martes, 21 de agosto de 2012

Nota Publicada en Notiserrano 123

Polarizados 

 Discapacidad para integrar las diferencias 

 Por José Luis Thomas 

 A la luz y el fervor de tantos acontecimientos socio-políticos que suceden a diario en nuestro país, uno intenta conocer esta realidad desde un lugar que permita ver “lo que es” despojado de inclinar la balanza en uno u otro sentido. Para tal fin es preciso instalar una capacidad para mirar que vaya de lo general a lo particular –el individuo y su acción- y partiendo de técnicas propias de la didáctica, ir de lo cercano a lo lejano. Ambos aspectos imbricados en la sucesión simultánea del tiempo y las relaciones entre los hombres y las cosas, permite mirar con una visión holística e integradora. Todo tiene dos polos y una infinidad de grados entre ambos, que a medida que nos acercamos a uno lo comenzamos a convertir en el otro y viceversa. Se trataría entonces de pasar por encima de la fluctuación del ritmo constante y vibrar en una longitud de onda que no se quede pegada a ninguno de los extremos. La realidad actual de los argentinos nos impone un país dividido, polarizado, con una creciente discapacidad para integrar las diferencias. Atomizados de tal forma que se pierde la capacidad para revisar la propia actitud, las acciones y los ideales que conforman la realidad a la que respondemos, que no es otra “que la misma que creamos” con nuestros movimientos devenidos, como es natural, de una concepción personal de la vida y de lo que ésta debería ser, o como nos gustaría que nos fuera en ella. El tema es complejo o muy simple, depende, como todo, del lugar en el que nos situemos en esa polaridad constante de todo lo que acontece. ¿De dónde surge la realidad? ¿Qué factores la conforman? La realidad es un conjunto de fenómenos fácticos e ideales que a la velocidad de la luz pasan de uno a otro y muestran una instantánea que con la misma velocidad pasa a otra; sólo que nuestra mente se queda pegada a una de esas muestras y sobre su base construye lo que llama realidad, como si ésta estuviera fija y fuera a permanecer así eternamente; y dependiendo de cómo nos sentimos dentro de esa ilusión, queremos que sea eterna o pase lo más rápido posible. Si nos gusta y nos da placer, la queremos para siempre y la aceptamos, y si por el contrario nos disgusta y nos hace sentir mal, intentamos alejarla. Hay sectores de la población, en su mayoría conformados por “los que no tienen nada que perder, a los que les place recibir no importa de dónde ni a qué costo” y otros que ven peligrar sus conquistas personales a fuerza de trabajo por medidas que, en su concepción podrán ser loables pero que son aplicadas en forma abusiva y arbitraria por -y esto es lo peligroso (siempre para los afectados, los otros están en su nube)- sujetos que responden casi fanáticamente a ideales y concepciones de poder autoritarias que -y esto es fatal- en su conjunto y en grupo son corruptas, incluidos grandes sectores de la Justicia. En todo este juego continuo perdemos de vista un eslabón técnico que sería “la aceptación de eso “que es” en el momento en “que es” tanto si nos place como si no”. La tendencia natural es considerar a la aceptación en el sentido y significado de “resignación” y nada es más distante. Sólo cuando se acepta “lo que es” se puede hacer algo al respecto; mientras se quiera permanecer “ignorante”, los ojos del equilibrio permanecerán cerrados y los de “la tan mentada justicia” abiertos, pero fijos, sin vida, adheridos a uno solo de los polos. Pero ¿qué nos vuelve tan ciegos, tan apegados a las circunstancias?: el placer, el deseo constante e inconsciente de permanecer inmersos en él, adheridos a todo aquello que nos asegura -en lo personal, pocas veces con vista a lo general (es decir incluyendo a todos lo que conformamos el tejido social)- una permanencia del goce y del bienestar, y ésta necesidad descontrolada, impulsa a tomar partido por aquello que nos proporcionaría esa continuidad. Pero cuando nos volvemos partidarios, nos situamos de un solo lado de los polos y nos volvemos ciegos para integrar al otro, que aunque no estemos conscientes del movimiento ni de la continuidad, siempre están en balanceo, pero al apegarnos a esa realidad que queremos eterna, dejamos de ver la otra mitad de todo lo que es. ¿Está mal querer sentir placer? NO, pero pretender su continuidad nos vuelve psicóticos puesto que la realidad es el balance continuo entre el placer y el displacer, desconocer este mecanismo, es un aviso de falta de evolución. El problema surge cuando se reacciona con absolutismo frente a cualquiera de los dos polos que se manifiestan pretendiendo su permanencia o su ausencia. La reacción interior, la respuesta desde el punto de vista conductual es el estímulo que se infringen unos a otros los sujetos que conforman la sociedad y se incentivan mutuamente en un sentido u otro, creando divergencias que llegan a ser irreconciliables y fragmentan la realidad, la enfrentan y generan conflictos constantes. Es una forma de guerra solapada, de lucha