viernes, 29 de abril de 2011

Nota aparecida en Notiserrano 112

Cambiar
el punto de vista

No mirar desde el ego, para “VER” lo que en verdad “ES”.

Si miramos el mundo desde adentro nos creemos poderosos, pero si lo miramos desde afuera, desde el universo, somos apenas un pixel; sin embargo la conciencia de esta dimensión es casi nula. La actitud humana frente a esta realidad encierra más soberbia que comprensión. El hombre se ve a sí mismo desde su obra inteligente y olvida su estado natural que debiera estar integrado y en mutua correspondencia con la naturaleza.
La inteligencia es maravillosa, pero tiene, como todo, dos lados, dos posibilidades; puede crear o destruir; generar bienestar sin interferir con los demás reinos o maltratar el sistema que da origen a la vida. Como hablamos de mega dimensiones, que escapan a la conciencia ordinaria, y como todo lo que se tiene en demasía, pierde valor, lo malversamos.
Sólo paramos la actitud destructiva cuando vemos afectado nuestro micro mundo. Ese íntimo espacio personal en el que nos movemos separándonos del resto y creyendo que “todo lo demás” debe estar a nuestro servicio para utilizarlo a destajo.
Vivimos en un estado casi psicótico, que está tan asumido por el conjunto que nos parece normal. O mejor dicho hemos subido el límite de lo irrazonable en forma tácita para continuar depredando sin sentirnos culpables o autodiscriminarnos por enfermos.
Todo se hace sin conciencia de consecuencia; somos atropellados por nuestros propios deseos que jamás encuentran satisfacción y actúan siguiendo la generalidad en la presuposición de que si los demás lo hacen debe estar bien o, por el contrario, no queremos quedar excluidos del sistema y continuamos destruyendo, a pesar de saber que nos dirigimos a la destrucción. Y esto es grave; es un signo de enfermedad mental seria: nos autodestruimos a sabiendas de lo que significa.
Estamos anestesiados; hemos perdido el sensor natural, los valores de la intuición; siempre tenemos un “pero” que nos auto engaña para continuar haciendo lo que sabemos que no debemos hacer.
Los logros tecnológicos han deteriorado el sentido de la vida introduciendo la idea de “todopoderosos”; la supremacía de la evolución material como consecuencia de la inteligencia artificial, descalifica la incomparable importancia de la inteligencia emocional que se alinea con el circuito total de la vida en el planeta. Es la inteligencia que parte de la conciencia del propio ser en situación accionando en relación al resto e incluyéndose como parte del todo, del que luego vuelven las reacciones.
El “tener” se sobrevalora en desmedro del “ser” y el “hacer” y cuando se “Hace” es desde un criterio puramente material imponiendo el reflejo pasajero que estimula los sentidos y que no puede bajar su umbral de frustración por lo que pide sin cesar más y más. Quedar atrapado en su juego invalida todos los canales de sentir naturalmente como “humano”, es decir “sensible”. Darnos cuenta de que lo deseado se vuelve insatisfactorio, nos neurotiza, porque nos vemos obligados a querer “más”, sabiendo que no ha de satisfacernos.
Detenerse, silencio, sobriedad, conciencia de satisfacción, austeridad, compresión, compasión, amor, solidaridad, son estados, que el hombre no quiere sentir, porque todos ellos implican asumir-se como entidades finitas que deben auto regularse equilibrando su funcionalidad con todo lo que lo rodea y esto significa trabajar en forma consciente sin esperar nada.
El hombre espera del afuera, de la tecnología, de la ciencia “esa fórmula mágica” que le evite hacerse cargo de sí mismo y sentir la vida como algo vivo en constante fluir, en una suerte de ciclos, que van de un polo a otro; tener conciencia de sí propio, significa detenerse mientras se contempla sin apasionamiento, cómo todo pasa y se diluye, siempre y cuando no pretendamos apoderarnos de él. Así lo bueno y lo malo pasarán.
La tierra se está manifestando. Japón nos ha dado un ejemplo extraordinario; seguramente ya lo hemos olvidado; pero la tierra no.
Japón, primer mundo, la vida aparentemente resuelta, para caer en la cuenta de que son “nada”, tienen “nada” .
Lo único que en verdad poseemos es lo que damos; es lo que somos, no en su estado material, sino en el espiritual. Los valores que cuentan para “estar feliz” son: el presente, el amor, la comprensión, el perdón, la compasión, y no interferir con los deseos en la ruta, que de instante en instante nos marca el camino.

