, con tendencia a la vagancia, a la exaltación de  fetiches, caudillos, y se acogió a los beneficios de esperar que otros resuelvan los problemas.
Es su naturaleza desconocer las leyes asumiendo con ese mote de “piolas” un rasgo peculiar y abusivo,  en pos de tratar de hacerle una gambeta a las situaciones, eludir responsabilidades y encontrar salidas oportunistas, casi siempre unidas al famoso “amiguismo” con el poder que sea que corresponda.
Está muy de moda exigir “derechos” en lo que sea, y son astutos en encontrar la forma de hacerse de beneficios, sin su correspondiente esfuerzo.
Cuando están en la mala, se vuelven mansitos, piden con una humildad forzada y cuando son levantados de su caída, por lo general, muerden la mano del benefactor; lo juzgan y comienzan a exigir y a compararse con su benefactor, demandándole, no de acuerdo con su valía, sino con los bienes del otro.
Siempre tratan de sacar ventaja.
Siempre especulan.
Siempre usufructúan del trabajo ajeno.
Los corroe la envidia.
Se compara todo el tiempo con los demás y hacen lo posible por emularlo.
Cada vez son más ignorantes.
Reniegan del que sabe y siempre están dispuestos a considerar que ellos en su lugar harían las cosas mejor.
Todo Argentino, sabe lo que hay que hacer y tiene las soluciones para todo, pero no como alguien que duda; sino con la más absoluta certeza.
Si el gobierno de turno lo favorece en lo personal, NO LE IMPORTA DEL RESTO, NI DEL PAÍS, defenderá hasta que las papas quemen a su benefactor, aún a sabiendas que es corrupto, y malversa los fondos públicos.
Tiene la capacidad para dar vuelta en el aire los desaguisados y encontrarle un lado que le convenga.
Le caen simpáticos los dirigentes carismáticos y se enfilan detrás sin medir consecuencias.
El argentino despotrica contra todo, pero si puede, se aprovecha de lo que le ofrezca su adversario, sea persona, grupo, o país.
Es falso, hace como el tero, pone los huevos en un lado y grita en otro para despistar.
Adolece de autenticidad, y cuando por fortuna deja de ser pobre o clase media, se vuelve un nuevo rico insoportable, con lo cual pone en evidencia su mediocridad.
Ser argentino es una tarea que requiere un trabajo de veinticuatro horas para mantener alineadas las dos o más caras de su personalidad.
Vive de ideales; cree ser de izquierda mientras vive de derecha.
Es hipócrita.
Ya ganado por un populismo nefasto, producto del aumento indiscriminado de la población más ignorante y limitada en todo sentido, se acentúan aún más los males genéticos, fundacionales.
La educación está en caída vertiginosa y para colmo de males se cumplen las palabras de Discépolo: Lo mismo un burro que un gran profesor……/ todo es igual, nada es mejor….
Ser argentino es un dolor que “se lleva en el costado, sin palabra, ni grito” parafraseando al poeta Leopoldo Marechal.
Se sufre ser argentino, si se tiene conciencia, y se ve la vertiginosa caída moral, ética, democrática y republicana. Son sólo palabras vacías de contenido.
Los argentinos son astutos para manipular las palabras y usarlas en relatos y discursos encendidos -emocionales, como decía al comienzo- puesto que sabe que esa condición es propia de sus congéneres.
La conciencia produce impotencia.
La conciencia nos deja solos ante la devastación.
Nuestro país, en el que viven los argentinos, está como luego de una larga inundación: mientras más bajan las aguas, más se pronuncia y muestra el desastre.
El mayor desastre es la naturaleza argentina; la conducta de los argentinos, la moral de los argentinos; si eso no cambia, todo es cartón pintado.