intermitente por imponer un lado u otro. Pero la vida, independiente de los sujetos y sus deseos, está afectada por el balanceo constante entre los polos de todo lo que es. Si no se percibe este fundamento de la vida, se tiene y se vive en una constante idea de división y desintegración. Los hombres de este mundo (no de este pan-universo, porque en verdad no tenemos pruebas de cómo pueden los seres de esos otros mundos posibles), desde que podemos datar nuestra existencia, nos movemos en el marco de una suma y sucesión de emociones primarias que la evolución del cerebro no ha logrado equilibrar como una respuesta automática en las expresiones propias de nuestra vida de relación; pesa mucho más la amígdala donde el cerebro guarda la memoria ancestral, que los procesos donde tiene lugar la conjunción de la lógica en un juego de equilibrio, entre las emociones y el pensamiento. Pareciera que somos civilizados, que nos movemos desde un impulso unificador y una concepción de la vida, no sólo como algo personal, sino total, es decir, la propia vida, la del otro y la de todas las especies que conforman el planeta, pero sólo nos movemos desde la perspectiva egoísta de conformarnos con un permanente umbral de placer que no admite frustración. Si miramos la historia, está jalonada de sistemas de gobierno que han intentado manipular y eternizar posiciones que siempre han sido unilaterales. La idea que subyace es acaparar el “todo”, como si el todo, no estuviera integrado por “dos polos opuestos en constante fluctuación”; ese mecanismo avieso ha sido disfrazado con notables teorías que intentaron explicar la realidad desde un punto de vista “egocéntrico”; cada tanto muchos egos se unen y dan por ejemplo períodos nefastos como el hitlerismo, que en la persona de un ego (Hitler) se expresa el sentimiento solapado de otros. Eso por citar un ejemplo, (cada cual puede hacer las asociaciones que reflejen la actualidad). El sentimiento de imponerle a otro una idea, una forma o una política, es el signo más notable de expresiones que nada tienen que ver con la democracia o los derechos humanos. Intentar realizar cualquiera de los dos conceptos desde un único y partidario punto de vista, desconoce en su génesis al otro, al que “dice tener en cuenta”, por lo tanto siempre será nefasto. Estamos viviendo un período muy extremo, en el que conviven varios aspectos y conductas nocivas para la vida en su conjunto, puesto que integran aviesamente y ex profeso conceptos de alta valía como son: “Democracia y Derechos Humanos e igualdad”, con prepotencia, corrupción, obediencia ciega, manipulación, extorsión, clientelismo, desculturalización, empobrecimiento de la concepción laboral como medida de la ética y de la virtuosidad de un hombre en sociedad, cohersión, manipulación de voluntades en virtud de “excitar esos deseos de placer continuo y fácil” que mencionaba antes, obsesión enfermiza por “el poder”; aún viendo lo que éstos mandatos eternizados producen o han producido en otras sociedades, que tienen la idea mesiánica de ser los únicos capaces de salvar al pueblo -a una parte del pueblo- pero PUEBLO es todo el conjunto de la población (no un sector), porque sino: ¿dónde quedan “los Derechos Humanos de aquellos a los que se hostiga, para manipular la emocionalidad de cierta clase social? Ser partidistas, lejos de unirnos y como se podría suponer, nos convierte en individuos con ideas fijas, y nos aleja de una concepción integral que deviene, como lo vemos en la actualidad, en una sociedad dividida por un oficialismo totalitario que intenta imponerse desconociendo el otro polo de la realidad. ¿Por qué ser partidistas nos desune? Porque cada uno de los individuos que conciben una ideología, en el mismo acto de adherir a ella se quedan pegados repitiendo modelos que desconocen la realidad cambiante, pero sobre todo porque esos individuos desconocen (no por discapacidad intelectual) sino por conveniencia personal, que los deseos con su multiplicidad de placeres obnubilan la conciencia, llevándola a un estado de enajenación del acontecer real para intentar imponerlo de forma indefinida. Ya viene siendo necesaria una visión integradora de la situación social en su conjunto. Basta de partidos que en su concepción parecen partir de puntos de vista diferente, pero que allegados al poder responden todos de la misma manera. Oficialismo y oposición son dos aspectos del poder, dos polos que deben funcionar al unísono balanceando su energía en función de un solo objetivo: el pueblo en su conjunto. Es importante “ver lo que es”, no “lo que quisiéramos que fuera”; lo que es, existe en el aquí y ahora y podemos cambiarlo o cambiar nuestra visión acerca de él; lo que quisiéramos que fuera es un ideal que jamás podrá ser realizado si no “actuamos primero sobre “lo que es”, y tal vez entonces lo que se construya en el futuro tenga visos de haber evolucionado sobre las bases de la realidad concebida como un todo en la que nos integramos prioritando la vida en general y no sólo algunas de sus variables. José Luis Thomas