José Luis Thomas

miércoles, 26 de enero de 2011

Trabajar por el bien común

Nota publicada en Notiserrano 110

Revisemos este ideal para hacerlo practicable

Trabajar por el bien común ¿qué significa? Seguramente lo hemos escuchado muchas veces, pensando que es algo que “tiene que hacer el otro”, o sea esa persona desconocida a la que consideramos la sociedad y a la que responsabilizamos por todo lo malo que nos ocurre; sólo que no nos damos por aludidos y no nos damos cuenta que “esos otros” somos nosotros, para los demás.
Relacionemos palabras: Común-comunidad-comuna (en caso de las pequeñas poblaciones), municipalidad, gobernación, presidencia… dejémoslo ahí. Didácticamente iremos de lo pequeño a lo lejano, lo grande, lo que se nos hace más abstracto, más difícil de reconocer. Por eso comenzamos por lo chiquito, cercano; yo-uno, comunidad en la que me desenvuelvo.
Los seres humanos estamos muy desatentos y nos dejamos arrebatar por los sentidos y deslumbrados por el avance tecnológico y científico que nos permite sofisticar la vida, perdemos el contacto con lo esencial, con la naturaleza del camino, que es la vida que cada uno tiene que vivir. Y he ahí el comienzo de todos los problemas. Nos creemos omnipotentes, el ego nos impide ver la naturaleza exacta de las cosas del vivir. Nos volvemos torpes, nos apegamos a todo lo que nos da alguna idea de seguridad –y fijaos que digo “idea”-“ideal” dos conceptos que remiten a “lo que no existe” a lo que no es real, a lo que “no tiene contento en sí mismo y cada vez demanda más para mantenernos en un nivel de (otra vez la palabra) “idea”, de felicidad que se nos escapa. Y se nos escapará siempre porque partimos impulsados por los deseos que no tienen umbral de frustración, es decir siempre quieren más y nunca ven lo que sí tienen. Tener ideales, ideas nos tranquiliza la conciencia, pero en el ahora y aquí donde tenemos que poner en práctica esas teorías que nos llenan de orgullo, se nos quema el libreto.
Volvamos entonces a eso del bien común; nos situamos en nuestra comunidad; ese espacio que elegimos para vivir porque cuando lo vimos por primera vez nos permitió gozar la armonía de la naturaleza en su despliegue auténtico donde, el aire, las plantas, los animales silvestres, el silencio hacían propicia nuestra realización en busca de paz y armonía; lejos de aquello de lo que huíamos, la gran ciudad, el ruido, la inseguridad entre otras cosas; pero claro, no es lo mismo “huir de algo” que “cambiar interiormente”; cuando se huye guiado por los sentidos jineteados por los deseos de “tener” siempre se llegará a la infelicidad. No se pude huir de nada, hay que enfrentar lo que el camino propone, porque lo que está afuera es un espejo de lo que tenemos adentro, en nuestra mente, en nuestros corazones; a través de las relaciones aprendemos a conocernos, y en el campo de la realidad resolvemos lo que nos molesta; pero para eso hay que verlo y aceptarlo.
La aceptación es la base fundamental de todo cambio; y a partir de allí con el desapego de (no sólo lo material, como se piensa en primer término) sino de odios, resentimientos, ideas de poder, conceptos obsoletos, dogmas inútiles, practicas que han perdido todo sentido, entre otras cosas; puesto que todo es relativo y la vida cambia de instante en instante, podemos encontrarnos con eso que somos.
Trabajar por el bien común es en primer término reconocer que uno es parte del todo; que para que la armonía reine debemos aceptar al otro como parte de lo que somos. Trabajar por el bien común es dialogar, no discriminar, establecer objetivamente lo que consideramos que ha de contribuir al “bien común”, pero antes tenemos que discriminar “qué consideramos bien común”; si por ejemplo: unos quieren ruido y los otros silencio, son dos posturas antagónicas, que deberemos resolver entre todos en pos de ese bien común.