Seguro que al terminar de leer esta nota usted se considerará la excepción:
Le tengo un secreto: todos los argentinos consideran lo mismo.
Pero no se preocupe: hay excepciones, no tantas como uno quisiera, pero podrían alcanzar para transformar o CAMBIAR este hermoso país.
José Luis Thomas

viernes, 27 de mayo de 2016

Lo que pasa y nosotros ¿Somos activos o pasivos? Nota Publicada en Notiserrano 150

Lo que pasa y nosotros
¿Somos activos o pasivos?
Por José Luis Thomas

Pasan muchas cosas en nuestro país; más de las que podemos asimilar. Noticias, más noticias que se suman y no dan tregua. La mayoría opta por desentenderse para poder seguir adelante, me pregunto ¿es eso lo que hay que hacer? Por el hecho de desentendernos ¿las cosas cambian? ¿cerrar los ojos es suficiente para que lo malo desaparezca? ¿es preferible ver o no ver? ¿hay que involucrarse o dejar pasar? ¿dónde está el límite de la identidad?
Es difícil responder desde la totalidad, o desde una solución lo más abarcativa posible, por eso, elijo hacerlo desde mí;  mi experiencia, que involucra, por otro lado, mi cintura, es decir mi capacidad  para enfrentar lo que es. Cada uno tiene una dimensión de cintura. Eso sí, todos somos argentinos, por nacimiento, por elección o por accidente permanente o temporario; lo que hace uno, repercute en los demás, aunque no lo veamos.
Pero no quiero apartarme de mi decisión de hablar de mí.
Soy argentino, tengo 62 años, tengo una vida, soy una persona, por lo tanto puedo elegir cómo ser y cómo vivir, lo cual involucra deberes y responsabilidades. Soy parte de la sociedad y lo que digo y hago está circunscripto por esos dos valores fundamentales dentro del ser ético y moral: el deber y la responsabilidad.
Puedo hacer lo que quiero; es decir, puedo avenirme a las reglas y respetarlas o ser trasgresor; las dos opciones tienen validez para vivir en sociedad, el tema es: ¿cómo vivo? y ¿cómo lo hago en relación a los demás? Hasta dónde el respeto y hasta dónde, cómo y cuando la transgresión.
Y al mismo tiempo soy un ser libre y autónomo, puedo elegir cada cosa que digo y hago, siempre dentro de esos dos caminos: dentro o fuera del orden.
Pero no todo es blanco o negro, las dos posturas se tiñen de gris cuando la vida nos pone ante situaciones que requieren una respuesta vital.
Y dentro de este sistema binario, puedo elegir ser pasivo o activo; es decir, hacer o dejar que otros hagan, lo cual nuevamente me pone ante la disyuntiva de ser coherente con los resultados.
Yo elijo y elegí siempre ser activo, es decir comprometerme con la realidad en el marco de mi naturaleza y mi profesión ¿qué quiero decir con esto? Que tengo límites: no impulso la violencia, no adhiero a los enfrentamientos belicosos en ningún sentido; no avalo las guerras, ni los totalitarismos; no suscribo nada que sea populista, ni comparto ideales o acciones fascistas, neonazis o fundamentalistas.
Puesto esto en claro, en el ejercicio de mi naturaleza activa, hago algunas cosas o acciones propias de quienes tenemos ésa dinámica: voy al frente, digo lo que considero que debo decir sin temor a represalias, utilizo mi pensamiento y mis conocimientos profesionales para aportar desde ellos, conceptos o filosofías tendientes a elevar el nivel de información de mis congéneres y acercar, por medio de la palabra, claridades, que a veces, no son vistas por las mayorías o por quienes en su condición de pasivos, no han podido o no se atreven a  discernir.