lunes, 14 de mayo de 2012

Presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)












































La presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto) en Alta Gracia fue un éxito. El público asistió a un espectáculo en el que desde el comienzo con la danza-teatro que interpreté con Silvana Colazo y Guillermo Anastasi, se planteó el conflicto de la novela; luego hice algunos poemas relacionados con la temática para finalizar en una charla directa y franca con los espectadores sobre los temas que se relacionan con la novela. La sala colmada de gente escuchaba en un silencio conmovedor. Es una novela que trasciende las fronteras de la sexualidad para hablar solo de amor y de todos los pormenores que subyacen en toda relación entre personas que se atraen y enamoran.

Presentación de mi nouvelle: El Misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

Tercer tema bailado entre José Luis Thomas y Guillermo Anastasi, en la presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

Presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

Segundo tema bailado entre José Luis Thomas, Silvana Colazo, Guillermo Anastasi, en la presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

Presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

Primer tema bailado con Silvana Colazo en la presentación de mi nouvelle: El misterio de tu boca (nunca dos hombres se atrajeron tanto)

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Cómo aplicar “Los Derechos Humanos” a la vida cotidiana, sin llegar a pleitos?

Una manera de hacer viva la letra

Por José Luis Thomas
Hay mucho material sobre Los derechos Humanos. Escrito y oral. Con fundamento y con delirio. Son términos que se manejan con mucha soltura por estos días. Por eso me he preocupado por ir un poco más allá o dicho de otro modo, alejarme para mirar con perspectiva.
Y como todo acto de observación de la realidad en la que se manifiestan estos clamores sociales rozando los bordes más opuestos, se vuelve interesante establecer un punto de partida o un ángulo desde el que mirar con objetividad. Asimismo se necesita un catalizador para poder analizar lo que surja de esos elementos que componen la sustancia observada.
En este caso el catalizador será “el sentido común”.
Para ello debemos remontarnos a épocas en las que ése concepto tenía mayor validez para las relaciones entre los individuos. Por estos días es casi una utopía. Y no faltará quién se quede sorprendido ante tamaña afirmación. Nos está ganando la desmesura, los exabruptos, las insolencias, y las imposiciones donde el prepo es la fuerza de choque que intentan imponer ciertos grupos sociales cada vez más numerosos, haciendo gala, precisamente de los “derechos humanos”.
Ese sentido tan especial e impalpable “llamado común” puede manifestarse naturalmente a medida que uno vive o puede estar incentivado por la educación no sólo la académica, sino y sobre todo por la que se recibe en el hogar; la que deviene de una conciencia que incluye “al otro” en el universo personal; al que se le reconoce el mismo origen y la misma naturaleza. Estos solos conceptos ya presuponen que el sujeto que los reconoce tiene un sentido amplio y dinámico que lo orienta de manera natural y espontánea para “discriminar” es decir “ver las diferencias” entre las cosas y las acciones de este mundo.