El ruido está aliado a comercio, desarrollo indiscrimando, adulteración de los espacios públicos, desestimación de la naturaleza del lugar en su sentido original al que se llegó por considerarlo especial; proliferación de artificios que impresionen los sentidos buscando atraer la atención de los que no pueden estar a solas consigo mismos y necesitan aturdirse para acallar las voces internas, los miedos, las frustraciones, las faltas de aceptación de lo que se es, las miserias personales, entre otros aspectos aunque todo esto suele esconderse tras la fachada de la “importancia del desarrollo y vivir la vida a pleno”.
El silencio está aliado con una necesidad de ser parte integral de “lo que es” en armonía con la naturaleza. Búsqueda de lo que nos relaciona con la paz, el amor, la comprensión, el respeto por los reinos con los que compartimos la vida y la valoración de la posibilidad de escuchar lo que no tiene sonido, lo que se manifiesta a través del silencio, pero que trae las más significativas revelaciones.
Y esto no es sectario ni religioso ni gregario; es sólo coherencia entre lo que se siente, se piensa se dice y se hace. El lugar elegido para vivir es parte de esos valores y debemos conservarlo como tal.
Las necesidades se han mezclado o se han ido mezclando sin que hiciéramos nada para armonizarlas —igual estamos a tiempo, siempre se está a tiempo— hay que tomar conciencia, dejar de lado el ego, el deslumbramiento que producen los sentidos al creer que podemos arremeter contra todo, y reconocer que nuestra felicidad depende “no, de lo que tenemos” sino “de lo que somos” y que no se alcanza la felicidad sumando objetos, condecoraciones, alabanzas; la felicidad sobreviene de instante en instante al darnos cuenta del presente como único tiempo para realizar el equilibrio de vivir (y no sólo en los velorios, ante la exquisita presencia de la muerte que pone todo en su justo lugar y nos reduce de tal manera que por un instante nos hacemos conscientes de lo inútil de luchar; lo absurdo de tratar de imponer lo que los deseos y sentidos muestran como verdadero).
Trabajar por el bien común es reconocer que tenemos que establecer reglas claras y cumplirlas y sobre todo decidir qué queremos; qué clase de comunidad queremos tener; qué país nos parece podrá contener la multiplicidad de etnias que nos conforman puesto que vivimos acá, y usufructuamos lo que esta naturaleza nos brinda generosamente y sobre todo, claro, no ser egoístas; no dividirnos por medio del pensamiento y las ideas antagónicas. Y la mejor manera es comenzar por uno mismo; por el entorno más inmediato, la casa, el hogar, la familia, los amigos. Establecer lazos auténticos, valorar el servicio, la solidaridad, la comprensión, el amor.
Si esto no es así; seguiremos caminando por el fondo, esperando que alguien haga algo (y en este país hemos tenidos muchos de esos “alguien”, pero como podemos ver, esos egos, esas voluntades no construyeron un país sólido, unificado, hermanado, solidario; es fácil de ver cómo estamos unos contra otros, aunque nos sonriamos y nos demos la mano; andamos con el cuchillo bajo el poncho, y no hablo de las altas esferas con las bajas; hablo del llano, donde esta el pueblo haciéndose porquerías entre sí .
Y para terminar quiero decir que hay lugar para todos y para cada necesidad. Hay ciudades y pueblos comerciales, ruidosos, llenos de todo lo que puede sobornar los sentidos en la falsa creencia de que eso es vida, energía, felicidad; los que desean ese tipo de vida pueden llevarla a cabo sin molestarse entre sí, porque todos quieren lo mismo.
Luego hay poblados pequeños, villas residenciales, cuya única solvencia es el silencio, la majestad de los verdes, los espacios serenos para gente que sólo pretende estar en armonía con la naturaleza. Estos poblados no son adecuados para quienes desean vida agitada, tener un comercio y vivir de él; deben escoger el poblado anterior y dejar en paz a los que han elegido otra forma de vida.
Para unos el progreso es vida y para otros lo es el transcurrir dejando a la naturaleza hacer todo a su tiempo y ritmo.
Trabajar por el bien común es reconocer estas diferencias y respetarlas, no invadirnos mutuamente.