Utilizo la “asociación” de ideas, conceptos y fundamentos históricos, para evaluar la realidad y realizar de manera espontánea un relevamiento que me permita inferir de los hechos, aquellos comportamientos y acciones permanentes dentro de las variables relativas del accionar político y social.  Mi naturaleza activa, que por otro lado cultivo con placer, tiene una funcionalidad de radar alerta que me permite ver la realidad sin dejarme atrapar por ideales, emociones, sentimientos religiosos o motivaciones de índole costumbrista; puesto que la vida es una energía en constante cambio; pero el ser humano, por muchos motivos, permanece anclado en ciertas determinaciones que lo descalifican para seguir ese movimiento natural del universo; por eso vemos que a los largo de su extensa historia en el planeta, aún pelea y sufre por las mismas cosas. Nada ha cambiado en su naturaleza básica e instintiva: amor, odio, violencia, envidia, gula, avaricia, lujuria, entre otras, las sigue ejerciendo con la particularidad de haber sofisticado sus mecanismos de ejecución. Es notorio que en el curso del tiempo en el que todo parece repetirse, porque no ha evolucionado hacia coordenadas superiores, no haya aprendido a utilizar la libertad para liberarse de esos atavismos fatuos.
Todavía no aprendió que los cambios son individuales y de conciencia. Aún espera que las transformaciones fundamentales vengan de afuera, de líderes, organizaciones, revoluciones, religiones, etc. En lugar de volver a su interior, a la observación de su propia naturaleza y conductas –asociarlas al resto de los mortales, a los que juzga y de quienes se despega comparándose– y realizar una verdadera y fundamental trasformación de conciencia: ya que así como es su pensamiento, es su vida; los sucesos que la avalan y las relaciones con los demás.
La acción individual, el aporte personal a las problemáticas socio-políticas, convertidas en actos y conductas referenciales, sin dudas funciona como disparador y despertador de otras conciencias sumidas en la impotencia, la desvalorización y los determinismos culturales que le impiden pensar por sí mismo.
El temor es parte de ese engranaje fatal para vivir vidas íntegras. Es más fuerte el fantasma del temor de lo por venir, que lo que en verdad sucede cuando nos atrevemos a tomar las riendas de la propia vida y llevarla adelante con determinación y autenticidad, y será esa imagen misma la que refrendará con su energía los espacios y situaciones donde nos toque actuar. Ésa es la energía transformadora que se da sin palabras, sin necesidad de pertenecer a ningún credo o agrupación anclada en alguna ideología; ese compartir con sencillez, por medio de actos claros, espontáneos, auténticos y libres, hace contacto con la energía de los demás y les aporta una luz en el camino hacia la propia transformación.
Todo lo demás, grupos, organizaciones creadas para el bien, son espejismos que terminan por ceder a la explosión de la naturaleza desconocida e incontrolada de sus integrantes y a la larga pierden fuerza y se diluyen en la contundencia de la conducta humana instintiva, permisiva, sensual  e ignorante de sus propias debilidades, aunque crea manejarlas con viveza, terminan por despojarlo de todo lo que no tiene asidero en la esencia sutil.
Pero cuando el ser se vuelve una luz para sí mismo y es honesto y está atento a su relación con la realidad cambiante de instante en instante, se convierte en una fortaleza y un faro sólido y cierto, no sólo para sí, sino para toda la vida y los seres con los que comparte la experiencia de vivir. Sin dudas cuando se llega a esta convicción se sabe cómo responder a las preguntas que dieron inicio a esta reflexión y se diluye el ego en la totalidad, en el bien común, en sintonía con la vida toda.