Tener ideales y aplicar políticas encarcela esa capacidad natural y la vuelve rígida y dependiente de ese conjunto de normas y reglas en favor de una estructura de poder que se erige como guía que marca rumbos y establece “divisiones”. Todo poder se vuelve tal al apoyarse en el voto, que lo legitima, y en “eso reside el mayor peligro”: no es una verdad indiscutible que “la mayoría sepa lo que hace” es decir: para tener conciencia de lo que sería justo y necesario habría que “tener sentido común” libre de emocionalidades, apetencias personales, egocentrismos, sentimentalismos ignorantes, puesto que el ser humano es un “todo”, debe funcionar al unísono el cuerpo , la mente y el alma, no una sola de ellas, porque de ser así no establecería una acción holística, abarcativa en la que todo el conjunto humano fuera beneficiado.
De tal forma que el poder de turno elegido por la mayoría puede ser “inclusivo” o “excluyente”, con esto quiero significar que hay poderes que aceptan las diferentes corrientes de pensamiento en todos los sentidos y hay quienes sólo admiten las que consideran válidas para su “ideal” político o perfil filosófico, religioso o personal que le permita mantener “ese poder” intentando volverlo absoluto, en una especie de “psicosis” que niega la “relatividad de todo, aún cuando sea una verdad científica inapelable. De estos perfiles totalitarios y fascistas el mundo ha tenido y tiene en su historia múltiples y variados ejemplos que es innecesario nombrar porque forman parte del acerbo popular tanto de los que están de un lado como del otro de las ideas sobre “cómo debería ser la vida”.
Por eso y para intentar aplicar “los derechos humanos” que en su preámbulo y artículos es muy claro, puesto que se está manifestando en el plano ideal de la letra escrita, sólo que “la realidad en la que se dan las relaciones humanas está “en otro plano” que convive con multiplicidad de planos, todos válidos. Por eso es necesario apelar “al sentido común”; y para que éste esté vivo y sea real debemos ir hacia el origen; reconocer la esencia básica que nos hace humanos, libre de toda teoría que administre la vida desde “el tener”, puesto que somos “el ser”.
Para aplicar el “sentido común” inequívocamente debemos volver a darle “valor al ser”, que a su vez es parte integral de la naturaleza con todos sus reinos, no está separado de ella en lo más mínimo y es una estructura que debe mantener sus partes en equilibrio como por definición es toda estructura: un conjunto de elementos que mantienen una relación más o menos estable entre sus partes.
El sentido común le da al individuo un espacio en el cual “verse a sí mismo en relación a los demás” al tiempo que reconoce que “el otro” es “también un individuo”, otro ser humano y en ese espacio de tiempo, reconoce las diferencias, “que no son las básicas” puesto que son dos seres humanos terráqueos, pero sí puede darse cuenta, o por lo menos percibir, las diferencias evolutivas, que no significan superioridad de uno sobre otro, sino que refieren a las capacidades que se desarrollaron por “acción volitiva” es decir como resultado del esfuerzo y la incentivación en el desarrollo de la inteligencia intelectual y práctica. Algunos amplían su intelecto y otros la mejor manera de ganar dinero (dicho en forma básica y siempre partiendo de la base de hacerlo con honestidad). Esta última palabra “honestidad” es parte de una educación en la que se tienen en cuenta “al otro”; primero se deber ser honesto con uno mismo para serlo con el semejante; pero no se puede siquiera rozar ese concepto si no se tiene sentido común.