José Luis Thomas

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ay!!! con eso de quedarse pegado y no cambiar... “uno”...

(aunque nos parece importante que cambien los demás!!!!!)

Nota publicada en Notiserrano 109

La generalidad se queda pegada a sus conceptos sobre los diversos temas o creencias que adquirieran alguna vez en su vida, ya sea por desidia para pensar de otra manera; quizás por temor a ver las cosas de un modo diferente o por temor a quedarse sin sus queridas ideas, aún cuando éstas estén perimidas.
Ver la realidad es despojarse de los conceptos y preconceptos que fuimos adquiriendo a lo largo de la vida por imposición, comodidad, conveniencia, autoritarismo o cualquiera de las formalidades conceptuales o de hecho que solemos asumir como absolutas.
Todo es relativo. Todo cambia. Nada permanece; aún lo que más amamos o aquello a lo que nos aferramos como “idea” que pareciera darle sentido al mundo en el que nos enseñaron a padecer y a gozar, en virtud de creer en algo diferente de lo que es y por lo cual nos pasamos al vida esperando. En ese esperar macilento, multifacético y nauseabundo se nos va la existencia. Le hemos dado al pensamiento una rigidez nefasta.
Vivimos en tropel; tal cual el término que define el paso de animales de gran porte; somos puro instinto básico egoísta, aún cuando seamos grandes profesionales que se supone aprendieron a pensar. No hay intelectualismo que valga ante la idea del ego amenazado. No le damos valor a la inteligencia emocional.
Nos encanta llenarnos la boca hablando de la justicia social; de beneficiar a la humanidad, pero siempre desde afuera; desde alguna entidad gubernamental o privada que nos evite el esfuerzo personal de tener que asumir nuestra responsabilidad personal; individual, que involucra asumir al otro como parte de uno mismo. ¡Si claro! Si es de nuestra familia quizás estemos más dispuestos a sumir al otro! Pero jamás consideramos al anónimo parte integral de nosotros mismos. Que de ellos se haga cargo algún organismo oficial. Pero hete aquí que ese es el comienzo de todas las desventuras sociales, los desatinos, la guerras, los holocaustos; cuando nos desentendemos de nuestra interioridades y su manifestaciones conductales (de conducta) que son las que interactúan con los demás congéneres.
Las guerras no son algo lejano generado por las diferencias de dos o más países; las guerras son una actividad constante surgida de nuestros egoísmos y diferentes posturas personales que nos dividen constantemente en todos los sentidos; políticos, sociales y religiosos. Así en lo micro como en lo macro. Toda gran guerra comienza en las divisiones y en la discapacidad para dejar de lado los egos en pos del bien común.
Siempre esperamos que cambien los demás, que “entiendan los otros” “que aprendan los otros”; considerando siempre a “los otros” como entidades separadas de nosotros; como si esos “otros” no vinieran de la misma madriguera cultural en la que abrevamos cada uno. Creemos que “el otro” es quien debe cambiar; modificar sus hábitos, sus creencias, sus posiciones esperando que de esa manera se nos faciliten las propias consecuencias del vivir.
Todo organismo, asociación, oficial o privada, está formada por la miserable unión de las voluntades particulares. Y ese grupejo está integrado por seres egoístas, es decir por personas apegadas a sus ínfimas ideas sobre las cosas del vivir, así tendremos resultados parciales que jamás contribuirán a cambiar la naturaleza humana.
El gran trabajo de cambio es con uno mismo; “darse cuenta” de lo que uno es, de lo que uno piensa, de lo que uno siente, de cómo actúa cada vez frente a los diversos juegos del relacionarse entre los congéneres. Y si nos cuesta darnos cuenta cómo somos; no tenemos más que mirar el propio reflejo en los demás; esos seres con los que entablamos relaciones y que reaccionan de acuerdo a los estímulos que reciben de nosotros.