José Luis Thomas

viernes, 27 de noviembre de 2015

Nota publicada en Notiserrano 146; Transformación, cambio, conciencia despierta

Transformación, cambio, conciencia despierta

Los cambios que afectan a las sociedades son individuales

Por José Luis Thomas

Por estos días de campañas políticas y de una fuerte diversidad de opiniones, hemos participado de una verdadera puesta en escena de la naturaleza humana.
Hemos visto, oído y compartido con personajes muy distintos. Se polarizó la opinión y algunos la manifestaron abiertamente y otros, como siempre sucede, estuvieron agazapados esperando para ver hacia dónde se inclinan las aguas, para expresarse luego. Esto es como decir que algunos trabajan y otros viven del trabajo ajeno.
Estamos un poco hartos de toda esta parafernalia política, de escuchar a los candidatos, sobre todo en un año que se caracterizó por tener varias elecciones.
Pero como bien sabemos “todo pasa”, pasa lo bueno y pasa lo malo. En la gran marea cósmica, la conducta humana que caracteriza estos tiempos también pasará, aunque lo esté haciendo en forma imperceptible.
Lo interesante no es la conducta social, sino la conducta individual, que es la que en definitiva conforma el estado social. A ése estado de conciencia es al que debemos apelar para esa transformación soñada. Sólo el profundo diálogo con el ser interior, es lo que hará la diferencia. Ese cambio, no es resultado de la suma de conocimientos, sino por el contrario, de la resta; es decir, del vaciado de los contenidos que determinan una forma de pensamiento, ese arrastre de conceptos cerrados que impiden el paso de la luz,  para alcanzar visiones de “lo nuevo”. Este proceso no es una receta para ser aplicada en forma masiva; es lo que llamaríamos: un despertar de conciencia, de haber llegado al fondo y desde allí repicar para volver a la superficie transformados por la renovación del pensamiento. Esto no es nuevo: ya lo decía San Pablo en su epístola a los romanos (12:2): “transformaos por la renovación de vuestra mente”.
Este despertar significa muchas cosas: comprender nuestro lugar en la infinitud del espacio tiempo del que somos parte y esencia. Comprender esa dimensión inconmensurable debería servir para que el ser, la persona humana, comprenda que la materia no es la “gran hacedora” sino el resultado de las formas sutiles que devienen de ese proceso infinito que es el pensamiento cuando tomamos conciencia. La conciencia es el espacio en el que se mueve el pensamiento.
Vemos por estos días, “la locura del poder”, de los que por escasos años (porque siempre son escasos ante la dimensión universal del tiempo) han creído ser indestructibles y se han abarrotado “de confort”  en detrimento de la mayoría del pueblo, en la que los partidarios sostienen ese devaneo y esa afrenta, en la “inocente creencia de estar defendiendo ideales”, que el poder utiliza para alcanzar impunidad y más tiempo en el abuso de sus potestades. Vemos, decía, cómo se está desmaterializando, y pierde fuerza  ante el avance de una conciencia que no viene de la materia, sino de la transformación del pensamiento; que no tiene, peso, ni color, ni aroma, ni forma, pero que sin embargo cambia los procesos por los cuales comprendemos la realidad.
Hemos visto y vemos, la pasión; algunos la enarbolan en defensa de bienes que involucran a todos en forma objetiva e independiente, sin buscar privilegios personales; y otros, en cambio, llenan la pasión con resentimiento, con ceguera que les impide ver las diferencias, están pegados al pasado desde el que juzgan el presente, y por ende no pueden ver lo que emerge, lo nuevo, lo renovado, lo que es parte de una comprensión libre de ego.
Las pasiones que adhieren a líderes vivos fanáticos o a líderes muertos, pertenece a seres que no han evolucionado, que quedaron pegados a un pasado, que como todo pasado, no existe. La vida es cambio constante, renovación permanente y esa mutación es producto del amor, es decir de una fuerza que no está atada al rencor, ni al resentimiento, ni a la venganza, sino a la vida y toda vida es ahora y aquí, en presente.
Los seres que se dejan llevar por el miedo, son hojarasca que arde y se consume en su propia ignorancia; una ignorancia emocional (no estoy hablando de ignorancia intelectual) como ya dije, toda mente que no renueva sus aguas, se estanca y mata toda vida.
Los que adhieren sólo a líderes o ideales que no plantean idea de conjunto, están cegados por la necesidad de que alguien o algo los conduzca; han perdido o nunca han descubierto la posibilidad de ser “Una luz para sí mismos” es decir: seres que se transforman porque están despiertos y permiten que la vida los inunde y les muestre el camino de la evolución y el cambio.
Claro, que para estar despierto y ver lo que es, debemos tener una conciencia universal, no egocéntrica, ni adoctrinada; debemos estar despojados de los deslumbramientos que produce el encandilamiento material, como si este pudiera ser determinante de los procesos reales de la continuidad de la vida.
Para no caer en una visón sólo teórica, miremos la historia. En ella aparecen civilizaciones y personajes en todo el mundo, desde la aparición del primer hombre, cuyas místicas dejaron paso a otras y a otros y así ad infinitum.
Hay momentos (algunos parecen muy largos y más si a uno le toca vivir durante su manifestación) que ponen en escena a personajes que llevan adelante la “luz o la oscuridad de la mayoría); no surgen porque sí, expresan esa conciencia popular, que a medida que se manifiesta en los procederes externos del líder y sus secuaces, “comienza a reconocer su propia conducta” y nuevamente cambia y deja de sostener el andamiaje que mantiene a esos sujetos en el poder.
Las transformaciones individuales son las que se vuelven sociales, por eso es tan importante apuntar a esos despertares desde una concientización, no basada en palabras, ni en ideales, sino en conductas; “lo que nos transforma es sentir el cambio en la coherencia de quienes, libres de ataduras basadas en el pasado, dejan que sus mentes y sus conciencias capten los cambios, y se sincronicen con lo que muta de instante en instante, aunque nos parezca que todo está igual”.
José Luis Thomas