Porque “si todos tenemos derechos” pero estamos cegados por las emociones, los resentimientos, la ignorancia, los deseos desmedidos, sin lugar a dudas estaremos cegados para reconocer los derechos del otro y creeremos sólo en los nuestros. Está ceguera lleva a la violencia. No puede ser resuelta por la ley, que podrá aplicarse a un caso particular para dirimir diferencias, pero “esa discapacidad para tener sentido común y sentido de derecho” saltará por otro lado y lo más peligroso para una sociedad, “intentará agruparse, embanderarse políticamente” para “atropellar” “basados en el “poder”. No estoy hablando de un poder con nombre y apellido; puesto que es un concepto general que es parte de la humanidad.
El tema pasa por reconocer la causa que nos vuelve “parciales”, egocéntricos”, separatistas, y nos impide “ver”.
¿Ver qué? Por ejemplo:
De acuerdo con los sucesos acaecidos en la Calle Florida de Buenos Aires.
Allí se intenta aplicar “los derechos humanos”.
La calle Florida es una calle histórica (o cualquier espacio público en el que confluyen determinado valores que lo hacen tal) Cualquiera que conoce algo de historia sabe lo que significa y no puede desconocer “el valor” patrimonial que tiene. Pero patrimonio “no quiere decir, que porque nos perteneces a todos podemos hacer cualquier cosa con él”.
Usos y costumbres ha ido determinando su valor y su sentido. Tiene un nivel que no podemos mezclar con enfrentamientos “entre ricos y pobres”; es parte de una evolución que se basa en un conjunto de elementos materiales, artísticos y testimoniales que le otorgan un nivel que se fue construyendo con el tiempo. No puede interferir el “resentimiento de clase” impulsado por ideales de algún poder político que utiliza esos conceptos para dividir, acumular poder basados en una falacia, puesto que históricamente ese poder” que descalifica a la clase aristocrática o alta por su poder económico, al mismo tiempo la emula, acumulando riquezas personales, utilizando la credulidad de la masa que los apoya en forma descarada, mientras los dirigentes se enriquecen “siguiendo a esas clases altas a las que intentan destruir con discursos y medidas aparatosas para encandilar a esa masa cegada”. Pero todo esto no lo ve el conjunto ignorante que los sostiene, “creen en el palabrerío cegador de la justicia social y de los derechos humanos”, sin darse cuenta que para que los derechos humanos existan “hay que primero tener conciencia de la propia humanidad” y cuando en verdad se la tiene, se abre la comprensión y se incluye al otro sin intentar eliminarlo por lo que sea que nos imaginamos que es o tiene.
Los derechos humanos comienzan mucho antes de un preámbulo y unos artículos, nacen en la conciencia humana misma y si no es así, es estéril la aplicación externa. Será una justicia forzada. Y todo lo que se impone de tal manera no induce a la evolución, por el contrario, la pone en “espera”, para saltar luego por cualquier causa. Lo que verdaderamente hace a la evolución es la educación; primero la que surge del hogar, y luego la que se imparte en los colegios.
Si no modificamos la conciencia, si no incluimos el “sentido común” siempre andaremos en la periferia, perdidos. Si el sentido común nos impulsa, los derechos humanos son una extensión natural que siempre se expresará sin llegar a confrontar.
Pero claro, estoy hablando de evolución, de conciencia de ser, de niveles donde se da la bidimensionalidad donde los hombres de este planeta comprenden que “el ser está en el hacer y no en el tener”, eso sí, es necesario tener “amor”.

viernes, 10 de febrero de 2012