No hay necesidad de hacer grandes esfuerzos; ni de meterse en agrupaciones filantrópicas o religiosas que a la postre se convierten en sectores de poder corruptos; hay que trabajar con uno mismo, dar y compartir lo mejor, luego de haber tomado conciencia de las bajezas personales “esas que siempre tenemos en algún espacio de nuestra naturaleza cubierto con vidrios polarizados”.
Hoy, ahora y aquí, tenemos y estamos relacionados con nuestros deberes y obligaciones; en cada instante nos enfrentamos a los posibles modos de hacer de la realidad un espacio donde el amor y la comprensión fluyan libres de todo control mental sujeto a conveniencias.
Pero si no estamos dispuestos a cambiar en lo individual; no pidamos que el cambio venga desde afuera, ni que los gobiernos hagan algo distinto de los que somos en pequeño espacio cotidiano; puesto que “todos los partidos políticos; las derechas, las izquierdas y los centros con todas sus variables ocasionales y convenientes; están integradas por individualidades que no están dispuestos a cambiar; es decir nosotros, cada uno de nosotros. Los que integran los gobiernos salieron de entre nosotros; por lo tanto no pueden ser diferentes.
No esperemos milagros: miremos la historia de la humanidad; su evolución material; el pensamiento es un proceso material; nos hemos sofisticado en todas la áreas del devenir intelectual; sin embargo; el mundo cruje; atentamos contra la ecología; malversamos los fondos que podrían erradicar el hambre del mundo; manipulamos la medicina que debería ser para todos, puesto que se supone que descubrir la cura de alguna enfermedad es para los humanos que habitamos la tierra, sin embargo hacemos el comercio más vil; dividimos nuestro pensamiento y sentimiento religioso poniendo a Dios mismo en la arbitrariedad de dividirse para satisfacer los fanatismos y contradicciones de religiones materialistas que devienen en fuentes de poder malsano. Hacemos la guerra por todo. Estamos aún atrincherados en las fronteras de nuestros países.
Seguimos esperando que algún iluminado nos resuelva el problema de vivir; no queremos hacer el esfuerzo individual de cambiar. Si no cambia nuestra manera de pensar y sentir, jamás cambiará el entorno.
Sé, que parece loco, descabellado esto que digo; porque lo primero es pensar y preguntar ¿cómo va a cambiar lo que pasa en el mundo, con mi pequeño cambio personal? Y es justamente esta idea plantada la que nos impide sumar las voluntades para el cambio total.
Ahora pregunto ¿es que el mundo ha cambiado sustancialmente desde que comenzó la vida en la tierra? NO, seguimos igual que en el pasado; llenos de egoísmo, discriminación, avaricia, bajos instintos, desidia moral y material, divididos por el pensamiento religioso y político.
El cambio individual modifica instantáneamente la apreciación ontológica de nuestra ubicación en este mundo; nos pone en sintonía con el “otro” como parte integral de uno mismo. Asume que uno está hecho con los mismos elementos químicos que la tierra y el universo; por lo tanto se los mira como parte de uno y se comienza a amarlos y cuidarlos porque en definitiva somos iguales. Se deja de esperar que los demás decidan cambiar y es uno el que modifica sus conductas y reacciones que son las que desencadenan desencuentros y propenden a procrear facciones. Uno se libera de uno mismo, de la carga de creer que se es especial. Natural y espontáneamente se comienza a trabajar por la unidad. Se descubre la naturaleza del amor y la comprensión; se aflojan tensiones; se tiene en cuenta “lo que es” no se espera por “lo que debería ser “ o “lo quisiéramos que fuera” y en ese proceso de aceptación de la realidad como una creación propia se deja de echarle la culpa a los demás de lo que somos y de lo que nos pasa. Y esto da una gran paz. El “ser” deja de basarse en “el tener” y descubre la maravilla del “hacer”. Cuando se deja de “esperar”, de responder a lo que se espera de uno, es que se descubre el valor incalculable de “la autenticidad” y se comienza “a ser como se es” naturalmente, sin imposiciones ni demandas.
Dentro de cada uno están las preguntas y las respuestas. No las busquemos afuera porque nos llegarán distorsionadas; pasadas por la interpretación inductiva de quien la da.

José Luis Thomas

miércoles, 20 de octubre de 2010

José Luis Thomas en el Museo Gabriel Dubois






Por el borde de la forma; unipersonal de José Luis Thomas.
Convocado por la Alianza Francesa y Cultura de la Municipalidad de Alta Gracia realizó el primer acto cultural en el recientemente inaugurado Museo Gabriel Dubois.
Thomas leyó textos de
Rainer María Rilke de su libro Les Roses, en francés y castellano ; bailó Gnossiennes de Erik Satie y para finalizar leyó poemas de Norberto García Yudé, Norma Arceguet y propios.

El espectáculo se llevó a cabo en la sala taller del Museo. Se creó un clima tan especial entre Thomas y el público que se podría decir que el espacio estaba colmado de duendes.


Las fotografías fueron tomadas por Betina Chiacchio

Y los amigos que acompañan a Thomas por orden son:

Luis Hourgras, detrás Mené Carignani; al lado Betty Rossi

Patricia González, Teresa Del Cerro

Mené Carignani, Norma Arceguet, Isabel Orallo

B.Rossi, Teresa Del Cerro, Norberto García Yudé, Carlos Ponti y Patricia González

Giselle Acoce

Luis Hourgras, B.Rossi

Poyrazian, Guido Faoro, Norberto García Yudé

Cristina Mazzuco, Augusto Piccon, Víctor Piccon

Los Bussolini de Bell Ville

El grupo en general




















lunes, 27 de septiembre de 2010

La importancia de amar

La importancia de amar
y comprender
a quienes piensan distinto
(desde el lado de los discriminados) ¿es que hay
dos lados?
(Publicado en Notiserrano Nº 108)

Cuando uno encasilla su pensamiento en una determinada corriente, deja de percibir las otras, simultáneas e igualmente verdaderas para quienes las adoptan. Lo que desde el vamos nos está indicando que somos todos diferentes.
Elijo tratar el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo o lo que sería parecido, que han convivido durante una determinada cantidad de años; han realizado sus vidas al unísono y han trabajado codo a codo para hacerse un espacio en este mundo.
Ahora bien, partamos desde el comienzo. Un universo; en él la tierra y dentro de ella todas las especies que la habitan. Una de ellas: los humanos. Hasta el presente no hay noticias ciertas de otros seres inteligentes.
Los humanos como algunas de las otras especies que habitan la tierra han sido creadas macho y hembra para procrear y permitir que la especie continúe su evolución (cosa que no está cumplida; puesto que los humanos parecen estancados repitiendo errores) o lo que sería algo parecido sobreviviendo. Pero este no es el tema principal; la cuestión es la diversidad que la naturaleza propone en el marco de esos dos géneros.
Por un lado la especie se reproduce con el apareamiento de un macho con una hembra; luego existen las necesidades físico-psíquicas que permiten al ser humano armonizarse con la totalidad de la vida. Y para que esta armonía se lleve a cabo debe existir un sensor natural que regule esas necesidades. Ejemplo: comer, beber, tener sexo o placer sexual; todo esto es independiente del tema de la reproducción; integra el complejo de aspectos que permiten el desarrollo armónico de la existencia; sin caer en excesos o faltas.
Nacemos dotados de diferentes motivaciones tanto físicas como psíquicas. El problema surge a partir de tener que confrontar esos atributos naturales con “las ideas” “conceptos”, “filosofías”, y “dogmas religiosos” que fueron establecidos por quienes se fueron erigiendo a lo largo de milenios en guardianes de la vida “pero encasillada dentro del marco de sus creencias e intereses particulares” “como si estas fueran una verdad inapelable dándole letra a un Dios creador; creado por ellos mismos. Porque Dios es una entidad creada por el hombre a partir de la complejización de sus niveles intelectuales y luego de descubrir (algunos, como siempre sucede) que era un poder que se podía utilizar para someter a otros. Caben en estos mecanismos el temor, en todos sus aspectos y sobre todo el temor a la muerte. La vida es un gran caos que hay que ordenar de instante en instante.
Si pensamos por un momento en ese “Dios” que es invocado para realizar los deseos particulares de cada quien en el marco de la diferencias que nos separan; llegamos a darnos cuenta que para cumplir ese Dios con los pedidos de sus fieles “mata a unos para salvar a otros” y viceversa; cada uno interpreta la realidad con códigos diferentes y atribuye a Dios lo que el pequeño universo personal le permite comprender. Lo que nos está diciendo que “Dios” y las religiones que lo dogmatizan son relativas puesto que ese mismo Dios único no puede ser tan arbitrario y mezquino. Decimos que este universo tiene que haber sido creado por un ser superior y le damos entidad humana; lo que nos lleva a un error de interpretación y nos aleja de la verdad manifiesta de la expresión inteligente que es la vida misma y que cuando uno se armoniza con ella se fluye en sintonía con toda la naturaleza.
Pero volviendo al tema del matrimonio entre personas del mismo sexo (no me alejé al hablar de Dios puesto que son los fanáticos religiosos encasillados en sus creencias dogmáticas quienes rechazan el tema) no podemos dejar de reconocer que las relaciones son una evidencia. Que todo homosexual “nace de la unión de un hombre con una mujer” ( o lo que sería lo mismo de la unión de un macho con una hembra” y que los único real es “ la persona humana” su capacidad para amar, comprender, respetar, tener equilibrio emocional, no hacer fraudes, corruptelas, malversaciones, lobies, acaparamiento de poder, entre otras cosas; y por lo que se ha visto hasta el presente “éstas no son características propias de los heterosexuales” “los heterosexuales no son “mejor gente que los homosexuales” es más, los violadores de niños y menores son siempre o en su gran mayoría los heterosexuales: Las guerras las organizan los poderes que en su mayoría están integrados por heterosexuales y hasta por hombre fanáticos pertenecientes a diversas religiones.
De lo que se trata fundamentalmente es de respetarnos unos a otros. Sin encasillarnos en preferencias sexuales y por ello estigmatizar a quienes sienten de manera diferente. Todos y cada uno somos distintos de nuestros congéneres. Hemos creado un mundo de apariencias y si por un instante rompemos el velo que nos oculta, salta la verdad no conveniente para esta sociedad que hemos creado.
La base de toda unión humana debe ser el amor. No importa quienes lo sienten; lo importante es sentirlo y compartirlo con los demás.
El matrimonio heterosexual ha demostrado ser deficiente; la familia como célula social prácticamente no existe; en el sentido de estar verdaderamente integrados en la comprensión y el amor. Es más, cada uno anda por su lado y quienes han estado alguna vez casados no quieren repetir la experiencia.
Hay un gran vacío de amor.
Traen niños al mundo como si fuera un deporte o para recibir dádivas del gobierno. Nadie piensa al embarazarse el estado real del mundo donde tendremos guerra por el agua; no hay trabajo y todo está fuera de cauce.
Miles de niños abandonados que nadie adopta o que padecen el infortunio de leyes que complejizan sus adopciones.
Esos niños necesitan de alguien (sin importar su sexualidad) que los ame, los cuide y los eduque. Un ser humano que abra su corazón y le brinde amor y comprensión.
La homosexualidad no se contagia; cuando se habla de elección sexual significa que “cada quien se ha aceptado a sí mismo” y no se autodiscrimina para poder insertarse en la sociedad machista y fascista que padece ceguera absoluta.
Como individuos, independiente de la sexualidad, tenemos las mismas obligaciones y derechos. Trabajar, producir para el país, pagar impuestos; respetar las leyes.
El acto primordial que nos hace humanos por excelencia es el amor y con él, la comprensión; es decir la capacidad de reconocer que “el otro” es uno mismo en una posición diferente.
Cada vez que uno se cierra en una idea, muere un poco: La vida es un continuo que cambia de instante en instante; de ahí que todo es relativo y mudable.
A veces creemos que por permanecer aferrados a una idea que nos fuera transmitida y que adoptamos como válida en un momento determinado de la existencia somos fieles a nosotros mismos; pero toda idea o concepto es la expresión verbal del modo de ver las cosas en un momento específico de la historia; que expresa el nivel de evolución emocional e intelectual de ése tiempo en particular; pero luego la vida, que no se detiene impone modos diferentes de apreciarla. Los encargados de inducir al cambio social son las conductas individuales de aquellos que sienten las diferencias y se superan a sí mismos para integrarse a la ceguera social, sin autodiscriminarse. No de alguien en particular sino como producto de una interacción constante que se produce cuando mantenemos la mente abierta, tanto para dar como para recibir.
Lo que sí debe servirnos como guía es “la virtud” (no en el sentido moral obsoleto) sino tomando el concepto de virtud como la correspondencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos.
Y la guía fundamental para hacer una sociedad sana y creativa es el amor. Si no tenemos amor produciremos una sociedad nefasta, destructiva, mediocre, y carcelaria, aún cuando hagamos coincidir pensamiento palabra y obra ya que la maldad también puede ser una virtud coherente.
Por eso es fácil saber quienes somos; si no sentimos amor; si somos incapaces para comprender, si discriminamos, si no podemos aceptar a los demás como son y si tratamos de imponer nuestras ideas y sentimientos, es porque estamos del lado contrario al amor. Así haremos de nuestra vida y de la vida en general un desierto, un oscuro corredor que ha de conducirnos irremediablemente a la infelicidad y al caos; independiente de lo que pensemos y de la profesión que antepongamos como vidrio polarizado detrás del cual ocultar nuestra verdadera identidad vacía de amor y comprensión hacia el otro, que no es más que uno mismo visto desde su perspectiva.

José Luis Thomas

sábado, 7 de agosto de 2010

Presentación del libro Espérame en Kosovo, vida mía






Pirca Ediciones


presenta en la


Feria del libro de Alta Gracia




El 10 de agosto a las 19 horas, se presentará la nueva novela
de José Luis Thomas: Espérame en Kosovo, vida mía,
en la carpa de presentaciones de la Feria del Libro de Alta Gracia.


Se referirá a la obra el escritor y periodista Norberto García Yudé.

Espérame en Kosovo, vida mía



Nueva novela de José Luis Thomas


Con prólogo de Norberto García Yudé, en esta nueva novela Thomas recrea el entramado de amores y pasiones a lo largo de tres generaciones durante las guerras en Los Balcanes.

Escencialmente antibélica habla de identidad y amor. El pasado y el presente se entremezclan de manera tal que los personajes conviven en lo que pareciera ser una sola guerra. Humana y bella, plantea conflictos y desencuentros que emergen en un juego psicológico profundo y real.

Editado por Pirca Ediciones

200 páginas.